Tarde para morir joven: las marcas de la adolescencia

Por: Cuauhtémoc Juárez Pillado (@cuaupillado)

La adolescencia es tal vez el periodo en el que un ser humano enfrenta los mayores cambios, tanto físicos, como psicológicos y sociales. Es una etapa de crecimiento y transformación que nos genera dudas e inseguridades, cuando queremos ser adultos pero aún no estamos preparados emocionalmente para las decepciones.

Tarde para morir joven (2019) evoca perfectamente ese periodo de cambios. Dirigida por Dominga Sotomayor, quien es la primera mujer en ganar el Premio a la Mejor Dirección en el Festival de Cine de Locarno, esta película de producción multinacional (con participación de Chile, Brasil, Argentina, Holanda y Qatar), es un análisis del crecimiento personal retratado desde la nostalgia.

Se sitúa en una época de transformaciones para Chile. Ambientada a finales de 1989, el país sudamericano vivía un gran momento histórico: las primeras elecciones desde la dictadura de Augusto Pinochet. Sin embargo, esto no es importante para Sofía, Lucas y Clara, quienes habitan en una comunidad aislada a las faldas de la cordillera de Los Andes, a las orillas de la capital Santiago. Mientras los adultos discuten sobre el futuro de su comunidad idílica y las acciones a seguir para el mejor funcionamiento de ésta, como la introducción de la electricidad o los problemas con el agua, el trío protagonista se enfrenta a sus propios problemas. Todo esto ocurre mientras el resto de los habitantes preparan y organizan una fiesta para año nuevo.

Sofía (Demian Hernández) y Lucas (Antar Machado) se enfrentan al amor, a las expectativas y a las decepciones propias de alguien de 16 años. En el caso de Sofía, es una joven que no encaja con el ritmo de vida de esa comunidad. Sus ganas de comerse al mundo la llevan a ser una chica que fuma, que desobedece a su padre y que desea irse a vivir la capital, como lo hiciera su madre Antonia. En el proceso, Sofía conocerá a Ignacio, un chico mayor que ella y de quien se sentirá muy atraída; todo para mala suerte de Lucas, amigo de Sofía y quien observará desde lejos el idilio de ambos mientras él carga con las sensaciones de dolor por el rechazo de Sofía debido a su carácter ingenuo y soñador.

Por otro lado, Clara (Magdalena Tótoro) es una niña de 10 años que se enfrenta a la pérdida de su perra llamada Frida, a la que busca desde el último día de escuela y que se niega a darla por desaparecida, por lo que organiza varias sesiones de búsqueda y coloca letreros por todo el bosque con la intención de encontrarla. 

La dirección de Dominga Sotomayor apunta a manejar una historia en la cual el optimismo e ingenuidad de nuestros protagonistas chocará con una realidad que los pondrá en su sitio conforme avanzan los minutos y se acerca la fiesta de año nuevo. Esto ocurre de manera paralela con el desarrollo de la comunidad, que también sufre de conflictos internos y guarda sus propios secretos. La directora hace uso de varios recursos visuales para representar lo real y lo onírico, lo cual nos permite comprender la magnitud de lo que estamos viendo. La cámara lenta en escenas clave (como Frida corriendo detrás del auto), el fuera de foco, la exposición múltiple y las distancias de los elementos dentro del plano aportan narrativamente a la relación de los personajes con los otros miembros de la comunidad. 

Con imágenes desaturadas, luminosas y con tonos que le tiran al sepia, la fotografía de Inti Briones refuerza la idea de la evocación a la memoria; recuerda en todo momento la estética de aquellas instantáneas análogas de las cámaras Polaroid. Esta propuesta visual aporta mucho a la historia junto a la música, tan versátil como reveladora: desde La pachanga de Vilma Palma e Vampiros hasta la versión en acordeón de Eternal Flame de The Bangles, son canciones que manifiestan elementos importantes respecto al espacio temporal y al estado de ánimo de los personajes. 

En resumen, Tarde para morir joven no sólo es el acercamiento desde la nostalgia a la adolescencia por medio de personajes que fueron superados por su realidad, es también la apreciación de las cicatrices adquiridas con el paso del tiempo y las cuales, con todo y lo dolorosas que sean, tenemos que aprender a vivir con ellas.

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