El Traidor: el esplendor de un soldado italiano

Por: Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

Sicilia, 1980. Huyendo de la guerra interna en la mafia por el control de la heroína, Tommaso Buscetta (el siempre galán Pierfrancesco Favino) viaja a Brasil con su esposa e hijos menores. Como venganza por su desaparición, Totò Riina (el jefe de la Cosa Nostra) organiza una cacería contra todos sus enemigos, ¿el principal objetivo? Stefano y Benedetto, los hijos mayores de Buscetta, quienes se quedaron en Italia. Después de una serie de eventos, “Masino” decide colaborar con el gobierno para capturar a otros miembros de la organización italiana.

Aunque es uno de los grandes maestros del cine italiano, los mayores hits de Marco Bellocchio son de reciente hechura a inicios de siglo. La sonrisa de mi madre (2002) y El director de bodas (2006) tuvieron relevancia internacional por convertir lo sacro en chic y vanguardista, con personajes en dilemas morales, ideológicos, sentimentales y hasta teológicos.

A diferencia de cineastas más jóvenes, la filmografía del maestro se ha regido por las nociones de espiritualidad y justicia; desfasado y distante a los problemas políticos y sociales de la  Italia contemporánea. Incluso, La bella durmiente (2012), su película con mayor crítica social, tiene más características de relato sentimental que de una postura contundente sobre la eutanasia.

Por tal motivo, es sorpresiva la aparición de El Traidor (2018), película que mezcla a lo mejor del anacrónico cine de Bellocchio con un fresco academicismo hollywoodense. El filme es un extraordinario trabajo “convencional” (en el buen sentido), sin los juegos de montaje autorales (como Il Divo, 2010) ni las formulas mediocres del género (Romanzo criminal, 2005). En otras palabras, tiene los elementos justos para convertirse en un clásico accesible para cualquier público.

Bellocchio depura de violencia la historia oficial y realiza un enfoque a la personalidad del viejo soldado de la Cosa Nostra, inconforme con la falta de códigos de la nueva camada corleonesa (quienes no tienen problemas en asesinar a niños). Masino es una especie de Fabrizio Salina versión ochentera, que no comprende la ambición de Riina y los nuevos tiempos.

El recto juez Falcone (Fausto Russo Alesi) da réplica a sus diálogos sobre lo “romántico” que resultaba ser sicario en su juventud y lo repugnante que es “ahora”. En esas pláticas se desarrolla uno de los momentos más hermosos (su primera misión como sicario), con el que Buscetta presume sus  principios y ética criminal (sin ambiciones de mando).

Y pensarás, “¿qué no es esto una apología del crimen?”. No, porque Bellocchio dota de remordimientos al protagonista, quien es víctima y victimario. Sí, lo vemos recordar sus años dorados, pero también confrontar a los enemigos que antes consideraba su familia. El Buscetta de la película no quiere la paz, sólo anhela que la vieja y ordenada Cosa Nostra regrese.

El director afirmó en una entrevista para Variety que El traidor es la primera producción que no tiene un “vínculo directo o identificación” con su personalidad; y sin embargo, es la película más reflexiva de su filmografía. Mientras se desarrollan los careos y juicios de Palermo (con una efectividad visual y montaje admirables), vemos a un Buscetta en crisis por la culpa; un hombre que se atormenta por una silenciosa pregunta: ¿por qué permití que asesinaran a mis hijos?

El miedo a la muerte es tema central y un acierto incluirlo en las pláticas con Falcone; lo que da mayor verosimilitud a Masino y un sentido heroico al juez (quien no temía morir). Para ambos, la familia es un riesgo para ejercer justicia, ya que, como en cualquier película o serie de mafia italiana, existe una buena dosis de traiciones, venganzas y mentiras.

Entre otras ideas, también se da una dimensión siniestra al Estado (como organización aún más perversa que la misma Cosa Nostra); Falcone anticipa el fallido juicio contra Andreotti con el “tengo más miedo del estado que d la mafia”, frase que completa la atmósfera pesimista de corrupción total: todos somos presas de las hienas y leones que nos gobiernan.

El Traidor ayudó a Bellocchio a confirmar su presencia en la industria, con una recreación nostálgica del crepúsculo de los ochenta (los últimos días del disco, como los llama Whit Stillman). Un director de la vieja escuela que sigue en forma (y de qué manera).  

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