Guerra fría: el amor y la ausencia


Un intermitente frenesí determina la relación entre Zula (Joanna Kulig) y Wiktor (Tomasz Kot). El de ellos es un vínculo que se afianza más a la distancia que en la cercanía. La ausencia es sustancial a nivel de conflicto y también como sello narrativo; la elipsis remarca las amenazas de esta unión, las cuales se manifiestan más desde el interior de los personajes que del exterior. Es justamente desde aquí donde Pawel Pawlikowski nos invita a reflexionar sobre un amor subyugado por la incertidumbre, un amor con alcances de devorar la nimia estabilidad.

Guerra Fría (Cold War, 2018), basada en la historia de los padres del director, inicia en Polonia de 1949, donde Zula y Wiktor se conocen en una agrupación folclórica. Ella es una ingeniosa cantante y bailarina; él un pianista encargado de la especie de academia de formación. Su primer encuentro se dinamita por la atracción; la poca docilidad que ella muestra en su prueba para ser aceptada en la agrupación resulta magnética para el temperamento sosegado de Wiktor.

De la seducción se transita hacia el enamoramiento, y después a una fallida huida con la que Zula y Wiktor buscaban vivir plenamente su idilio fuera de las aulas de baile y las giras. A partir de aquí la trama se deslinda de un pintoresco relato de un amor no consumado, o clandestino, que rompe los márgenes de lo aceptable en tiempos de la posguerra.

En lugar de ello percibimos un contexto en desequilibrio al que tenuemente se vinculan las características anímicas de los personajes. La presencia de las consecuencias bélicas y rasgos ideológicos respecto al conflicto entre ambos personajes no es axiomática; el entorno no actúa directamente en contra de su relación, que se desarrolla entre Yugoslavia, París y Berlín, aunque sí se trata de un elemento antitético frente al estado de desconsuelo que pretenden superar.

Uno de los móviles de Pawlikowski fue la idea que los tiempos sí pueden determinar las formas en que se relacionan dos personas. Así lo expresó en entrevista con Fotogramas“Me es difícil explicar una historia de amor ambientada en la actualidad. Hoy estamos demasiado preocupados por tener cosas. Hay demasiado ruido, demasiados móviles, demasiadas imágenes inocuas”. Tal intención se evidencia en una trama con personajes desentendidos, y un tanto disruptivos, frente a lo que aparece como posibles motivaciones materialistas y pragmáticas. 

La película con la que el director polaco ganó el premio a mejor director en el pasado Festival de Cannes, también sugiere una mirada interesante desde la que se explora no sólo el tópico amoroso, sino al estalinismo y su relación con el arte, así como a la propaganda. Aun con ello la historia cuenta con aspectos que se desdibujan, como el tema de la relación de Zula con su padre; la observación no es hacia una utilización obvia de elementos, pero sí a la manera un tanto fortuita en la que se diluyen.

En Guerra fría la música y puesta en cámara son elementos que conceden de ímpetu y delinean magistralmente el relato, en el que el tiempo es considerable, la transformación sutil, y el desasosiego potente.

Leticia Arredondo

Cofundadora y editora de ZOOM F7. Escribo sobre cine y fotografía.

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