El grito: cine en tiempos de represión

Los estudiantes encaraban lecciones fuera de las aulas. Salir a marchar, con previa autorización, exigía consciencia de una posible represalia. Pero el miedo no detenía; el efecto de la burda represión unía a más voces,  y entonces el famoso pliego petitorio de seis puntos se escuchaba cada vez más fuerte; un pliego que jamás llegó a manos de quien tenía que llegar, pero cuya respuesta mató a quienes no tenían que morir. El ambiente febril rondaba la ciudad desde norte a sur.

Esto se filmaba. Las cámaras de 16 mm estaban ahí. Un joven llamado Leobardo López Aretche, quien representaba al CUEC en el Consejo General de Huelga, sería el encargado de conjuntar tales imágenes en un documental que marcó a una época en cuanto a la realización independiente a manos de estudiantes,  a la discusión política, y al montaje que desafiaba las convenciones temáticas de la época; El grito condensa las voces de la efervescencia social que halló sus motivos en un sistema totalmente alejado del modelo democrático, el cual se limitaba a anteponer la bandera del orden y la tranquilidad.

Pero el valor de esta pieza cinematográfica no sólo se debe a ello. Ante tal contexto y ante una legislación que regulaba los delitos de disolución social, entendidos como la difusión de ideas que perturbaban el orden público o afectaban la soberanía nacional, su realización también fue una batalla que se tuvo que librar.

“Hacer copias significaba pasar por alguno de los laboratorios, y los laboratorios estaban muy controlados en ese tiempo por la secretaria de gobernación, concretamente los grandes laboratorios industriales. En ese tiempo los Estudios Churubusco y Estudios América tenían una oficina de gobernación ahí instalada dentro de los estudios”, comenta en entrevista Hugo Villa, Director de la Filmoteca la UNAM.

Por tal, la exhibición y la manufactura de El grito, editado en las instalaciones del CUEC por Ramón Aupart Joskowicz, estuvo siempre al margen.

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El grito se exhibe en circuitos universitarios porque sobrevive a la censura de ese modo; la única forma de que no destruyeran las copias era que no pasaran nunca por la picadora de carne que era la estructura oficial de los cines, de las salas cinematográficas”

Sobre la importancia de que las nuevas generaciones de estudiantes se acerquen a este tipo de obras, Hugo comenta: “Es importante para entender en el contexto en el que fueron realizadas y a partir de ahí contextualizarlas hacia sus propias realidades actuales y ver cómo es que se hermanan con esas juventudes, cómo sus demandas ya son distintas, el camino que deciden para lograrlas es otro”.

Esta nueva versión de El grito fue restaurada tanto en imagen como en sonido. “Mucho de lo que se recupera del sonido es una separación entre las fuentes originales y se pueden apreciar con mucha más claridad las consignas, los discursos, las canciones, las voces de quienes protagonizan el movimiento; creo que eso fue lo que más me sorprendió, encontrar además un movimiento alegre y jovial”.

El grito es una película que resulta obligada para repensar los motivos que llevaron a las calles a los universitarios, en un contexto en el que la violencia sigue siendo un tema aunado a los estudiantes.

“Una de las preguntas que le hice al jefe de la policía fue ¿la constitución mexicana permite sí o no hacer manifestaciones? Y me dijo que sí, pero existen unos reglamentos, comprende usted, para tener la debida autorización. Entonces le dije, muy bien ¿y esta autorización se concede generalmente? Y él me contesto, sí se concede siempre, pero cada permiso viene acompañado de la anulación del permiso, ¿comprende? Esto es México…” Oriana Fallaci 

Leticia Arredondo

Cofundadora y editora de ZOOM F7. Escribo sobre cine y fotografía.