La favorita: el entretelón del poder


En La favorita (2018) tres mujeres personifican a diferentes eslabones en el reinado de la Gran Bretaña a principios del siglo XVIII. Sarah (Rachel Hannah Weisz) y Abigail (Emma Stone) persiguen la ascendencia, mientras la reina Ana (Olivia Colman) se desprende en la caída inevitable; un descenso lento, pesado por las heridas. La historia, de la mano de Deborah Davis y Tony McNamara, encaja con las particularidades narrativas y dilemas psicológicos que se advierten en las anteriores obras dirigidas y escritas por Yorgos Lanthimos, sin duda un entusiasta de la forma.

Nos enfrentamos a un relato distinguido por la imposibilidad de la plenitud, sello en los trabajos del cineasta griego. Y aunque se atenúan las formas de violencia respecto a sus filmes previos, y también se distancia de los mundos acotados por códigos excéntricos, esta última entrega no adeuda en las provocaciones habituales que despierta el director a partir de la exposición de la crueldad de las voluntades, los dilemas al borde de la muerte y el desmoronamiento de conjuntos sólidos en apariencia.

En este caso vemos la estrategia y los pilares del conflicto bélico apartados de una presunción meramente anacrónica en la que podría caer una película situada en los tiempos de guerra de Gran Bretaña con Francia. A los autores poco les interesa exhibir un tema histórico, sino desvanecer las formalidades y demostrar que la dimensión pública se basa en impulsos primarios, pende de la estabilidad de la esfera privada y cómo los conflictos externos estallan por las inevitables disputas en las relaciones personales. A partir de esta mirada, Yorgos mantiene su crítica a situaciones políticas y sociales como la guerra, señalando lo absurdas que pueden resultar.

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Visualmente se caracteriza por una fotografía basada en luz natural, una paleta de colores penetrante y la mezcla de diversos planos, de los cuales destacan los abiertos, indispensables para la lectura respecto a la relación del personaje con el entorno; los vemos abrumados y amenazados por la tempestad que incluso han provocado sus propias determinaciones.

Tenemos nuevamente a personajes que se desarrollan con el desconocimiento de su entorno; se introducen y se enfrentan a nuevos códigos. Basta recordar uno de sus recientes trabajos, La langosta (2015), en la cual David se instala en un hotel donde la rigidez de las reglas amenazan su devenir y lo pretenden obligar a abandonar cualquier rasgo de sus anhelos e identidad. En el caso de La favorita vemos a Abril adentrarse en un sitio donde las pautas, que no por separarse de la extravagancia que distingue a la obra de Lanthimos carecen de profundidad, la obligan a inclinarse a la desconfianza.

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El realizador consigue jugar otra vez con las certezas, así como lo hizo en El sacrificio del ciervo sagrado (2017) con la cohesión familiar, en La langosta con la creencia del matrimonio o en Canino (2009) con la estructura familiar, esta vez evidencia los entretelones del poder, entendido más allá de las posesiones materiales y la toma de decisiones dentro del reino: en este trío de personalidades, el auténtico anhelo de poder se refiere al dominio entre cada una de las mujeres del grupo.

En un marco de opulencia y fortalecido por magníficas actuaciones, Yorgos Lanthimos entrega un estremecedor retrato de manipulación, obsesión y seducción.

Leticia Arredondo

Cofundadora y editora de ZOOM F7. Escribo sobre cine y fotografía.

 

 

The killing of a sacred deer: el regreso de Kubrick

Yorgos Lanthimos vuelve a la silla de director con The Killing of a sacred deer, en la que retoma varios de los sellos que caracterizaron el estilo de Stanley Kubrick y cumple aquella vieja sentencia de que las apariencias engañan. Gracias a una hábil construcción narrativa, Lanthimos se permite jugar con el género cinematográfico, lo mezcla sin dejar de respetar sus características aunque lo sitúa dentro de lo que Cronenberg sabiamente bautizó como Body horror.

El matrimonio o convertirse en una langosta

Probablemente enamorarse no es una opción; quizá sea inherente a la lista de acontecimientos que deben marcar la vida del ser humano. El amor se sitúa en la cotidianidad para sacudirla; transgrede la mirada, las aspiraciones y lo que hasta entonces considerábamos límites. Y sin duda, dejarnos bañar por esa brisa que el cuerpo del otro desprende, trae consecuencias inimaginables, dolorosas y alegres. Porque tal vez el fin del amor es ese, transformarnos a partir de los contrastes.

Sin embargo, nos han obligado a mirar a tal sentimiento a través de los convencionalismos sociales: la vida en pareja, el matrimonio, los hijos; encausándolo a los mecanismos de dominio que cada sociedad necesita. Y es justo en este terreno donde el cineasta Yorgos Lanthimos realiza su tercera película, The lobster, en la cual muestra un contexto que ha convertido al enamoramiento en algo repugnante. Ahora está en las leyes que debes tener pareja, ¿los sentimientos? No importan, el único objetivo es un lugar exento de soltería.

El protagonista es David, interpretado por Colin Farrell, quien es llevado al hotel-cárcel en el momento en que se queda soltero. Ahí tendrá que encontrar pareja en poco más de un mes, por lo que irá a fiestas en las que todos lucen igual, los hombres visten traje y las mujeres el mismo vestido floreado.

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Hasta este momento podría señalarse que los golpes de efecto sufren de naturalidad. Aparentemente son forzados, sin embargo tal sensación responde al propio ambiente, donde todo es mecánico, incluso el sexo. Las interacciones se alimentan de la falsedad y no podría ser de otro modo, ya que sólo es necesario ser práctico, la razón: la relación debe basarse en algo que funciona. Y de aquí se desprende la duda ¿es mejor estar solo? David desea averiguarlo en el bosque, donde los mismos individuos del hotel cazan a fugitivos como él.

Ahí se encontrará con otra cárcel, pero al aire libre. En el bosque hay líderes que vigilan todos los movimientos, porque aquí es crimen relacionarte, tener sexo, y obviamente, enamorarte. Aun con tal control, David halla a seres más naturales y empatiza con una mujer, contrariamente a su estancia en el hotel. El protagonista quebranta las reglas en ambos sitios y las consecuencias serán desgarradoras.

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Además de la dimensión social, la trama se vale efectivamente de la dimensión física, remarcando la opresión del contexto. No hay control sobre el cuerpo mismo, si los personajes no consiguen pareja en los 45 días, se convertirán en un animal de su propia elección. David elige la langosta, de ahí el título de la película. Con sus propias leyes, igualmente radicales que las del hotel, en el bosque las personas sufren castigos que violentan su cuerpo.

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Las características de la película se tornan extremas, pero como en toda distopia, lo único que Yorgos ha hecho es tomar los prejuicios que se tienen respecto a la soltería y las expectativas que la sociedad ha sembrado sobre la forma en que nos relacionamos con el otro.

En entrevista con la revista española Fotogramas, el director comentó que una de sus intenciones fue mostrar una visión honesta de las relaciones humanas, que tienen un lado romántico que está en permanente lucha contra una cara más cínica. Y sin duda lo logra gracias a un guión sólido y destacables actuaciones: Collin Farrell, Rachel Weisz y Léa Seydoux resultan un trío seductor de personalidades, del que emana la crueldad, la esperanza, la incertidumbre y la desesperación, los ingredientes principales de esta historia.

Leticia Arredondo

Cofundadora y editora de ZOOM F7. Escribo sobre cine y fotografía.