Ningún vietnamita me ha llamado negro: ¿quién es el enemigo?

La Guerra de Vietnam es un parteaguas en la conciencia política estadounidense y un evento que cambió para siempre la percepción de su sociedad sobre las acciones de gobierno y sus repercusiones en la esfera civil. El cine ha tomado este conflicto en múltiples ocasiones, desde los grandes clásicos (anti)bélicos como Apocalipsis ahora (Francis Ford Coppola, 1979) o Cara de guerra (Stanley Kubrick, 1987) hasta exponentes de diferente estructura que lo tocan como El gran Lebowski (Ethan y Joel Coen, 1998) o Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994). Es un evento incrustado en todo ciudadano de ese país.

“Ningún vietnamita me ha llamado negro” fue una frase primero dicha por Muhammad Ali, legendario boxeador y uno de los principales voceros contra ‘Nam. Esta oración icónica fue después transformada en consigna por el movimiento en favor de los derechos civiles y sirvió para titular esta cinta homónima, originalmente acuñada en 1968 por David Loeb Weiss. Aquí se intercala una conversación entre tres veteranos afroamericanos e imágenes del contingente de Harlem durante la Marcha de la Primavera en Nueva York, ocurrida en abril de 1967.

Ningún vietnamita me ha llamado negro (David Loeb Weiss, 1968), largometraje documental de corta duración -apenas superior a los 60 min.- es un mosaico de demostraciones políticas. La charla de Dalton James, Preston Lay Jr. y Akmed Lorence es un círculo de apoyo y entendimiento ante una realidad hostil del pasado y presente, ellos regresaron de un caluroso infierno donde no tenían oficio ni beneficio… a otro infierno donde algunos de sus compañeros ni siquiera poseen la cualidad legal de ciudadanos, donde posiblemente no encuentren un trabajo con salario decente y donde vivirán en condiciones infrahumanas. En medio de sus palabras caben reflexiones en torno a la calidad de vida que tenían en el sudeste asiático y la que soportan en Estados Unidos. ¿Qué sitio quema más?

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Asimismo, discuten, con pleno conocimiento y haciendo uso de lo que llaman “conciencia negra”, sobre el punto del documental: el reconocimiento del otro incluso en un ambiente de enemistad. Ellos relatan cómo, aun siendo “rivales”, los soldados del vietcong nunca les dijeron “niggers” ni “coons” -palabras utilizadas por la gente blanca para denostar a la población negra-; notando eso, distinto a como hacían los soldados blancos, no utilizaban “zit” para referirse a ellos. Entonces, ¿quién era el verdadero agresor si el enemigo me respeta?

En contraparte, está el metraje de la marcha con el contingente de Harlem, un ejemplo excelente de cine directo y una gran exposición de la heterogeneidad que envuelve a cualquier evento sociopolítico. Si bien se toma al contingente con sus pancartas y expresiones en planos medios y detalles, lo sustancial está en los testimonios de aquellos que no están participando, las personas de las orillas que, sin embargo, tienen una opinión… y la diversidad es sorprendente.

Al ubicarse en un barrio negro, las entrevistas callejeras con la cámara y micrófono en cara son mayormente a personas afrodescendientes, pero su color de piel no determina el posicionamiento. Están los convertidos al islam, quienes no apoyan al grupo porque el dios Alá ha enseñado a respetar las decisiones del gobierno, pero entienden a los miembros de la religión como sus hermanos; quienes miran a tanto blancos y negros como víctimas de una guerra absurda -la mayoría pertenece a este segmento-; quienes sustentan plenamente el conflicto para detener a los malditos comunistas; quienes no creen que los movimientos de los derechos civiles y el antiguerra deban mezclarse porque no le encuentran relación y, por supuesto, los radicales blancos que quieren hacer un imperio blanco, así como los negros que “deberían ir a su continente para hacer su imperio negro”.

Aunque las formas son sencillas de entrevista casual, en una movida astuta del equipo, se hacen close-ups en segmentos escandalosos como con aquella señora que dice estar totalmente a favor de atacar Vietnam o al pin del tipo blanco que exhibe el partido al que pertenece. Asimismo, los encuadres recargados hacia un lado durante discusiones agitadas, si bien pudieron ser parte de la oportunidad, resultan una ingeniosa manera de comunicar tensión.

Ningún vietnamita me ha llamado negro es un filme creado y montado de forma sencilla, basado enteramente en la valía de su recopilación y de la coyuntura que lo rodeaba. Un potente recordatorio de la importancia del registro; además, puede verse con retrovisor; sí, terminó la segregación, pero ¿realmente se ha avanzado en términos de reconocimiento étnico? La fuerza y la pertinencia de un material como este -con eficaz restauración, afortunadamente- es sorprendente, pues estamos a más de 50 años y aún se percibe la rabia. Peor aún, se puede observar.