Yermo: la vida en la aparente nada

Los desiertos son lugares enigmáticos por las preguntas que encierran. Son paisajes que representan lo increíble del vacío y la mayor hostilidad a la cual puede enfrentarse el ser humano. ¿Hay alguien ahí o solamente los espejismos producto del desquicio de quienes deciden enfrentarlos? La cotidianidad en estos lugares implica, inevitablemente, yermo.

Dirigido por Everardo González, uno de los documentalistas mexicanos más prodigiosos, Yermo cuenta trozos de la vida de diferentes personas en distintas latitudes como Mongolia, India y México, pero todos comparten una particularidad: son habitantes de entornos desérticos, miles de kilómetros de arena o nieve rodean su día a día. ¿Cómo es radicar en el vacío?

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Sin alguna introducción comienzan las imágenes de paisajes a los que se enfrentará el equipo de filmación; cada uno tan desolado como el anterior y como el siguiente. Dentro de esos vastos territorios, el modo de vida y sus peculiares personajes desbordan curiosidad e inocencia ante el asombro por ver una cámara.

El principal punto del argumento es la cotidianidad de los habitantes: cómo cultivan, cómo recolectan, su entretenimiento, conversaciones… las maneras en las que se ignora la quietud, vaya. Las particularidades, como la cosecha o la ganadería, cambian de acuerdo al lugar, pero en general existe un patrón sobre las actividades. La óptica se aleja -afortunadamente- de la condescendencia y/o la pornomiseria, enfocándose en la sincera bienvenida que dan estas personas al equipo y, por ende, a la audiencia.

La mayor virtud del documental es la labor fotográfica realizada por el mismo director. Los planos fijos, distinguidos por una perspectiva paisajista de gran belleza, se intercalan con la rutina de los seminómadas y funcionan para un momento de contemplación de un ecosistema desconocido.

Resulta sorprendente observar las costumbres de seres humanos que comparten el mismo gran espacio, pero están tan alejados de absolutamente todo. Rituales con piezas musicales que sirven para atraer seguridad en un viaje, pinturas en la cara o simplemente el camino a las actividades diarias. Tales registros manifiestan una exposición cabal de una multiculturalidad sospechada, pero inimaginable.

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Las imágenes poseen una enorme calidad otorgada por la composición y la espectacularidad de los escenarios, lo cual sirve -narrativamente- como recordatorio de la inmensidad que devora a los pequeños sujetos. Fuera de esto, las vivencias no tienen un hilo conductor: son hechos aleatorios sin conexión en una trama que dejan cualquier núcleo subtextual a la reflexión individual.

Estas reflexiones posibles pueden incluir las facultades de un modo de vida austero -eso sí, a la fuerza- donde se valora mucho más lo material que se llega a poseer, la importancia del núcleo familiar y la cercanía con el otro o el ajetreo contra la impasibilidad del punto recóndito en el globo. Sin embargo, también hay declaraciones que se oponen a la perspectiva alegre, particularmente cuando una señora dice que no quiere para sus hijos la rutina inestable de estar buscando agua o comida para sobrevivir. Que salgan de ahí, pues. Ese crudo contraste es pertinente para no dejar la película en un lado demasiado bonachón. 

Es imposible no destacar el compromiso del equipo liderado por Everardo González para viajar y obtener el material necesario. Ser testigos en un entorno así de desconocido y posiblemente adverso no debió ser nada sencillo, lo que demuestra un gran oficio. La composición cinefotográfica no desmerece para nada ante sus anteriores trabajos que igualmente utilizaron planos fijos de paisajes -La libertad del diablo (2017), por ejemplo-, pero sí es un documental argumentalmente más disperso. Aun así, hay mucho mérito en la representación de los confinados, de los más olvidados del planeta.