Land, tierra de nadie: la marginación de indígenas en USA 

Recuerdo que durante mi infancia, por causas de fuerza mayor, estuve bajo la tutoría de mis abuelos en un pueblo escondido del territorio chiapaneco. De aquellos años, me sorprendo de la pasividad con la que sus habitantes pasaban las horas; las actividades diarias se reducían a trabajar y gastar los pocos pesos en beber cerveza, no necesariamente en el mismo orden. La vida no era más que eso: una especie de limbo suspendida en el espacio-tiempo tan apartado del mundo y de las oportunidades. 

Menciono esta anécdota insignificante porque aquel lugar era una muestra de un sistema fallido con la clase más baja. Al mirar el cine del iraní Babak Jalali recordé al México dividido que discrimina por clases sociales y razas; el país que margina y desprotege a quienes menos tienen. Los personajes del autor, a pesar de situarse en Turquía o Estados Unidos,  también se encuentran en este margen tan desolador y melancólico. 

Aunque es breve la filmografía del cineasta –tres largometrajes y contando– desde su ópera prima Frontier blues (2009) ha retratado con una mirada discreta mundos estáticos, rodeados de carencias en algunos casos, en los que habitan personajes solitarios y frustrados con la monotonía de sus vidas, ubicados en lugares fronterizos desde los cuales sólo observan a un país dividido.

Es en Land: Tierra de nadie (2018), último trabajo de Jalali, que eleva su sensibilidad como autor a través esta historia sobre las fronteras no sólo literales sino también ideológicas que sufren nativos americanos en una nación como Estados Unidos, popular durante tantos años por el famoso “sueño americano”. 

La historia comienza con la familia Denetclaw, nativos americanos de la reserva india de Prairie Wolf viviendo en la quietud que define su día día; Raymond, el mayor de tres hermanos, trabaja como obrero en un criadero bobino a lado de su hijo; se encargan de mantener a toda la familia y subsidiar el alcoholismo crónico de uno de sus integrantes. Luego de recibir la trágica noticia por parte del ejército estadounidense de que el hermano más chico ha muerto durante su servicio en Afganistán, la familia sufrirá la realidad de habitar en un sitio abandonado por su gobierno y ser maltratados por las personas que están fuera de la reserva. 

A diferencia de sus títulos anteriores, el director utiliza de manera más consciente, sin perder su estilo característico, los elementos cinematográficos que tiene a la mano; la fotografía de la francesa Agnès Godard (Los insólitos peces gato, 2013) orgánica y pausada, crea la atmósfera de pesadumbre de los protagonista, sentimiento reforzado con el sonido breve pero efectivo del compositor Josef Van Wisem, colaborador ocasional de Jim Jarmusch. 

Uno de los temas con más peso narrativo es el conflicto entre la familia Denetclaw y Sally, mujer con una visión empresarial muy maquiavélica quien aprovecha la prohibición de bebidas alcohólicas dentro de la reserva india para construir un fructífero negocio justo en la frontera. 

La obvia crítica hacia los valores estadounidenses no sólo refiere al desinterés en proteger a las minorías, también a la forma de aprovecharse de ellas a través de un sistema capitalista mordaz, el cual no los ve como personas sino como modelo de negocio. A lo largo de la cinta se da a entender que este trato “amigable” con los nativos americanos se sustenta sólo por el interés monetario que puedan conseguir; una vez terminado el trato pueden volver a ser tan racistas como siempre. 

Land: Tierra de nadie refleja una realidad que hace eco en muchos aspectos a nivel global, encontrando similitudes con las crisis migratorias o el racismo de las culturas indígenas en nuestro país. Resulta curioso que el tema central se desarrolle en la tierra prometida, en donde luego de casi un siglo de las películas western, el prejuicio americano en muchos sitios sigue viendo a los nativos como algo extranjero, razas diferentes que deben ser apartadas de su mundo y de la posibilidad de superarse.