La cabaña siniestra: vueltas de tuerca a la austriaca

Irving Javier Martínez (@IrvingJavierMtz)

Después del suicidio de su madre, Aidan (Jaeden Martell) y Mia son forzados por el padre a convivir con Grace (Riley Keough, la Béatrice Dalle del cine indie), su futura esposa e hija del líder de una secta fundamentalista. En Navidad, la familia pasa las vacaciones en una aislada cabaña en el bosque. Por trabajo, el padre debe ausentarse por varios días, dejando a Grace a cargo de los chicos. En medio de una tormenta, el encierro con los niños llevará a la mujer a revivir su oscuro pasado.

Buenas noches, mamá (2014) dividió a la crítica: algunos la consideraron trascendente y otros una rareza austriaca más. La segunda película de Severin Fiala y Veronika Franz llega a carteleras con poco entusiasmo de la audiencia, en parte, debido a las comparaciones estéticas con Hereditary (Ari Aster, 2018). No obstante, La cabaña siniestra (2019) es una evolución narrativa (a mejor) del estilo de los directores.

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Igual que Midsommar (sí, otra vez Ari Aster), el terror psicológico transcurre bajo la sombra de una tragedia familiar. La película arranca alto, con el suicido en primer plano de la matriarca. Después de la shockeante introducción, el desarrollo puede sentirse flojo, pero posterior a la primera vuelta de tuerca, la trama se torna en una Martha Marcy May Marlene (Sean Durkin, 2011) retorcida, paranoica y alocada.

Algunos espectadores podrán sentir que esta película ya la han visto y no aporta nada nuevo al género. Tienen razón, pero el interés de los realizadores por las “identidades incógnitas” es un toque autoral con tanto potencial artístico como lo fue, en su momento, la claustrofobia de Polanski. La matriarca de Buenas noches, mamá y Grace comparten el mismo desarrollo: las vemos en espacios íntimos, pero jamás estamos 100% seguros de ver su verdadera personalidad (un suspenso muy a la Vértigo de Hitchcock).

Los niños malévolos son otro elemento en el universo del dúo Fiala-Franz. En la misma línea de los gemelos de Buenas noches, mamá, los hermanos de La cabaña siniestra (a consciencia) despiertan el monstruo autodestructivo que vive dentro de Grace, para vengar la muerte y suplantación de su madre. Los divorcios traumáticos son una forma de revivir arcaicos arquetipos como Electra y Orestes. Estas características dan la atmósfera tribal y primitiva a las obras de los austriacos; conflictos solucionados de la forma más bruta y violenta posible.

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La doble vuelta de tuerca entra como mantequilla en la trama, dando profundidad al remate de redención para Grace (la tapada víctima en La cabaña siniestra). Es compleja la elección de los realizadores para concluir tal acto de justicia (CASI SPOILER: en la escena final con todos a la mesa), ya que cada personaje, niños incluidos, recibe la merecida justicia por sus “pecados”. Cierre contundente y perturbador a un juego infantil que creció hasta convertirse en una pesadilla desproporcionada.

La fotografía de Thimios Bakatakis da la textura crepuscular del cine de Lanthimos; un estilo compatible con el choque teológico en la mente de Grace, quien vive en una constante lucha contra su naturaleza impulsiva –representada por el fantasma de su padre sectario (interpretado por Danny Keough) –. El descenso a la locura tiene un misticismo iconoclasta, que representa a la fallía batalla de la protagonista para eliminar el adoctrinamiento de sus pensamientos.

Como en Paraíso: fe (Ulrich Seidl, 2012), los símbolos religiosos (crucifijos, vírgenes, altares) tienen características fetichistas, una clase de consoladores espirituales para sofocar el sufrimiento y expiar pecados del pasado. El conjunto de detalles enriquece la visión del purgatorio católico de los cineastas; propuesta que termina convirtiéndose en crítica involuntaria al fanatismo religioso.

No obstante, a pesar de los logros de la película, hay elementos desbordados e innecesarios en el relato, como la casa en miniatura o la larga extensión de algunas secuencias nocturnas –muy similares a las composiciones cinematográficas de Viene de noche (Trey Edward Shults, 2017) –. En un intento por dar aire siniestro y sobrenatural a la historia, estos “decorados” argumentales son distractores durante la primera mitad y entorpecen la tensa animadversión entre la madrastra y los huérfanos.

Aunque intenten clasificarlo en cine de terror, lo perturbador del largometraje no proviene del shock elemental sino de la exploración sin límites de una psique trastornada (interés heredado por la escuela austriaca que llevan en la sangre). En un año liderado por The Lighthouse (Robert Eggers, 2019) y Midsommar, La cabaña siniestra es otro ejemplo del interés de los cineastas por encontrar nuevas formas narrativas en el género. Una espectacular demostración de que Fiala y Franz pueden jugar en las grandes ligas sin perder su toque. ¡De lo mejor del año que ya casi termina!