Los Caballeros: la RocknRolla que Guy Ritchie nos debía

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

Mickey Pearson (Matthew McConaughey) ha construido un gran emporio de “granjas” de marihuana, usando como tapadera a las residencias de la empobrecida nobleza británica. Tras una exitosa carrera en el mercado, el capo desea vender su negocio al millonario Matthew (Jeremy Strong) para tener una vida más tranquila con su esposa (Michelle Dockery). Después de la misteriosa muerte del narcotraficante, Fletcher (Hugh Grant), el investigador privado de un diario sensacionalista, intenta extorsionar a Raymond (Charlie Hunnam), mano derecha de Pearson, con  varios millones de libras a cambio de no publicar información de su jefe.  

El prestigio de Guy Ritchie se debe al culto a sus dos primeras películas (ambas, con un histérico estilo gangsteril muy imitado). Desde entonces, su filmografía ha tenido un irregular recorrido, que va desde la basura indiscutible (Swept Away, 2002) hasta el cine comercial por encargo (Aladdín, 2019). En 2008 tuvo un intento fallido por regresar a sus raíces estilísticas (la atascada RocknRolla), pero es hasta 2020 el verdadero retorno (con honores) al thriller-cómico-criminal de sus primeros años en la industria.

En Los Caballeros se fusiona la entrecruzada narrativa de Snatch (2001) con la sofisticada y colorida atmósfera de El agente de C.I.P.O.L. (2015). El diseño de producción vintage sirve de bonito envoltorio a una comedia que se burla de la vieja tradición monárquica en Inglaterra. Similar a Entre Navajas y Secretos (Rian Johnson, 2019), los personajes  forman parte de una sociedad burguesa imitando el estatus de la antigua nobleza. En ese sentido, los criminales del filme se comportan como reyes y lords shakesperianos hablando slang de barrio bajo: traman conspiraciones y crean alianzas para proteger el trono de cannabis.  

Si la comparamos con las dantescas tramas en películas y series sobre cárteles y mafias (plagadas de traiciones y masacres), Los Caballeros se siente desfasada y utópicamente cordial. El primer cine de Ritchie se desarrollaba bajo la pregunta: ¿se puede ser criminal y buena persona al mismo tiempo? El bien y el mal eran conceptos muy presentes en sus guiones. En Lock, Stock and Two Smoking Barrels (1998), después de la matazón final, Eddie (Nick Moran) termina su balance de daños diciendo: “no hemos hecho nada malo, estamos limpios”. De igual forma, Pearson (McConaughey) advierte: “mi producto no mata a nadie”, marcando una distancia entre los inescrupulosos cocineros de drogas sintéticas y su “legítimo” negocio de granjas (en víspera de la legalización).

La conexión entre Los Caballeros y el Ritchie experimental de los 2000 es ese tipo de juegos sobre la ética en los bajos mundos y la necesidad de reglas mínimas para evitar la deshumanización. El amor de los Pearsons, la lealtad de Raymond y la rectitud de El Entrenador (Colin Farrell) son ecos de la responsabilidad paternal de Big Chris (Vinnie Jones), la venganza de Mickey (Brad Pitt) o la amistad entre El Turco y Tommy (Jason Statham y Stephen Graham); personajes salidos de un thriller moralista con James Cagney y trasladados a la actualidad. Lo anterior convierte a las películas en edificantes moralejas del tipo: “si te portas bien, nada puede salir mal”, he ahí el sentido del remate sobre los reyes y las dudas generando destrucción.

Ritchie pudo integrar más acción a su nueva creación, pero decide llevársela tranquila con el ritmo, recordándonos que hace años él fue la promesa del Thomas Pynchon del cine. Apenas inicia la película, se nos hostiga con un torrente de vínculos y subtramas (sin importarle que el espectador las entienda o no). Durante la primera hora no sucede nada, sólo escuchamos a Fletcher explicando el contexto. ¿Tiene relevancia esa larga narración? No mucha, es pura paja, pero el recurso narrativo tiene tan buen ritmo (lleno de giros y humor) que lo superficial del diálogo pierde importancia.

A partir del suceso de “Aslan” la acción comienza a tomar forma, aunque en una intensidad muy plana (y muy británica), en la línea de Blitz (Elliott Lester, 2011) y otras producciones locales del mismo tono. Los Caballeros tiene la apariencia de película menor (con fotografía y elenco sobresalientes), pero (al terminar la proyección) el conjunto de elementos deja un sabor a obra memorable (de esas que puedes ver muchas veces y jamás cansan).

Lo aplaudible de esta película es su falta de complacencia; el director intenta volver a experimentar con las fórmulas del género y el resultado es (poniéndonos exquisitos) bastante aceptable. Se aproxima la adaptación anglosajona de Le Convoyeur (Nicolas Boukhrief, 2004), aunque tendrá que pasar bastante tiempo para ver a Guy Ritchie en tan buena forma.