Atrás hay relámpagos: la sombría juventud costarricense

En su penúltimo largometraje, Julio Hernández Cordón continúa explorando su tema por excelencia: jóvenes que luchan por conservar su libertad a pesar de las ataduras sociales presentes en su realidad. Anteriormente lo había hecho con Gasolina (2008) y Te prometo anarquía (2015), de las que creó junto con Atrás hay relámpagos (2017) una suerte de trilogía latinoamericana, teniendo como escenario principal los países donde creció.  

Ana y Soledad comparten una amistad desde hace años; sus días los gastan en jugarle bromas a los clientes de un importante supermercado y recorrer en bicicleta las calles de Costa Rica sin rumbo fijo.

Todo parecía perfecto hasta que, en uno de los coches pertenecientes a la abuela de Sole, las chicas encuentran el cadáver de un hombre en descomposición. Y aunque parezca grave, el verdadero problema no es el propio occiso: sólo será el pretexto para adentrarnos en la trama que sugiere el distanciamiento de estas dos grandes amigas a causa de sus propios ideales. 

Las actrices Adriana Álvarez y Natalia Arias (Gestación y N N ) además de fungir como las productoras principales en el séptimo largometraje de Hernández Cordón, son las primeras protagonistas mujeres en su filmografía, que además cuentan con una trayectoria ya hecha en la industria cinematográfica y son las encargadas de llevar todo el peso narrativo de la improvisada historia.

Quizá eso fue la motivación principal del director a trabajar sin guion, dejar hablar por sí sólo al talento de sus actrices y a las tomas hechas por Nicolás Wong , que recuerdan a los videos especializados en BMX realizados por Red Bull o esos videoclips musicales de artistas pop que intentan transmitir ese ánimo de fiesta a las nuevas generaciones.

El fotógrafo costarricense toma en cuenta estos elementos y  bajo su influencia captura la libertad que ambas mujeres experimentan cuando sin importar nada se montan en su bicicleta, huyendo a toda velocidad de lo que los relámpagos presagian.

Conforme avanza la película nos damos cuenta que aquellos relámpagos anunciados en el título no son más que los problemas materializados en conflictos políticos, pobreza, desigualdad social, discriminación e impunidad. Son los destellos de realidad anunciando la tormenta, símbolo de la adultez de las protagonistas y a la cual todos nos enfrentamos en algún momento.

El sentido de libertad que permite hacer y decir lo que sea, se contrapone con la visión de lo real, siendo para Ana y Sole un proceso diferente, separando inevitablemente sus caminos; mientras una quiere huir con todas sus fuerzas, la otra se queda esperando el aguacero. 

Hernández Cordón plasma hacia el final del largometraje a un grupo de jóvenes que encontraron un lugar dentro de la sociedad sin traicionar su esencia, a pesar de no encajar en el molde del adolescente promedio. Y entonces, cuando inicie la tormenta anunciada por las nubes grises en el cielo, cambiarán la manera de visualizar su realidad; lugar donde es inevitable perder un poco de esa libertad e inocencia que tanto defendieron por conservar. Sin caer en pesimismos, el cineasta recuerda que crecer significa perder para cambiar; es un proceso inevitable al que todos nos sometemos.

Atrás hay relámpagos no es una producción convencional. Desde la planeación del largometraje, el director de Cómprame un revólver (2018) decidió prescindir del guion como manifestación de la misma libertad que gozan los protagonistas a bordo de sus bicicletas. Aunque los diálogos improvisados provocan un ritmo irregular, no significa que la película carezca de valor cinematográfico; estos riesgos la convierten en un producto auténtico, diferente a los anteriores trabajos del cineasta, no sólo por la parte económica (el proyecto tuvo un presupuesto de 24 mil dólares en comparación a los 500 mil de su cinta anterior Te prometo anarquía) sino por el control que toma la creatividad actoral y el equipo técnico. Las imágenes de esta historia reflejan la realidad juvenil en las calles de Costa Rica.

Diana Mendoza 

Editora audiovisual del Museo de Antropología y admiradora del séptimo arte.

 

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