The Souvenir: un ‘amour fou’ entre freaks

Por: Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

Julie (Honor Swinton Byrne), joven estudiante de cine, inicia una relación con Anthony (Tom Burke), el snob y culto chico que conoció en una fiesta. Con el tiempo ella descubrirá que el hombre a quien ama es un conflictivo gentleman, quien oculta demasiados secretos. Ese tóxico romance la llevará a un viaje de autodescubrimiento (artístico y sentimental).

Ambientada en los 80, The Souvenir (2019) es la primera de un díptico (la parte II se estrenará el próximo año) basado en la juventud de la directora, Joanna Hogg, durante sus estudios como cineasta. El filme es un amour fou “italianizado” –en tendencia por Guadagnino– que utiliza el “drama de adicción” para llegar a una profunda reflexión sobre la nueva masculinidad y la incondicionalidad del amor.

La historia de Julie gira alrededor de un extravagante playboy heroinómano; retorcido Pigmalión que, paulatinamente, despojará a la joven artista de sus ideales. Parte del éxito de esta película se debe a que habla a los millennials desde la particular estética “aburguesada” y clásica de la realizadora (el recurso Coppola de rescatar lo más cool de los 80).

El punto de partida es la adolescencia tardía de la protagonista y su grupo de amigos, quienes viven una “independencia” patrocinada por sus padres adinerados (una madurez simulada, que depende de la constante ayuda económica). En esas circunstancias, Anthony llega a la vida de Julie y se convierte en un seductor que vive a expensas de las mesadas de la estudiante.

La película se mantiene a flote gracias a la excelente construcción de Anthony. Hogg presenta a este vividor dandy sin juicios de valor y con una visión romántica de sus extravagancias. La protagonista va descubriendo poco a poco los secretos del lacónico amante, mientras intenta (a marchas forzadas) pertenecer a su sofisticado mundo.

The Souvenir es muy parecida a  El hilo fantasma (2017), tanto en trama como en forma. Ambas comparten una elegante exploración del bondage psicológico, donde las mujeres están sometidas a la voluntad de maduros enfant terribles. Mientras se eleva la propuesta visual del filme (con escenarios en grandes palacios y Venecia), vamos descendiendo en el oscuro mundo de la humillación. Como en el cine español o escandinavo, la brillante fotografía en espacios cerrados da mayor dramatismo a la relación, y expone la belleza salvaje del civilizado mundo de Anthony.  

El personaje de Tom Burke pertenece al viejo mundo de las buenas formas –decadente y resistente a desaparecer–; como si fuera un virus, lentamente, va deformando la personalidad de Julie hasta, literalmente, enfermarla. Debido a que la trama está al servicio de los recuerdos de la directora, algunos episodios son aleatorios e inverosímiles; no obstante, ese caos melodramático da fuerza a las piezas dispersas del romance.

Aunque las memorias “luminosas” de Hogg son algo retorcidas e incorrectas (como película de Breillat sin lo explícito), la falta de un punto temático concreto hace que la trama sea bastante plana (sin grandes digresiones sobre las emociones de los personajes, más allá de las cartas leídas en off). Sin embargo, los detalles construyen una melancólica remembranza sobre el pasado –no sólo acerca de Anthony, también sobre la vida académica, familia y otros amantes (que se verán en la Parte II).

La relación de Julie con su madre está a medio desarrollo (tal vez, será más explícita en la secuela). La colaboración de Tilda Swinton sólo sirve de espejo para proyectar el futuro de Julie, que progresivamente pasa de una radical cineasta –que desea filmar a los pobres de Sunderland– a una sofisticada cineasta intimista (y novia incondicional).

En segundo plano, la película desarrolla una reflexión sobre las “burbujas de clase” en la producción de cine. Como en el discurso de Lucrecia Martel, los profesores de Julie cuestionan su interés por realizar cine sobre los barrios obreros (desde una condición social privilegiada). Su experiencia con Anthony la lleva a transformar su visión creativa y asimilar su estatus como artista de élite (que es el actual sello distintivo de Hogg).

No es minimalista ni el clásico y desabrido filme indie. The Souvenir es un arduo trabajo de depuración y simplicidad narrativa (construido con fragmentos de diarios y cartas). Hogg suaviza las fórmulas y huye de los patrones del drama académico (a pesar de eso, es muy accesible para todo público). Una maravillosa propuesta que ganará seguidores con el tiempo. 

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