Mientras dure la guerra: un alivio que sólo dure dos horas

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

España, 1936. El intelectual, escritor y rector de la Universidad de Salamanca, Miguel de Unamuno (Karra Elejalde), apoya abiertamente el golpe de Estado contra la Segunda República y se niega a reconocer la violencia desatada por las tropas sublevadas. Mientras tanto, los golpistas son presionados por los alemanes para elegir a un jefe de Estado; Millán-Astray (Eduard Fernández) comienza una campaña interna para imponer a Francisco Franco (Santi Prego) como regente máximo. 

España tiene una gran tradición de cine histórico centrado en la Guerra Civil; sin embargo, durante la última década parecía haber quedado en el pasado. Este año se estrenaron tres largometrajes importantes: La trinchera infinita (Aitor Arregi, Jon Garaño y Jose Mari Goenaga, 2019), Sordo (Alfonso Cortés-Cavanillas, 2019) y Mientras dure la guerra (2019). La producción de Alejandro Amenábar (quien venía de hacer el ridículo con Regression) es una majestuosa pretenciosidad que recuerda a los éxitos noventeros de Trueba, Saura o Cuerda. 

A pesar de los intentos de Amenábar por dotar a la trama de “modernidad”, el corte final resulta bastante rancio y plano (haciendo ver a Dolor y Gloria, su competencia en Los Goya, como una película juvenil y fresca). La película tiene la rigidez escénica de una pastorela de colegio, debido a la simulada rigurosidad histórica, sin licencias dramáticas que brinden color al relato. Un fallo ejemplar es la poca relevancia de la esposa de Franco. Con el discurso del Día de la Raza, la anécdota central, es extraña la aparición secundaria de Carmen Polo (Mireia Rey), ya que es ella el verdadero conector entre Unamuno y el gobierno. Habría valido la pena profundizar en este tipo de vínculos, más personales e íntimos en la vida del escritor y sustituir a los sobrantes episodios políticos (como la inconexa traición a Cabanellas).

Cuando el realizador intenta cocinar momentos emotivos, se le va la mano con el azúcar. Muy aplaudida fue la escena entre Unamuno y Vila (Carlos Serrano-Clark, el más sobreactuado del elenco), pero tiene el estilo de un sitcom ochentero barato. En lugar de desarrollar una discusión agresiva entre dos generaciones, se da un ping pong de berrinches (pésimamente interpretado) que termina siendo nublado por la intrusiva música “épica” compuesta por Amenábar (muy en la melosa escuela de Garci). Definitivamente, el silencio era una mejor opción. Esa exagerada nostalgia (también presente en las conversaciones con la hija y el nieto) contradice el tono serio y formal de la subtrama militar.

En el polo opuesto, debido a un suspenso mal hilado, jamás apreciamos la amenaza del franquismo aproximándose. Me viene a la mente La Historia Oficial (Luis Puenzo, 1985), donde un personaje (ensimismado en su privilegiada cotidianidad) va adquiriendo conciencia sobre los crímenes a su alrededor. Contrario a la película argentina, en Mientras dure la guerra no existe una atmósfera opresiva latente, aunque todos los recursos se encuentran en la historia (el fanatismo religioso, las desapariciones o la propaganda simbólica). Hay una tenebrosa escena con la bandera monárquica siendo colgada en un balcón (mientras los soldados cantan la Marcha Real) y eso es todo. El director no juega con los elementos para crear una perspectiva hostil y pesimista.

Incluso, Amenábar se toma la libertad de ser benévolo con la imagen de Unamuno (defendiendo su obstinación como una aceptable vacilación ideológica). En tiempos de tóxicos “señores” como Pérez-Reverte o Vargas Llosa, se debería ser más crítico con el conservadurismo intelectual de Unamuno. Inofensiva para los hijos del Valle de los Caídos, la película está suspendida entre las dos Españas actuales, perdiendo la oportunidad para hablar a las nuevas generaciones “progres” sobre los peligros de alinearse a la ultra-derecha. En otras palabras, Mientras dure la guerra se encuentra muchos pasos atrás de clásicos como ¡Ay, Carmela! (Carlos Saura, 1990) o El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973).    

Analizando su filmografía, tampoco es la mejor obra del cineasta. Los momentos oníricos y poéticos son repetitivos y con relamidos planos mal ejecutados (como la visión de Concha en el árbol y los soldados reflejados en los lentes de Unamuno). No obstante, este título tiene el logro de ser una obra legible para los espectadores de cualquier parte del mundo (con las referencias suficientes y un contexto claro); por esa razón, la producción se pasa de académica y se olvida de la emotividad intimista (opacada por las intrigas políticas). La anécdota de Mientras dure la guerra es unidimensional y sin atractivos juegos narrativos, muy similar a las revisiones históricas en el cine mexicano. Amenábar no arriesga y su nombre ya sólo es el recuerdo de una joven promesa ahogada en sus aspiraciones hollywoodenses.