Las películas favoritas del 2018

El 2018 nos dejó una fructífera experiencia cinematográfica. Tuvimos el privilegio de ver lo más reciente de grandes figuras que ya hicieron lo suyo en la historia del cine, como Jean-Luc Godard y Agnès Varda. Producciones como Hereditary (Ari Aster) nos advirtieron ante un terror de calidad, alejado de los recursos y premisas que más que ayudar, han desgastado al género. También llegaron películas que se encargaron de colocar al público frente a la nostalgia, como Roma (Alfonso Cuarón)en fin, la lista es extensa.

Y justo de esa vasta cartelera que alimentó a las salas de México en el año que terminó, diez integrantes y colaboradores de este espacio eligieron su película favorita: la que más los conmovió, la que más disfrutaron, la que consideran la propuesta más fresca, o la de mayores aportaciones técnicas o narrativas.

Sueño en otro idioma (Ernesto Contreras, México) 

El director mexicano es experto en tratar con seres reprimidos sexualmente, y en este su tercer largometraje hace lo propio. Sin embargo cambia los paisajes grisáceos, adoptados en sus anteriores trabajos, y nos deleita con horizontes verdosos llenos de vida, pero que de igual forma sirven de prisión a dos almas destinadas a nunca estar juntas…por lo menos en el plano terrenal.

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Junto a su hermano Carlos, el cineasta mezcla un mundo fantástico con el real para demostrarnos que no existe fecha de caducidad ni límite en el tiempo para poder reconciliarse con el pasado.

Diana Mendoza  (@DimeDianaLauEditora audiovisual del Museo de Antropología y admiradora del séptimo arte. Colaboradora en Sector Cine.

Guerra fría (Cold War, Paweł Pawlikowski, Polonia)

Es una completa experiencia cinematográfica, con su fotografía sencilla pero virtuosa, y una meticulosa atmósfera sonora contenida en un melodrama realista que trasciende la época en la que está situada al abordar el amor intermitente entre dos personas que parecen estar destinadas a estar juntas… y a la vez no.

Una impecable representación fílmica de la fugacidad y una maravillosa fábula que al contemplarse provoca todas las ensoñaciones. 

Mauricio Hernández (@MauHeRa) (R) egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Colaborador en la Revista Encuadres. 

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Western (Valeska Grisebach, Alemania)

Simple, minimalista y de una manufactura elegante, Western se erige como una propuesta que plantea un modelo de la masculinidad único, y en esa especificidad halla su motivo y  razón de ser. Es uno de los filmes imprescindibles no sólo del año, sino de la década.

Su negación constante a la manera de actuar de los personajes masculinos en la cinematografía mundial se acepta como una virtud inequívoca de que aún hay mucho qué transitar en lo que refiere a la construcción de personajes complejos, bellamente montada, en una palabra: sutil.

Gerardo Herrera (@El_Lyndon) Guionista y editor de Zoom F7.

Rostros y lugares (Visages villages, Agnès Varda, Brasil)

Que me decantara por elegir un documental como “mi película favorita del año” era algo predecible. Aunque 2018 trajo producciones bastante, bastante impresionantes y pensar en una sola no es tan fácil, he decidido nombrar a Rostros y lugares como una que sentí especialmente. La que podría ser la última película Agnès Varda –ojalá no– es una extraordinaria pieza de amor a la vida, la libertad y el arte y como agente vital para el ser humano.

No es sólo otro documental de Varda sobre Varda –la directora ya ha rememorado su muy inspiradora vida en algunas otras películas–, es una carta de amor al mundo que nos rodea, y posiblemente, también, una forma de despedida.

Gustavo E. Ramírez (@gustavorami_Coordinador editorial en la Cineteca Nacional. Especialista en cine documental.

Dulce país (Sweet Country, Warwick Thornton, Australia)

Un western que más bien se camina por el este del mundo. La persecución, los disparos y los caídos a mitad de la arena están presentes, pero es una película que está lejos de la explosividad; por el contrario, implosiona y es ahí donde encuentra su encanto.

Un filme atmosférico, seco y rasposo, cuya fotografía y silencio son imponentes.

Omar Sánchez (@SanchezGarcia_OEstudió Comunicación y Medios Digitales en el ITESM. Tiene un videoblog sobre cine mexicano en Sector Cine.

Mission Impossible: Fallout (Christopher McQuarrie, Estados Unidos)

Para una franquicia en la que tienes a Tom Cruise realizando cuanta exuberancia posible, Mission Impossible: Fallout se caracteriza por una magnífica propuesta visual y un excelente trabajo en stunts, lo cual hace experimentar una sorpresa muy placentera, aun con el hecho queestá estructurada de la misma manera a las anteriores. 

Victor Hugo (@VictorTiberius) Editor Audiovisual, estudió Comunicación en UDF. Creador del canal de Youtube El Rincón del Cineasta.

Las herederas (Marcelo Martinessi, Paraguay) 

Es difícil escoger una película como la mejor entre las muchas que vemos en el año., principalmente porque con cada una conectamos emocional e intelectualmente de modos muy distintos y por diversas razones, sin que eso implique que una supere a las otras. Escojo Las herederas, quizá por la sutileza con que nos habla de los distintos niveles de encierro y dominación en las relaciones humanas, pero también sobre las maneras de rebelarnos a ellas.

Una cinta que a través de recursos sencillos aborda el poder, muchas veces sutil, que se ejerce en las relaciones de pareja, y el amor (amor propio, ante todo) como territorio donde puede imaginarse la libertad.

David Ornerlas  (@DAVIDORNELASM) Trabaja en el departamento de difusión de la Cineteca Nacional. Escribe sobre cine en publicaciones digitales.

Pájaros de verano (Cristina Gallego, Ciro Guerra, Colombia) 

Basada en hechos reales, Pájaros de verano retrata desde una visión minimalista los inicios de uno de los negocios ilegales más fructíferos y dañinos de las últimas décadas: el narcotráfico.

Inserta la cosmovisión de los Wayuú y el onirismo de sus miembros, retratando con bellos planos generales el declive de un pueblo y la tragedia que alcanza a la familia encargada del negocio. También nos recuerda que la violencia es el único camino que tiene el narcotráfico.

Fan Valdés (@fan_nekobasuPedagoga de formación pero cineasta por convicción, artista plástica en el tiempo libre.

Museo (Alonso Ruizpalacios, México) 

El director mexicano retoma el robo del siglo, ocurrido la navidad de 1985 el Museo Nacional de Antropología e Historia. Pero más allá de recrearlo nos abre la puerta para repensar temas como la juventud, la amistad, las relaciones familiares y la búsqueda de certezas, todo enmarcado en un contexto frustrado (quizá un poco más que los propios personajes).

Es una obra imperdible no sólo por recordarnos un hecho que marcó la historia, sino por la calidad de los elementos cinematográficos (especialmente el guion y la dirección de actores), los cuales consolidan a un cineasta que desde sus primeros cortometrajes ha sabido intoducirnos a temas punzantes a partir de historias ligeras en apariencia.

Leticia Arredondo (@leetyAV) Coordina y edita Zoom F7.

El legado del diablo (Hereditary, Ari Aster, Estados Unidos) 

Como dije en mi ensayo sobre el cine de terror, que puedes leer aquí, este subgénero se ha vuelto un martirio predecible y poco innovador. Afortunadamente, comenzaron a voltear al suspenso y construyeron estructuras narrativas muy diferente a lo que hemos tenido que sufrir los últimos años.

Ejemplo de ello es Hereditary, una ola anticlimática del terror me parece excelente y por eso la coloco como una de mis películas favoritas del 2018. 

Isaac Avila (@elpinshidiablo) Melómano, comiquero y comunicólogo. A veces escribo, a veces ñoñeo.

 

Western | Crítica

Los westerns, coloquialmente conocidas como “películas de vaqueros” -estrictamente, eso son-, refiere en un sentido más riguroso a “la conquista de un territorio”. Es decir, este género (por excelencia del cine estadounidense) muestra el proceso de expansión que esa nación tuvo durante el Siglo XIX mientras se encontraban con el salvaje oeste; casi siempre se enfocaba en un relato dramático de un grupo de cowboys contra los bárbaros indios, pero nunca podemos apartar el gran fondo del expansionismo gringo.

Por supuesto que el western no es exclusivamente estadounidense -ahí tenemos los chili westerns o los spaghetti westerns-, así que resulta interesante la elección del título para el tercer largometraje de Valeska Grisebach. Esta cinta aborda las vivencias de un grupo de obreros alemanes que construyen una planta hidrológica en suelo búlgaro, pero centrándose en Meinhard (Meinhard Neumann), el nuevo del grupo.

Desde la sinopsis podemos notar el sentido del título Western, pues en alguna forma, el consorcio alemán que manda construir una planta de agua en tierras extranjeras y que funcionará para sus intereses, es otro medio de conquista de territorio en menor escala, pero con mayores repercusiones económicas y sociales. Aquí surge una exposición de la geopolítica europea con Alemania como potencia dominante y una evidencia de la preponderancia económica como fuerza mayor no sólo en Europa, sino extendida en todo el globo debido al modelo económico imperante. Las fronteras desdibujadas por el capital y los asuntos de recursos naturales escasos.

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Si hablamos de Europa, hablamos -desafortunadamente- de un marcado nacionalismo, lo que también está presente en la trama. Visible en el comportamiento de los trabajadores alemanes, quienes en múltiples ocasiones alardean de su nacionalidad y desdeñan a los lugareños, poniéndolos como gente de segunda; incluso son los propios búlgaros quienes reconocen a los germanos como “gente muy recta y decente”, rememorando ciertas interacciones que tuvieron con la armada alemana. Sin embargo, son mayores los encuentros rencillosos que se exhiben por la amplitud de las diferencias socioculturales entre los ciudadanos de ambos países. Los siempre presentes altercados entre europeos, comúnmente recelosos a las relaciones con otros pueblos, y ni se diga al mestizaje…

Sumando a las líneas discursivas está la interesante exploración a la masculinidad, subtexto más tocado a lo largo del filme. Los patrones de comportamiento de los obreros suelen ser acentuados hacia la masculinidad desbordada, pues las constantes acciones de fuerza que deben realizar, los inclinan hacia la idealización de la fuerza como característica determinante de la virilidad. El desarrollo expone todo esto al introducir peleas absurdas por demostrar pura superioridad entre los jornaleros, actos de violencia machista contra mujeres del poblado, chistes contra un trabajador por dejar que otro toque su cabello (prejuicios sobre la conducta de un Hombre), etc. El vigor bruto se topa con el sentimentalismo cuando estos machos tantean con un lado más sensible con, por ejemplo, la muerte de un caballo. Además, el protagonista, siguiendo impulsos físicos, también busca su acercamiento con alguien del sexo opuesto, no sin antes dejar entrever una faceta afectiva que iría en contra de los preceptos del macho alfa, lo que agrega sustancia a este conjunto temático narrativo.

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Ahora, si reducimos todo aspecto social de estas figuras, quedan únicamente los seres humanos que son. Seres que se ven forzados a profanar un territorio ajeno en persecución de su manutención en actividades peligrosas y sin condiciones óptimas; el día a día en la explotación capitalista.

Es así como entendemos a los múltiples subtextos como la virtud de esta película, todos esos argumentos socioculturales que tiene para ofrecer; puesto que, formalmente, encierra todo en un naturalismo largo y tendido -cansado por momentos- que concentra la atención en lo que los sentidos de las figuras en pantalla pueden apreciar en franco acompañamiento. Sin un despliegue técnico sorprendente o amplio, pero sí eficiente para sus propósitos.

Western sirve como un microplano de la sociedad europea y de la vida en general. Un mundo que ya no se tienta el corazón al exigir cualquier cosa a sus trabajadores, prejuicioso y feroz. Pero que deja una luz de esperanza y te pone música para bailar (ya verán de lo que hablo).

Mauricio Hernández

(R) egresado de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Colaborador en la Revista Encuadres. 

Sin nada que perder: el western no está muerto

Si trabajas para vivir, ¿por qué te matas trabajando?

-El bueno, el malo y el feo

En 1903 Edwin S. Porter presentaba al mundo una pequeña parte de la vida del sur de los estados unidos con El gran robo al tren, así se iniciaba un nuevo género cinematográfico, en donde se plasmaba la historia vista desde los ojos de los americanos. Bandidos, pueblos sin ley, indios y vaqueros, dinero en juego y justicieros eran, o siguen siendo la esencia del “viejo oeste”.

En el sur, lugar que  ha sido condenado al olvido, la tierra se levanta con cada pisada, con cada llanta que se ha atrevido a visitar un espacio sin reglas, el sol abrasador quema sin piedad e ilumina las calles con un amarillo cegador que rebota  en los suelos y empapa a los lugareños, los somete a una  eterna sudoración y a un desarreglo constante, (elementos cliché en las películas “western” pero no por eso falsos en la vida real) Texas, uno de los sitios más olvidados de los Estados Unidos, se renueva junto con el género que ha evolucionado, sin embargo los habitantes no han corrido con la misma suerte.

Sabemos que el western no está muerto, y Sin nada que perder (DavidMackenzie, 2016) lo ha hecho suyo: a su estilo le ha dado un giro interesante, concreto, brutal y fresco. Es fiel al género pero ensalza con contemporaneidad y no se olvida de la potencia de su historia. Es verdad que el western cuenta con una presencia importante en las taquillas cada año, como la memorable Sin lugar para los débiles (2007) o Los siente magníficos (2016), Temple de acero (2010) entre otras.

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En el “nuevo” oeste la situación no ha cambiado mucho y los bandidos acechan los pequeños pueblos y a su escasa población. Mackenzie va al grano desde los primeros cinco minutos de la cinta, al espectador no le da tiempo ni de buscar su bote de palomitas cuando la acción ya está frente a sus narices.

Los perseguidos son los hermanos Howard, Toby es el menor (Chris Pine) y Ben Foster interpreta al hermano mayor y ex convicto Tanner. Ambos, a punta de pistola asaltan el primero de una lista de bancos, su objetivo es recaudar el dinero con lo que resolverán sus problemas financieros y al mismo tiempo salvar la granja herencia de su madre. Los intereses en juego son grandes cuando se ha encontrado un pozo lleno de petróleo en la propiedad que les asegura una estabilidad económica y más que eso.

Toby es un hombre divorciado, padre de dos hijos a los que pretende ceder la jugosa herencia, su misión por recuperar la granja hipotecada lo llevará a cometer actos ilícitos. Tanner es su hermano, mejor amigo y compañero en esta hazaña. Marcus Hamilton (Jeff Bridges) el ranger texano se hace presente desde el primer atraco registrado, siguiendo las pistas de estos dos bandidos.

El segundo banco asaltado pertenece a la misma firma que el primero, el ranger y su asistente recolectan los rastros en el austero pueblo tratando de atraparlos. La pareja motivada por la avaricia es muy  diferente entre sí, uno disfrutando de la misión, el otro, preocupado por recuperar lo que es de él.

El camino obliga a los hermanos a cambiar los planes, pero cualquier error los llevará a un destino con pocas posibilidades. La fuerza y construcción de los personajes  encaja con el ambiente, Toby busca la redención al velar por su familia, mientras Tanner no tiene nada que perder.

Este thriller texano muestra los problemas locales y una cultura muy diferente a la del resto del país. Retrata ambos lados, y demuestra que todos estamos dispuestos a buscar justicia o a ejercerla.

Fan Valdés

Pedagoga de formación pero cineasta por convicción, artista plástica en el tiempo libre.

 

 

Los siete magníficos: Pateando al caballo muerto

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Por: Rodrigo Garay Ysita

Eso de que el western está muerto es bien sabido por todo cinéfilo que se respete, frase lista para ser disparada por los adeptos del tomatómetro y los que están al día con los pormenores de la cartelera pasada, presente y por venir cuando se les pregunta qué es lo que ha sucedido con las emotivas aventuras de John Ford o los espaguetis a la bolognesa de Sergio Leone. El espíritu estadounidense vive mejor representado por las películas de superhéroes en el siglo XXI y los andares de vaqueros ya no le interesan a nadie.

Aunque parece que Columbia Pictures y MGM no estaban enteradas de lo anterior al lanzar un remake de Los siete magníficos en pleno 2016, las grandes productoras demuestran estar a la vanguardia de la mercadotecnia cinematográfica de nuevo porque, bajo la fachada del western, la nueva producción de Antoine Fuqua conserva pocos elementos de esos duros atardeceres en el desierto que inmortalizaron a John Wayne y a Clint Eastwood y es, más bien, un torbellino de acción de corte fantástico que se aferra al marco de la cinta original para explotar la nostalgia que tanto nos aflora en estos tiempos.

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Porque no bastaba con sacar de la tumba a Robocop, a Carrie, al poltergeist, a los cazafantasmas, a los Power Rangers, a las carrozas de Ben-Hur, a las Tortugas Ninja, al amigo gigante, al amigo dragón y a los velociraptores del Parque Jurásico, el director del éxito ya quinceañero Training Day (o Día de entrenamiento, como muy correctamente le nombraron en nuestro país) desempolva una de las adaptaciones favoritas de la historia del cine: The Magnificent Seven (título traducido, todavía recordará, en el párrafo anterior), de John Sturges, que en 1960 transportó el argumento de Los siete samuráis (Shichinin no Samurai, 1954), cinta legendaria de Akira Kurosawa, al viejo oeste.

La historia es la de un pequeño pueblo campesino que sufre los abusos de un grupo de bandidos y, en un acto de desesperación, recluta a siete samuráis/pistoleros para que defiendan a la población en una violenta carnicería. Tristemente, las décadas que han pasado entre los dos clásicos y esta maravilla que nos agracia los Cinépolis de la ciudad se han encargado de diluir la leyenda, como en una especie de siniestro teléfono descompuesto, hasta sus más primitivas y estúpidas posibilidades.

650_1200La defensa de estos fuertes calificativos se desarrolla someramente en las siguientes líneas. Cuando se escribió “primitivas”, se hizo referencia a la saciedad de los bajos instintos de belicosidad del macho cabrón, que Fuqua alimenta con una lluvia de balazos, explosiones, metralletas, cuchillos voladores y un intermitente enfundar-y-desenfundar los fálicos revólveres de los vaqueros. El western clásico rara vez se entregó a la masacre gratuita; su tratamiento de la violencia atendía a motivos de planteamiento (ilustrar un ambiente hostil, sin ley) o de crítica sociopolítica. Si Sam Peckinpah atascó de sangre el inicio y el final de The Wild Bunch (1960), fue para gritarle al gobierno que lo torturó psicológicamente en la guerra y al público acostumbrado a las balaceras de mentira en el cine.

Del anacronismo de Los siete magníficos mejor ni hablemos, pues es muy claro a través de sus diálogos y su diseño de producción que no estaban intentando ninguna clase de fidelidad o coherencia al establecer el mundo en el que viven sus personajes. Lo que sí refleja son cuestiones políticas en la diversidad de su elenco, que le restriega en la cara al que se atreva a acusar a Hollywood de discriminación un reparto perfectamente calculado, en donde mujeres, asiáticos, mexicanos, nativos americanos y rednecks obesos pueden luchar hombro con hombro, sin importar lo estereotípico de su comportamiento.

Y esto viene de la mano del segundo insulto desvergonzado, ya que, al escribir “estúpidas”, se quiso aludir a la pobreza dramática de los jugadores en el partido, por llamarlos de alguna manera. Los amantes de Chris Pratt no tendrán queja alguna de ver al carismático fortachón (que se pone en el lugar que el carismático no-tan-fortachón Steve McQueen tenía en el filme original) haciendo exactamente el mismo papel que en Guardians of the Galaxy (James Gunn, 2014) o en Jurassic World (2015), pero su acto es una señal de que Los siete magníficos fue pensada para distraer a un público infantil que requiere chistes y poses divertidas para pasar el rato.

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La falta de profundidad en los personajes es exagerada en el villano “interpretado” por Peter Sarsgaard. En la versión de 1960, el antagonista era un caudillo ojete (a cargo del gran Eli Wallach) que, a pesar de ser evidentemente despreciable, tenía un objetivo comprensible: el invierno se acercaba a las inhumanas tierras fronterizas y él tenía que alimentar a sus tropas a como diera lugar. En la versión de Fuqua, el empresario desalmado Bartholomew Bogue es un malo muy malo, tan malo que tiene que torturar a un niño enfrente de todo el pueblo, matar a unos cuantos pobres diablos a sangre fría porque lo hicieron enojar y quemar una iglesia para que, si a alguien entre las butacas no le había quedado muy claro, se note que es malo malo y, por lo tanto, tiene que hacer cosas de malos.

En cuanto al resto de los magníficos, están más o menos igual que como los había dejado Sturges (los tipos del líder, el mexicano y el cobarde arrepentido) o igual que como el cine popular de acción entiende a la gente con ojos rasgados (ninjas infalibles) y de tez roja (arqueros quasi-élficos). Entre el casting de superhéroes y los resplandores estilo J.J. Abrams, lo poco que queda de western se siente como comercial de Marlboro, crudamente copiado de los clichés que todos nos sabemos y de las versiones antecesoras de la película.

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La línea de carroña no podría ser más explícita que en el póster publicitario de esta superproducción, que claramente tomó prestado el diseño de los promocionales de The Hateful Eight (Quentin Tarantino, 2015), cinta que, a su vez, está intitulada con un guiño juguetón a la primera The Magnificent Seven, que, como se ha dicho, es una calca de Kurosawa. Que el más paciente de nosotros calcule los años de perdón que tiene el ladrón que roba a ladrón que roba a ladrón.

Eso de que el western está muerto, por cierto, es una falacia. Lejos de su antigua grandeza pero aún vigente de vez en cuando, se quedó en las manos de unos pocos valientes que han sabido aprovechar (o desintegrar) sus convenciones para presentar películas interesantes; como la famosísima No Country for Old Men (2007), de los Coen; The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford (2007), de Andrew Dominik, o la excelente Meek’s Cutoff (2010), de Kelly Reichardt. Que gente como Antoine Fuqua siga cavando la fosa del cine de vaqueros, no significa que pueda sepultar al género todavía.

Trailer:

Ficha técnica

Dirección: Antoine Fuqua

Guión: Richard Wenk, Nic Pizzolatto

Producción: Roger Birnbaum, Todd Black, Kat Samick

Reparto: Denzel Washington, Chris Pratt, Ethan Hawke, Haley Bennett, Peter Sarsgaard, Vincent D’Onofrio

Edición: John Refoua

Dirección de fotografía: Mauro Fiore

Música: Simon Franglen

País: Estados Unidos

Año: 2016