Familia de medianoche: el colapso de ambulancias en la Ciudad de México

Por: Edgardo Ávalos Cuenca (@kakolukiyam_)

La industria cinematográfica atraviesa una crisis creativa. Las grandes corporaciones de medios han caído en una dinámica de sobre explotar fórmulas para replicar exitazos de taquilla, dejando de lado una de las principales materias primas del cine: la historia.

El ejemplo más claro es el monopolio de medios Disney, que nos tendrá secuestrados por bastantes años entre secuelas, remakes live action (CGI más bien), o la misma historia pero con un disfraz distinto de superhéroe a cuadro.

Esta crisis no es única del cine hollywoodense. La adolescente industria cinematográfica mexicana ha recurrido también a este refugio taquillero; hemos pasado de la explotación de las películas de crimen al de remakes de comedias románticas. ¿Acaso ya no hay más historias que valga la pena? En el contexto mexicano me parece grave esta situación. En un país con tantos contrastes como México, hay una infinidad de historias que esperan ser contadas, es más, que NECESITAN ser contadas.

El cine es un espacio en el que por un momento podemos escapar de nuestra realidad y visitar otra, pero las películas que son recordadas son las que cruzan la banalidad y dialogan con nuestra propia existencia, o que terminan siendo una postal de cierta época. No importa que esta sea una producción “comercial” o de “arte”, o si sus protagonistas son o no actores, o de cuáles y cuántos fueron los valores de producción, o si es una ficción o un documental.

¿Qué se requiere para contar una historia que tenga las características anteriores?
Un buen cineasta es quien sabe contar y hallar historias, y para encontrarlas hay que saber observar, como es el caso de Luke Lorentzen. El joven director de Familia de Medianoche (2019) cuenta que estaba en México trabajando para una película distinta, cuando se topó con la familia Ochoa justo enfrente de su casa. Los Ochoa son operadores de una ambulancia particular, su sustento familiar. Lorentzen tuvo curiosidad y le pidió si podía acompañarlos en su recorrido por la ciudad a bordo de la ambulancia. Entonces se encontró de frente con una realidad que le hizo cambiar totalmente de proyecto cinematográfico.

El resultado es un documental que nos lleva a bordo de la ambulancia de los Ochoa en sus recorridos de noche y madrugada, esperando a que un aviso de radio les dé el banderazo de salida para, a toda velocidad, auxiliar a citadinos víctimas de todo tipo de situaciones tristemente cotidianas: accidentes, asaltos, violencia de género, etc.

El documental contextualiza con el hecho que el servicio de ambulancias públicas está totalmente colapsado en la Ciudad de México: menos de 50 ambulancias al servicio de más de 9 millones de habitantes víctimas de su propia realidad. Es así como los Ochoa se ganan la vida, salvando la de otros. Y no es tarea fácil, porque además de las particularidades de cada caso, deben competir contra otras ambulancias privadas, desencadenando a lo largo de la película una serie de persecuciones que no le piden nada a las de su película de acción favorita.

La ambulancia termina fungiendo como hogar familiar, incluso más que el departamento de la familia Ochoa. En un espacio sumamente pequeño, gran logro del director, somos testigos de acaloradas discusiones, pero también de conversaciones muy divertidas entre los protagonistas: Fernando, padre de familia, dueño de la ambulancia, con problemas de organización y de salud; Juan Alexis, hijo de 17 años, chofer de la ambulancia y que funge como líder del equipo, tanto a nivel profesional como familiar, cada que tiene unos segundos libres los aprovecha para hablar con su novia por teléfono; y Josué, el miembro más pequeño de la familia, quien prefiere no ir a la escuela para acompañar al resto del clan en los peligrosos y dramáticos recorridos por la ciudad, cuestión que no le causa mucha gracia a su hermano mayor.

El trabajo de Luke Lorentzen es altamente destacable. Desempeñándose como su propio camarógrafo, sonidista y editor, nos deja ser testigos de una mezcolanza conmovedora entre melodrama familiar urbano, el peligroso y mal pagado oficio de los Ochoa, y las historias con la que ellos conviven noche tras noche, en situaciones llenas de dolor y desesperación.

Familia de Medianoche formó parte de la muestra más reciente del festival Ambulante con una cantidad mínima de funciones, pero merece la atención de las distribuidoras y las exhibidoras nacionales. Es una clara muestra de que todavía hay grandes historias sin haber pasado por la gran pantalla. No necesitamos volver a ver las mismas películas de Disney pero ahora en versiones políticamente correctas. Exijamos que trabajos como éste lleguen a más cines de manera comercial y en un mayor número de salas.
Si ve esta película programada, no lo dude y adquiera un boleto. Tal vez sea la única oportunidad que tenga para ver una de las mejores entregas en lo que va del año, antes de que Hollywood le robe espacio en cartelera con el remake de temporada.

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