Blue ruin y la revancha shakesperiana

Por: Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

El errante Dwight (Macon Blair) –un aparente indigente- se entera que ha salido de la cárcel el asesino de su padre. De inmediato, pone en marcha la venganza en contra de los Cleland (familia rival vecina) y la protección de su hermana Sam (Amy Hargreaves) y sobrinas. Solo, desarmado y sin planes, el protagonista se aventura a enfrentar a una familia dura de matar y brutalmente violenta. Con su opera prima –Murder Party (2007)-, Jeremy Saulnier entraba en la lista de los directores gore del cine independiente. En 2013 sorprendió su cambio de registro al presentar en Cannes con tintes “shakesperianos” Blue Ruin, ganadora del premio FIPRESCI de la Quincena de Realizadores y otros festivales más. Actualmente, el autor se encuentra en la filmación de su “sangrienta” Green Room (2015) con Imogen Poots y Anton Yelchin.

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La ira y el coraje son los principales ingredientes de este largometraje crudo y salvaje. Saulnier y varios contemporáneos -como Debra Granik con Winter´s Bones (2010)- tratan de ambientar sus historias de irracional furia en “el otro” Estados Unidos; dónde los grandes traumas de la sociedad anglosajona convierten en bestias a las personas. Los habitantes de esos micromundos (tan reales como la muerte) reaccionan de forma intuitiva con arma en mano. En ese ambiente hostil, el realizador nos presenta a Dwight, un perfecto antihéroe sin la mínima idea de cómo logrará vencer al enemigo: personajes con todas las de perder. Aunque es un drama, la película tiene todos los elementos para ser considerada de horror puro –con una leve cercanía a las obra de suspenso serie b de los 70 como, por ejemplo, I spit on your grave (1978)-. La historia de Blue Ruin es una realidad, en un país donde las armas son parte de la “canasta básica”.

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Todos los personajes son amorales y ninguno puede ser considerado víctima –hasta la hermana tiene una postura violenta a distancia-. No se conocen los antecedentes y poca información es detallada; con eso logra Saulnier un estilo realista sin grandes pretensiones. En 2013 el cine tuvo un regreso a la escritura de guiones “básicos” o clásicos. La mayoría de las películas de Una Cierta Mirada o La Quincena de Realizadores eran discretas fábulas con estructura narrativa elemental pero discursos muy concretos. Por esa sencillez, Blue Ruin es universal y adaptable a todas las culturas, muy cercano a las tragedias del teatro isabelino. El largometraje se divide en varios momentos clave, donde las interacciones del personaje principal permiten conocer la condición humana. El espectador logrará simpatizar con Dwight al sentir la confusión y el caos de su mente: un tipo con la venganza como única alternativa de libertad.

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La película abre con un hombre viviendo en la marginalidad. Como Agnès Varda con su vagabunda –Sin techo ni ley (1985)-, Saulnier entreteje la personalidad de un ser alejado de las pasiones mundanas. La distancia con el resto de la sociedad los convierte en ingenuos y salvajes, capaces de sobrevivir en las condiciones más extremas. Sin aparentes vínculos a su vida antes del asesinato de sus padres, Dwight es una especie de kamikaze, dispuesto a morir si es necesario, en un juego de decisiones arriesgadas. La desesperanza es una constante en su recorrido por las carreteras estadounidenses.

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El protagonista es acorralado una y otra vez; solo una ocasión obtiene la ayuda de un tercero (Ben Gaffney, el amigo interpretado por un divertido Devin Ratray). Es curiosa la forma en cómo es retratado: un vengador tembloroso, nervioso y que se arrastra por el suelo. El héroe de Blue Ruin es un reflejo de cualquier persona (no violenta) ante la necesidad de matar. Macon Blair logra una actuación perfectamente controlada y dota a su personaje de profundidad psicológica tremenda. Cada gesto y grito exterioriza la crisis emocional de Dwight.

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La producción se limitó a utilizar el mínimo de recursos en violencia gráfica para explorar los cambios de ritmo en las acciones y los ambientes claustrofóbicos. Con música mínima, Saulnier da especial atención al desesperante silencio nocturno. El desarrollo de la trama (es decir, la cacería de Dwight) es intencionalmente torpe para tener una apariencia de documental. Estéticamente tampoco tiene grandes logros (no de forma negativa). El propio director se encarga de la fotografía y emplea un estilo indie estándar no distractor del verdadero objetivo: unos días en la vida de un fugitivo histérico. Blue Ruin es una película menor con grandes logros; una de esas tramas sobre las que poco se concluye, pero provocan muchas emociones al límite. Una de las propuestas más amenas de la 57 Muestra Internacional de Cine. 

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