Dr. Strangelove y la guerra que no nos tocó vivir

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Por: Sebastián Ortiz Casasola

La llamada generación “Y” o “Millenial” no tiene (tenemos) idea de un temor generalizado a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial: La guerra atómica o nuclear. Es más, nosotros ya vivimos el epílogo de lo que se conoció como Guerra Fría, así que el temor de un cataclismo provocado por las dos naciones más poderosas del siglo XX es ajeno a nosotros, inclusive una de esas naciones ya ni siquiera existe.

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Pero hubo 15 días que llevaron al mundo a su aniquilación; el evento fue conocido como la crisis de los misiles. Existió una amenaza bilateral, real, de aventar todo un arsenal nuclear contra el enemigo, sea quien sea y ocasionar la destrucción de la raza humana. Afortunadamente nadie apretó el botón de pánico. Pero ocasionó una psicosis colectiva que llevó a la población a tomar medidas para evitar ser parte de las bajas.

Dos años después de la crisis del Caribe (como la conocieron los soviéticos), un cineasta neoyorquino decide crear una visión satírica sobre lo que sucedería en caso de un inminente ataque nuclear que no fue perpetrado por ninguno de los líderes de los dos países. Así fue como Stanley Kubrick en 1964 filmó una de las comedias más ácidas en la historia del cine y que con toda premeditación intentaba burlarse de un miedo que paralizó a toda una generación.

Dr. Strangelove or: How I learned to stop worrying and love the bomb nos cuenta cómo un General de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, Jack D. Ripper, encargado entre otros asuntos de una base aérea y del control de una flota de bombarderos, comienza un ataque hacia suelo soviético porque considera que hay una conspiración comunista para «fluorizar» el agua y contaminar los preciados fluidos corporales. A partir de aquí una serie de eventos hace que la flota de bombarderos regrese, a excepción de uno dañado en la acción. Desde la sala de guerra ven todo tipo de opciones para detener ese bombardeo. Son capaces hasta de llevar al embajador de la Unión Soviética al lugar, para considerar una opción que evite la guerra nuclear.

La película fue un éxito, tomando en cuenta lo delicado del tema en dicha época. Es además un parte aguas en la filmografía de Kubrick: es su última película en blanco y negro y en ella logra con maestría que el actor Peter Sellers interprete a más de un personaje: El Capitán de la Real Fuerza Aérea Lionel Mandrake, el Presidente de Estados Unidos Merkin Muffley y al asesor científico Dr. Strangelove. Por cierto, originalmente tenía planeado a cuatro personajes, pero debido a un accidente en el rodaje no se logró.image2

En la actualidad, se considera entre los títulos menos conocidas del prolífico director, tal vez debido a su temática, la cual quedó, como se mencionó antes, en los años de la Guerra Fría. Sin embargo no deja de ser interesante la visión fársica de lo que se vivía en aquellas épocas, así como la interpretación diferente de un problema tan complejo.

Stanley Kubrick dejó un legado interesante de películas que mostraban historias cercanas al público norteamericano. Shora el visionario director daría pasos más grandes para la cinematografía y para el inconsciente colectivo sus siguientes obras serían una explosión en la cabeza, tal como el final de Dr. Strangelove.

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