Aliados, o la película en la que Brad Pitt habla francés a ratos

Brad Pitt plays Max Vatan and Marion Cotillard plays Marianne Beausejour in Allied from Paramount Pictures.

Por: Rafael Ramírez Ramírez 

Ambientada en la Segunda Guerra Mundial en Casablanca, Marruecos, el espía inglés Max Vatan (Brad Pitt) y la espía aparentemente francesa Marianne Beauséjour (Marion Cotillard) tienen la misión de fingir un matrimonio para filtrarse en una fiesta en casa del embajador alemán y cometer el acto de homicidio contra el anfitrión. Durante su estancia en la ciudad africana, la pareja sostiene un romance que deriva en matrimonio y procreación. Tres años más tarde, mientras la familia vive felizmente en Inglaterra, Max es advertido sobre la latente probabilidad de que la mujer con la que se casó es en realidad una espía alemana quién robó la identidad de una mujer francesa y que ha filtrado información confidencial sobre los movimientos de Max y la armada inglesa.

Se inicia, entonces, una investigación doble, por un lado está el gobierno inglés y por otro la búsqueda personal de Max; ambos llevan a la misma verdad: Marianne es en efecto una espía alemana y le ha mentido a Max durante años. Finalmente, tras un intento fallido por parte de la familia para escapar en una avioneta militar y con el ejército inglés rodéandolos e impidiéndoles el escape, una resignada Marianne cometerá suicidio con pistola a escasos dos metros de su esposo Max, quién llorará su muerte.

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Cuando escuchas que el director de Forest Gump, Náufrago y Volver Al Futuro, se ha juntado con  el escritor de Eastern Promises y de varios capítulos de la serie Peaky Blinders, con el fin de hacer una película para la cual han elegido a Brad Pitt y a Marion Cotillard, las expectativas son más o menos altas. Lamentablemente con Aliados éstas no se cumplen y el resultado es decepcionante.

De guion genérico, a medio camino entre Sr. Y Sra. Smith (Doug Liman 2005), pero sin la credibilidad y el encanto del romance y juego erótico entre la pareja protagonista, Bastardos Sin Gloria (Tarantino 2009), pero sin la excesiva violencia, el entretenimiento sádico y las frases “catchy”, y ambientada en Casablanca para forzosamente recordar al filme protagonizado por Humphrey Bogart  e Ingrid Bergman, Aliados no se siente ni romántica, ni bélica, ni de espionaje y termina siendo un intento fallido de una recreación atmosférica del cine noir norteamericano.

La primera hora, en la que se retrata el encuentro y cortejo de la pareja protagonista, es horrorosamente fría y lenta. Los personajes son impresionantemente planos y las acciones que muestran el enamoramiento, están dirigidas bajo tremendos clichés e incluso se sienten mal actuadas. La dupla Pitt-Cotillard no convence: personajes y actores se perciben distanciados.

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Cuando la historia comienza a despegar, llega el plot twist y se convierte (o trata de convertirse) “formalmente” en una película sobre espías. El público ya no siente algún interés o empatía por los protagonistas. Lo que sucede después nos es indiferente.

El climax se desarrolla demasiado acelerado y la resolución es tan fría que no logra salvar el filme. En la escena final, donde el personaje de Vatan llora la muerte de su esposa, Pitt se encuentra a años luz de lo que lograría 21 años atrás en Se7en (Fincher 1995).

Ver a Brad Pitt en el mismo papel de militar/espía/soldado serio, con una innecesaria cara de galán compungido que ha representado en los últimos años, pero ahora con pocos diálogos y balbuceando palabras en francés, es insoportable. Si aún le queda algo de talento, lo está desperdiciando. Marion Cottilard hace un esfuerzo más grande, pero al final no seduce suficientemente a Pitt ni mucho menos a la audiencia.

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Ya ni mencionar a los demás personajes, desperdicio de actores, de tiempo, de dinero. Un soundtrack que pasa desapercibido y una fotografía que en algunos momentos se siente inútilmente sobresaturada. Destacable únicamente el diseño de arte, incluyendo decoraciones, vestuario y maquillaje, que retratan acertadamente la época de la Segunda Guerra Mundial tanto en África como en Inglaterra.

Otra película de espías de guerra que pasará a la historia tan pronto como llegó. Calificación 3/5

Trailer:

Ficha técnica

Director: Robert Zemeckis.

Guion: Steven Knight.

Año: 2016.

Assassin’s Creed: un salto al vacío

We work in the dark to serve the light. We are assassins.

-Cal Lynch

Del videojuego a la pantalla grande, Assassin’s Creed hace un atrevido salto de fe. La famosa franquicia que en 2007 invadía las consolas, ahora sorprende con una paupérrima realización a la que ni siquiera Fassbender salva. Y desde la más humilde pluma de quien escribe, puedo asegurar al lector que al terminar estos párrafos es probable que sus ganas por verla se esfumen. Hollyweed (como hace poco fue modificado el icónico letrero) parece que se encuentra en una carrera por ver quién muestra las realizaciones menos trascendentales.

Callum (Fassbender) es un asesino condenado a ser ejecutado; al despertar de la amarga inyección letal, se encuentra en las instalaciones de  Abstergo, una institución encargada de la búsqueda y recuperación de “la manzana del edén”, artefacto que concede el libre albedrío al hombre. Cal, ahora está bajo el cuidado de la doctora Sophia Rikkin (Marion Cotillard).

DF-01042 – Through a revolutionary technology that unlocks his genetic memories, Callum Lynch (Michael Fassbender) experiences the adventures of his ancestor, Aguilar, in 15th Century Spain with Maria (Ariane Labed). Photo Credit: Kerry Brown.

En cinco segundos se le es explicado su pasado, su presente, y se determina también su futuro. Condenado por sus antepasados, Cal tendrá que viajar al siglo XV (España en plena Inquisición) a través de un dispositivo llamado “Animus”, para encontrar el artefacto deseado al lado de una chica, que por cierto, solo sirve para rellenar la trama.

El primer acto llega en buen momento, pero conforme avanzan los minutos todo se diluye en una carencia de sentido. Las secuencias de acción son verdaderamente rápidas y aunque ante el ojo humano nos son perceptibles los bruscos cortes en el montaje, gran cantidad de ellos parecen no tener una razón y resultan confusos.

El “elemento Fassbender sin camisa” llega cuando la trama ha caído y ya no encuentra más pilares; entre muchos de los diálogos del personaje y sus acciones, hay una grave falta de coherencia. Agreguémosle el complicado acento español que con dificultad trata de imitar Michael Fassbender.

Uno de los aciertos es el vestuario y la recreación de la España en la inquisición, sin embargo, el uso desmedido del CGI, es lamentablemente notable. Aun con esto se establece el contexto, resulta difícil aceptarlo como una posible realidad. También es complicado encontrar una conexión entre los personajes, y el último acto se vuelve tedioso; aparenta ser un apuro para llegar al final.

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Sí, querido lector, Assassin’s Creed nos ha decepcionado no solo con la historia, que nada tiene que ver con el videojuego, y eso lo entendemos porque ambos (pantalla grande y consola) dan posibilidades narrativas e interacciones diferentes; pero no podemos perdonar una película tan corta de aspiraciones.

La mezcla entre ciencia ficción e historia parecían prometedoras como para perdurar en la memoria de los cinéfilos, pero la millonaria producción se quedó muy por debajo de las expectativas.

Fan Valdés

Pedagoga de formación pero cineasta por convicción, artista plástica en el tiempo libre.

 

No es más que Xavier Dolan

juste-la-fin-du-mondePor: Citlalli Vargas Contreras

“Esto sólo puede ser un adelanto del fin del mundo.” -Arthur Rimbaud

Tenemos la concepción de que las relaciones con nuestros consanguíneos y agregados deben ser copiadas de los modelos perfectos que Hollywood y la publicidad que nos muestran. Una familia, fuera de casa, es pura felicidad y amor, aunque dentro del hogar siempre existe un ático, un desván o un sótano, real o imaginario, donde guardamos los secretos más oscuros del núcleo familiar.

En Juste la fin du monde, el director quebequense Xavier Dolan, explora precisamente el lado más enigmático de la parentela a través de la historia de Louis (Gaspard Ulliel), un escritor de teatro que, luego de doce años, regresa a la casa materna para anunciar que pronto morirá.

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La visita de Louis se torna un recorrido a través de las variopintas personalidades de los miembros de su estirpe: su cuñada Catherine (Marion Cotillard), una mujer nerviosa, tímida y reservada que calla más de lo que le gustaría; su hermana menor Suzanne (Léa Seydoux), quien se la pasa drogada y odia los convencionalismos que, sin embargo, tiene que soportar por presión de su madre; su hermano Antoine (Vincent Cassel), impaciente, intempestivo, violento como un huracán pero sensible bajo su coraza; y su madre (Nathalie Baye), quien ha desistido de intentar dejar el cigarro y sólo busca proteger a sus hijos, aunque no los entienda en lo más mínimo.

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A diferencia de las anteriores cintas de Dolan, Juste la fin du monde es extremadamente angustiante, incluso más que su cuarta película, Tom à la ferme, con la que comparte el hecho de que ambas son adaptaciones de guiones de teatro. La narrativa es lenta y se desarrolla principalmente en la casa en un lapso de menos de un día que, sin embargo, parece eterno.

Siendo fiel a la ya conocida estética de Xavier, la película está, además, colmada de planos cerrados, principalmente de los rostros de los personajes, lo cual provoca una sensación de claustrofobia al no poder ver más allá de sus narices. Asimismo, la cinematografía de André Turpin se dedicó a llenarla de tonalidades amarillas que recuerdan aquella frase de Borges que dice, “Verás el color amarillo y sombras y luces. La ceguera gradual no es cosa trágica. Es como un lento atardecer de verano”.

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Por otra parte, Dolan vuelve a dar en el clavo con la selección musical que ambienta perfectamente los ambientes indicados. Esta vez, el soundtrack incluye temas como I miss you de Blink 182, Spanish Sahara de Foals, Natural Blues de Moby y hasta Genesis de Grimes.

Este drama le valió a Dolan, ya más que reconocido en Cannes, el Grand Prix y el Premio del Jurado Ecuménico durante el festival de este año, además de que ha sido seleccionado para participar como el candidato canadiense a Mejor Película Extranjera en la 89 edición de los Premios de la Academia.

Sin embargo, la crítica trató con brutalidad la cinta del joven director, tachándola de ser un film extremadamente pretencioso, lento e irritante. Incluso en los portales Rotten Tomatoes y IMDb, la cinta alcanzó, respectivamente, 44% en el Tomatómetro y 7.2/10, siendo las calificaciones más bajas de sus cintas. Ante esto, Dolan declaró que ésta era su mejor y más madura película y, sinceramente, yo estoy de acuerdo con él.

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Juste la fin du monde representa un quiebre más en su carrera, así como lo fueron en su momento Laurence Anyways, Tom à la ferme y Mommy, un rompimiento con el paradigma de enfant terrible esteta en el que han buscado encasillar desde sus inicios al cineasta. Claramente ya no es el chico de 19 años que filmó J’ai tué ma mère pero tampoco es el joven adulto de hace dos años que realizó Mommy. Xavier Dolan ha sabido cómo diferenciar cada una de sus películas a pesar de que hay elementos en ellas que se repiten, como la evocación a la madre y el amor no correspondido, y justo eso es lo más destacable de él, que nunca se ha quedado en el mismo lugar, ni siquiera lo intenta, ya que constantemente busca maneras de moverse de su zona de confort e innovar en determinados aspectos con cada film que hace. Por otra parte, es cansado que la crítica siga haciendo hincapié en que exista un personaje homosexual cuando Xavier, a pesar de ser gay, ha manifestado que ése no es el punto central de sus historias.

El sexto film de Dolan es, después de todo, el ático, desván o sótano donde se guardan los secretos oscuros que ha sido dejado abierto a propósito para que nosotros, espectadores, nos adentremos en ese aspecto oscuro del núcleo familiar que, a muchos, no nos es tan indiferente. A final de cuentas, no es más que el fin del mundo.

Funciones en la Ciudad de México http://bit.ly/2fPvuZo

Trailer:

Dos días, una noche: la película roja de Cannes

 Por: Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

Jean-Pierre y Luc Dardenne construyeron parte del lenguaje del cine independiente contemporáneo. Dueños de un estilo documentalista muy personal, se alejaron de la espectacularidad francesa de finales de siglo para filmar a los personajes más pobres de París; sin embellecimientos, ni pretensiones. Resultado de una sincera preocupación social, crearon (quizás) el personaje femenino más importante de la década: Rosetta (1999). Con la misma inconformidad de Andrzej Wajda –El hombre de hierro (1981)- o Elio Petri –La clase obrera va al paraíso (1971)-, el dúo francés crea historias de denuncia sobre las malas condiciones de vida de las clases marginales en un país que –se supone- forma parte del G-8. Película tras película, los hermanos intentan desaparecer el ideal de un primer mundo habitado por gente feliz, enriquecida y sin problemas económicos. En el último Cannes, presentaron Dos días, una noche (2014), sexta película en competencia por la Palma de Oro, Premio Especial del Jurado Ecuménico y la consagración de Marion Cotillard como la nueva Juliette Binoche.

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“LUCHAMOS BIEN”

Después de estar incapacitada laboralmente por una depresión, Sandra descubre que fue despedida porque un superior obligó a sus compañeros de trabajo a elegir entre el bono de mil euros o permitir el regreso de ella a sus labores. Los trabajadores eligieron casi unánimemente la ayuda económica. Desempleada y aun débil, la protagonista convence al jefe de realizar nuevamente la votación. Él acepta; entonces, Sandra tiene un fin de semana para convencer a los dieciséis empleados de renunciar al dinero para recuperar su trabajo.

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¿Por qué los Dardenne tienen dos Palmas de Oro? Pues Dos días, una noche es una razón para descubrirlo. Considerada la película roja de Cannes, es una obra que destroza los nervios de cualquier asalariado sin caer en el pesimismo fácil. La virtud del largometraje es su dinámica forma de entrelazar las visitas de Sandra a sus compañeros –una especie de viacrucis light-. Se disfrazan de forma anecdótica el drama de la vida familiar – como en El niño (2005)-, cuando el desempleo amenaza la estabilidad económica y emocional. Aunque la familia vive en aparente confort, el estilo de vida recrea la frágil frontera entre el bienestar y la pobreza. Además, es una historia sobre el preámbulo de una separación y el fin del amor. El personaje de Rongione sirve a la película de colchón para no convertirse en un dramón lacrimógeno y con exceso de tensión. Es una trama “menor” en la filmografía de los belgas, pero con los constantes cambios de tono (tipo montaña rusa) característicos de su cine.

Con cada trabajador visitado, los directores realizan una radiografía de los habitantes europeos clase medieros y los tipos de empleados. Los personajes son un grupo de individuos amorales que harían cualquier cosa por mil euros. Las grandes tragedias del siglo XXI giran en torno del dinero. Ante la negativa de renunciar al bono, varios enuncian un: No es nada personal. Esa frase es la verdadera problemática planteada por los autores, la desaparición del dolor ajeno y la compasión. Algunos reaccionan con una sutil violencia contra Sandra, sin importar su vulnerable estado de salud; otros no dudan en darle un portazo en la cara o justificar la sobreexplotación laboral en lugar de apoyarla.

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Dos días, una noche es la crítica a las falsas políticas organizacionales en la actualidad. Son inexistentes los ambientes “amigables” con el trabajador (el último de los dieciséis lo demuestra). La comunidad construida es un arma de doble filo para garantizar el rendimiento y las ganancias. Esto lleva a los empleados a perder toda ética y fidelidad a sus similares en la organización. La lucha y la unión en contra de la opresión es ignorada y los ideales de socialismo han quedado atrás. La hostilidad en el campo laboral es otro tema. El trabajo no es lugar de amistades y la deslealtad es una estrategia “válida” para escalar jerárquicamente. El grupo de empleados mostrado por los Dardenne sirve de contraste a una heroína con un viejo valor olvidado por la humanidad: la justicia.

El final es la otra cara de su primera Palma de Oro: si Rosetta es capaz de dejar sin empleo a Riquet -la única persona en quien puede confiar-, ahora Sandra afronta su derrota apreciando la ayuda obtenida y sin sacar provecho. Más que una lucha, la protagonista tiene un crecimiento como persona y el film se convierte en una sencilla –pero contundente- fábula sobre la justicia. Muchos critican el tono “buenrrollista” del film, pero precisamente esa ligereza evita no caer en una trágica historia de desempleo y marginalidad (propio del nuevo cine “independiente” de Hollywood). Además, los finales tipo Dardenne se distinguen por el guiño esperanzador y personajes con aplomo en los tiempos difíciles.

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Es el largometraje más detallado desde El Niño y el más “rápido” y ágil. Los momentos de contemplación son mínimos y la acción se concentra en los diálogos y no en las acciones (a diferencia de trabajos pasados). Los Dardenne tienen un excelente gusto en la (mínima) dirección de arte y los colores en sus películas son importantes para determinar la personalidad de los protagonistas. En ocasiones convierten una vestimenta en algo icónico y memorable: la chamarra roja de Émilie Dequenne, la chaqueta con franjas de Jérémie Renier y ahora las blusas de Marion Cotillard, adaptadas a cada uno de los diferentes momentos del personaje. Los directores no usan música, pero cuando lo hacen es para dar un remate sorprendente. Las canciones de Petula Clark y Them son un acierto magnífico. Excelentes actuaciones y una gran historia. De lo mejor de la pasada edición de Cannes y uno de los primeros títulos en llegar a México. No se la pueden perder. (9.0/10)