M: el peligro del silencio

“Ni mi alma ni mi cuerpo me pertenecían a mí ni a Dios”, nos dice Menahem Lang en un plano contenido en la oscuridad propia de la noche, en esa atmósfera en la que confesar se vuelve regla. Este inicio siembra la característica visual sobre la que se edifica el documental, y la del protagonista es una frase que revela la crueldad de los actos de los que fue víctima.

M (Yolande Zauberman, 2018) muestra la historia de Menahem Lang, un judío ortodoxo que desde los siete años fue objeto de violaciones en su tierra natal, la ciudad israelí de Bneï Brek. Diez años antes, en un video que fue retomado por la televisión, uno de sus violadores admitió su responsabilidad. Aun con ello, Lang no recibió el apoyo de la comunidad. Desde entonces no pisa su tierra natal en la que aún viven sus padres, a quienes no ve desde hace 15 años. 

El detonante de la trama es el regreso de Menahem a Bneï Brek¿en búsqueda de venganza? Inicialmente así se perfila la misión. En este primer acto se reitera la exposición de los crímenes; el interés de la cineasta francesa se resiste a abandonar el señalamiento y el sentido iracundo del personaje. Pero conforme se recorren las calles de un lugar distinguido en apariencia por la cordura, las experiencias de Menahem escalan el tópico de la victimización y la necesidad de la justicia; nos adentran en un panorama desolador y complejo, en el que se confronta y cuestiona el papel de diversas convenciones: la familia, la cultura, el lugar de origen, el cuerpo y la sexualidad.  

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El relato del protagonista se transforma en una entrada a otras historias igualmente perturbadoras. Lejos de los lugares de comunión de la vida ortodoxa, el personaje esboza un grito colectivo. Son platicas que trastornan y manifiestan la magnitud de los actos de violación. La cámara de Yolande y el desenfado de Menahem al acercarse a otros hombres, quiebran los códigos de una agrupación hermética e incluso alcanzamos a ver que está atrapada en un circulo vicioso: hay víctimas que después perpetraron los mismos actos. 

M adolece al agregar un punto que no termina de aportar. La exploración del tema de la sexualidad es natural a partir de la narración de los otros hombres; uno de ellos no concibe que dos mujeres puedan tener relaciones sexuales, otro, previamente al matrimonio, confiesa su incomodidad a la idea de tener sexo con mujeres, cuando siempre lo ha tenido con hombres, sin embargo el tema de la transexualidad entra sin una clara intención. Al principio, el personaje transexual funciona para conocer la inquietud de Menahem. Cuando su compañera le comparte que a partir de que ella se convirtió se siente liberada, él, ahora un consolidado actor, expresa su deseo de ir tras esa misma sensación de liberación, ya que huir de su lugar natal no fue suficiente. El tópico retorna en el tercer acto, pero igualmente sin resolución alguna.

Menahem halla la redención en una pizca de ecos que le indican que el panorama puede cambiar a uno menos doloroso. También encuentra el consuelo en una comunidad con la que le es imposible no identificarse aunque está alejado de los elementos físicos que definen a un habitante de Bneï Brek; el poder del regreso a casa es innegable.

M desarrolla un valioso argumento que lejos de juicios reduccionistas como el bien y el mal, responde a la cuestión de la identidad al mostrar cómo el pasado subsiste a nuestra esencia, pero también que es posible transgredir sus huellas. Yolande Zauberman logra exponer hechos turbios y trascender el plano de la denuncia.

Leticia Arredondo

Cofundadora y editora de ZOOM F7. Escribo sobre cine y fotografía.