Huachicolero: ladrón que roba a ladrón tiene… ¿una lección?

A pesar de que es un negocio que ha sido llevado por generaciones, el término “huachicol” entró al ojo público en el año 2019 cuando se reportó una escasez en el abasto de gasolina en México. Cuando se le preguntó al presidente por qué estaba sucediendo esto, respondió que se debía al combate contra esta práctica, que era una respuesta de los huachicoleros porque les quitaron su negocio. “Huachicol” se refiere al robo de gasolina desde los ductos que la transportan. Es un delito federal que mantuvo familias y ahora, supuestamente, se terminó en cuestión de meses.

En una coyuntura afortunada para los involucrados, el escándalo —que fue más breve de lo que se recuerda—, dio visibilidad a Huachicolero (Edgar Nito, 2019), largometraje que abordaría dicho “empleo” desde la ficción. Esta película elabora la transformación de Lalo (debutante Eduardo Banda), chico timorato y menso de secundaria, en un aprendiz de huachicolero para obtener lana y ganarse la atención de Ana (Regina Reynoso), su crush.

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Ubicada en un pueblo de Guanajuato, donde se vislumbra la escasez provocada por la pobreza y el narcotráfico, notamos desde el principio el contraste entre el ambiente y la personalidad del protagonista: un entorno hostil que encierra a un niño muy noble, quizá demasiado para su propio bien. En este matiz se concentra el hilo principal de la trama y uno de los mayores clichés en las producciones nacionales que tocan problemáticas sociales: el recto que, por equis o ye, obra mal y termina con una enseñanza divina.

A pesar de que actualmente pueda lucir burda una historia de un hombre entrando a la delinquir por las miradas de una mujer, en este caso de un chavito puberto enamorado de la niña popular de la escuela, es una motivación verosímil cuando la edad no te deja ver más allá de tus hormonas y más en tu contexto donde es posible acceder al dinero fácil pero peligroso (o ilegal). La inocencia ciega al chico que entró a una cadena alimenticia; sin saberlo o ignorándolo, es el último eslabón.

Este naturalismo queda efectivamente sostenido por Eduardo Banda, quien luce cómodo en lo que parece una interpretación de él mismo. Las virtudes de un primerizo como la franqueza en los gestos y la entonación de sus líneas en determinadas situaciones, lucen, así como se distinguen los defectos como son la falta de expresión emocional en momentos culminantes. Se delata terriblemente en las dos escenas climáticas, donde más se requería de, como tal, actuación.

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El trabajo de fotografía de Juan Pablo Ramírez tiene planos de notable sofisticación e incluso atrevimiento en el seguimiento de los personajes. Destaco su labor de iluminación en uno de los picos donde, irónicamente, interviene en menor medida para dar una de sus peores jugadas. En la secuencia de pelea entre Lalo y Rulo (Pedro Joaquín), el otro pretendiente de Ana y quien lo mete al negocio, la iluminación aprovecha la llamarada que se crea para rellenar a las figuras, lo que es una exhibición de astucia en producción; no obstante, también se entorpecen las acciones tanto por la sacudida de la cámara como por el terrible montaje. Vaya, hasta les toman los pies para dar una sensación ¿vertiginosa? Lo que pudo ser un excelente momento igualmente por los efectos especiales, se arruina por completo debido a su estructura.

Otros desperfectos quedan expuestos en la secuencia final. No adelantaré cómo, pero Lalo tiene una lección importante por su actuar. Desde el solo hecho de que se le deba dar “una enseñanza” a un personaje que se comporte “mal” como si se tratara de un destino ineludible, es un recurso muy básico. Insisto, este es uno de los vicios más añejos del cine nacional, producto entre otras cosas de la moral religiosa. En la mayoría de los casos se trata de una curva dramática que puede gustar o no —subjetividades—, pero tiene sentido. Ahora, en la adjetivación cinematográfica que coloca música estridente al instante de que se detona el escarmiento para el estelarista y en la elección de los planos, se confirma que este filme, a pesar de tener cimientos argumentales simples pero congruentes, se agrieta profundamente en la ejecución.

No podría decir que Huachicolero es una obra totalmente fallida, pues posee aspectos interesantes para ser una ópera prima. Sin embargo, es innegable que la realización no alcanza a topar la pertinencia alrededor de su relato. Eso sí, el aro de fuego (espero que cachen la referencia) les salió fabuloso.