Territorio: melodrama básico con excelente premisa

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz) 

Manuel (José Pescina) y Lupe (Paulina Gaitán) quieren tener un hijo, pero él es infértil. Durante la búsqueda del donador conocen a Rubén (Jorge A. Jiménez), un carismático hombre con el plan de cruzar la frontera. Aprovechando la situación, ambos llegan a un acuerdo: Manuel le prestará el dinero para ir a Estados Unidos a cambio de los espermas de su nuevo amigo. Debido a que el primer intento de fecundación sale mal, el trío probará otros métodos para conseguir el embarazo. 

Con ecos de la melancolía citadina de Ernesto Contreras –aquella que hace a Párpados azules (2007) y Las oscuras primaveras (2014) tan cautivantes–, el director se aproxima a la clase media-baja con un romanticismo libre de clasismos. No realiza ninguna proeza, pero se abstiene de remarcar la desolación y suciedad de los barrios pobres. La alberca pública, el departamento y los bares tienen una atmósfera orgánica que ensalza la frustración de los personajes. En ese contexto se desarrolla una interesante dramedia para cualquier público. Sin embargo, todas las promesas de gloria fílmica nacional se desmoronan en la segunda mitad del metraje.

En El tiempo que queda (François Ozon, 2005) una camarera pide al protagonista (con los días contados por el cáncer) su ayuda para quedar embarazada; lo siguiente es una magnífica escena que sirve de metáfora sobre la vida surgiendo de la muerte. Lo nuevo de  Andrés Clariond parte de premisa similar, se convierte en un culebrón misógino y básico (sin metáforas, ni segundas lecturas). Lo anterior es una pena, porque la magnífica primera parte (antes del regreso de Rubén) abre la posibilidad a diferentes cierres “open mind”, que van desde “el amor de tres” hasta la aceptación del matrimonio sin hijos (más disruptivos que una simple “puesta de cuernos”).

Como sucede con el actual cine de Arturo Ripstein (esos híbridos chabrolianos con olor a viejo), el personaje de Paulina Gaitán es una insatisfecha Madame Bovary respondiendo con violencia al incumplimiento de sus exigencias sexuales y económicas; es decir, la mujer reducida a los estereotipos de la mirada masculina. En el clímax, cuando la infidelidad está en su punto álgido, la trama comienza a desvirtuarse en un retorcido episodio de “Mujer, casos de la vida real” (con moraleja incluida). Lo exagerado del dilema imposibilita llegar a una reflexión por encima del juicio moralista a favor o en contra de la traición dentro del matrimonio. De una forma burda, la genitalidad eclipsa a otros conflictos más complejos, planteados al inicio (como los obstáculos económicos para financiar un tratamiento de fertilidad).

De acuerdo con Clariond, el punto de partida fue hablar sobre las nuevas masculinidades; no obstante, la película hace todo lo opuesto, reafirmando aún más los viejos prejuicios, presentes en la marginal televisión mexicana. Involuntariamente, al no existir un contrapunto femenino, da la razón a la masculinidad tóxica como una razonable defensa del territorio. El tamaño del pene, la masturbación femenina, los bromances y el sexo swiger son mirados con la perspectiva de un boomer conservador, quitando todo encanto a una obra que pudo ser la Drei (Tom Tykwer, 2011) mexicana.

Ese desbalance argumental en la recta final también sucedía en Hilda (2015); propuesta y desarrollo provocador que se soluciona de forma obvia y apresurada. La camaradería entre Rubén y Manuel proponía la ruptura de los roles masculinos, rozando la heteroflexibilidad sin complejos. El final que remarca la competencia entre machos por la mujer-trofeo es un convencionalismo narrativo de la vieja escuela; por poner un ejemplo, es como si en Sueño en otro idioma (Ernesto Contreras, 2017) jamás hubiera existido la reconciliación entre Evaristo e Isauro después de la batalla final, acentuando el triunfo de la homofobia interiorizada. En los últimos minutos de Territorio, jamás se da una tregua a los personajes para sobrellevar la ruptura desde una perspectiva no-falocéntrica.  

Dejando de lado el discurso, el filme cuenta con virtudes técnicas y actorales. El estilo de Clariond tiene un ritmo ágil que beneficia a la carga emotiva de las escenas. En pocos minutos pone todas las piezas sobre la mesa (los problemas matrimoniales, la presentación de Rubén, la situación económica, etc.) y no deja nada a la interpretación del espectador. En esa presteza narrativa, el trío de protagonistas tiene un gran mérito; los actores dan calidez a momentos que (en manos de intérpretes amateur) podrían caer en lo insulso. En términos generales, Territorio será entretenida para los amantes de dramas shockeantes (tipo Sexo, pudor y lágrimas); un proyecto con atractivo inicio y gratuita intención de perturbar al espectador en el desenlace.