Chavela: la máscara de Isabel

Por: Diana Mendoza (@DimeDianaLau)

Los mexicanos habitamos en un hermetismo continuo. En El laberinto de la soledad, Octavio Paz escribió que ante la mínima muestra de simpatía nos ocultamos y preservamos en una “máscara”; de ahí que nos alejemos de la realidad misma, siendo indiferentes y extraños ante problemas sociales ajenos a nosotros.

Ahí es donde radica la importancia de Chavela Vargas, documental realizado por Catherine Gund y Daresha Kyi, trabajo conmovedor que sacude el corazón, pues invita al espectador a dejar de lado la pasividad y lo encamina a reflexionar sobre el pasado, cuando el no tan lejano México de principios del siglo XX le dio la espalda a una de las intérpretes más valerosas de aquella época.

La idea inicial del documental surgió en el invierno de 1992, cuando Gund en uno de sus viajes por la república mexicana quedó hipnotizada por las canciones que escuchó a través de un tocadiscos. Este fue el detonante que la directora australiana necesitó para desear conocer más sobre la portadora de esa poderosa voz, quien en aquel entonces tenía 73 años, estaba en bancarrota y prácticamente en el olvido del pensamiento colectivo mexicano. Tenía que conocer a Chavela Vargas.

Fue gracias a esa charla que la intérprete de Santa habló sobre sus vivencias e inquietudes, se quitó la “máscara” que había fabricado desde 1942, momento en el que Isabel Lizano –herida por el rechazo de sus padres debido a su preferencia sexual– decidió reinventarse y crear a Chavela, su alter ego, nacida en tierra azteca. Mujer que le fue infiel al arquetipo de la fémina sumisa mexicana, alguien que para hacerse valer y tener éxito en tierra de hombres tuvo que ser “la más macha entre los machos”.

Hasta ahora, la historia muestra a una cantante que pese a las adversidades logró obtener un éxito mediano, pero fue más adelante cuando Catherine junto a Daresha recopilaron material de apoyo para el documental estrenado en 2017, que el panorama sobre la vida de la artista fue ampliado. Se reveló un ser herido no sólo por sus padres, sino también por su segunda tierra. Una patria que la mantuvo oculta durante más de la mitad de su vida.

Durante la entrevista central realizada a la señora, como era conocida, habla sobre la valoración de su trabajo: “a mí (las disqueras) me robaban mucho”, declaración que ilustra la lucha constante que la cantante mantuvo durante toda su carrera. Como lo dice el ensayo de Paz publicado en 1950, un pueblo que estaba dominado por la careta de las apariencias: personas que disimularon ser quienes eran ante las cámaras y anularon del mapa a los que no los seguían.

Las entrevistas realizadas a lo largo del documental tanto en México como en España dejan en claro que fue en este último país, también reprimido en décadas pasadas, donde por segunda vez Chavela prescindió de la “máscara”. Encontró la libertad que tanto buscó y destruyó esa muralla que años anteriores había construido para soportar las humillaciones hechas por su forma varonil de vestir y actuar.

Al mismo tiempo que retrata la vida de Chavela, el documental muestra una verdad incómoda para la nación mexicana, el país que se congratula de ser cálido y cariñoso con sus ídolos (véase María Félix, José Alfredo Jiménez, Pedro Infante) ahora se topa de frente con la realidad que se revela a través de la pantalla: durante siglos, la sociedad reprimió a uno de los símbolos de la música ranchera más importantes del país, a la mexicana que amó sin importarle las etiquetas morales.

Se dice que el pasado se aprecia a partir del presente, por eso las historias más interesantes se cuentan de adelante hacia atrás. Setenta y seis años han pasado desde el nacimiento de Chavela. Sesenta y ocho desde la radiografía hecha del mexicano a través de El laberinto de la soledad.

En la actualidad el horizonte se muestra optimista, aunque aún falta mucho por avanzar. Son trabajos documentales como este que sirven de pretexto para involucrar a la sociedad en la conversación de tópicos que no se acostumbra a hablar, pero de debatirse podrían ampliar nuestra visión y darnos un nuevo punto de vista.

Diana Mendoza De niña crecí viendo las películas de Pedro Infante. Ahora no podría estar más agradecida con mi abuela, porque sin saberlo, germinó mi amor por el mundo cinematográfico.

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