‘Museo’ y el impasse de la juventud


¿Lo hará o no? Es la ansiedad latente en la víspera de navidad. La respuesta es sí. Juan (Gael García) llegará con un bolso, pero no con el atuendo ni al lugar donde su familia lo espera. Él prepara una mochila para lo contrario; y el de Santa es un vestuario que no está a su medida. Con él va Wilson (Leonardo Ortizgris), su fiel acompañante. Ambos son jóvenes estudiantes de veterinaria, personajes que se desarrollan a través de la pregunta ¿qué es más fuerte, el atrevimiento recóndito del ser o el actuar que ha delineado lo permitido? Cuestionamiento medular en las tramas de Alonso Ruizpalacios.

Igualmente joven es el director; joven por su afán de explorar el impasse de esta etapa de la vida, enfocándose en una de sus principales disyuntivas: el deber ser y la libertad. En sus primeros pasos (los cortometrajes Café paraíso y El canto del pájaro cucú), el autor utiliza la experiencia onírica y los recuerdos para trasladar a sus personajes a los escenarios donde la moral y las expectativas decaen. Son seres que sólo en la memoria, en los sueños y en la imaginación responden a sus pasiones o a aquello que los atormenta.

En Verde ya se observa otro uso de los recursos, tanto de realización como narrativos, para mostrar tal sentir. Y de la aspiración y el anhelo se conduce a la acción, lo cual acentúa el drama; los puntos climáticos ofrecen una respuesta a esas interrogantes que previamente se esbozaron; vemos las (posibles) consecuencias de la decisión. En Güeros, Alonso refuerza el dilema a partir del tema sociopolítico y económico, empleando a personajes que buscan el hogar faltante en un ambiente de discrepancias. Esto delinea y acrecenta la confusión del impasse: el contexto también está lleno de frustración, decae cada día, pende de un hilo, es borroso como el estado emocional de los personajes; todo puede ser razón de desconfianza. 

Dicho elemento cobra igualmente importancia en Museo, donde la incompetencia de la autoridad se toca directamente en pocos momentos, pero con la suficiente fuerza: una noticia en la radio informando que se describieron incorrectamente las piezas robadas, el guardia del Museo cumpliendo solamente con pasar por una sala, los militares que confunden las piezas invaluables con artesanías comunes, y cómo un par de desubicados (que no invierten en técnicas de escape) viajan desapercibidos en esta especie de road movie homenaje a Y tu mamá también. Desde la crítica, Alonso exhibe un entorno faltante de cohesión en los tópicos evidentes por los que transita la película, particulares como la poca consideración al patrimonio cultural y la mínima preocupación ante el reciente sismo del 85, y otros de orden global como el capitalismo y su modelo dicotómico.

Otra de las características en las convenciones temáticas del director mexicano es la amistad; determinante en la etapa que nos ocupa. La amistad sublimada no a partir de la alegría y la felicidad, sino del conocer al otro, de aceptar las disonancias con nuestra forma de ser. Porque finalmente la amistad es amor en otra forma; el idilio es sólo el comienzo. En Güeros y en Museo este punto no sólo es punzante, sino uno de los pilares del conflicto. 

Con Museo, en la que Alonso recurre al suspenso y mantiene su sello en el guion al dinamitar nuevamente la dimensión social y psicológica, se completa un momento que marcó la historia de México; ahí, en una ficción envuelta en música fértil para un abanico de emociones, exploramos el lacerante estado de quienes consumaron un crimen que inconscientemente se esperaba: para que el Museo recibiera cientos de visitas, las vitrinas tuvieron que estar vacías. Rescatando ingredientes excepcionales de la cultura mexicana, tal como la literatura de Castaneda y las ficheras, nos ofrece eso que por más investigaciones que se realicen sobre el robo del siglo no conoceremos, y nos deja la pregunta ¿fue Alonso quien se amoldó a la historia o la historia se amoldó a las inquietudes de Alonso?

Leticia Arredondo

Cofundadora y editora de ZOOM F7. Escribo sobre cine y fotografía.

Beasts of No Nation: la guerra vista desde la infancia

 

Años de lucha fratricida empujan cada vez más a una marea de refugiados rebeldes y a sus persecutores militares en toda la región hasta llegar al pueblo donde vive Agu (Abraham Attah) y su familia. El furioso ambiente que pronto atraviesa el protagonista y sus consanguíneos transforma su vida por completo.

Con un dominio en demostrar las carencias y la vulnerabilidad de los núcleos más marginados en una sociedad, Cary Fukunaga regresó de la exitosa serie de HBO True Detective al cine con Beasts of No Nation.

Después de cintas con el mismo tipo de temática como Sin Nombre (2009) coproducida con Diego Luna y Gael García en Guatemala y México, Fukunaga muestra la crueldad de la inhumanidad en una guerra civil  a partir de la adaptación  de la novela de Uzodinma Iweala, Beasts of No Nation, retomando el fenómeno desde la perspectiva de los más débiles y su supervivencia.

Lo primero que percibes del filme es cómo se dibujan los paisajes del oeste africano. La paleta de color del director y también fotógrafo Cary Fukunaga se asegura de mentalizar al público en la realidad de esta no tan ficticia historia en una especie de documental. Al mismo  tiempo, la familia de Agu ve cómo su mundo es hundido de un zarpazo y él se une a una banda de mercenarios. Inicialmente, Agu no tiene opciones y utiliza a sus indeseables compañeros como ruta de escape para poder encontrar a su madre, pero el duro Comandante (Idris Elba) lo cambia para siempre.

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Agu teme a su líder y a muchos de los hombres que le rodean, su floreciente infancia ha sido arrebatada brutalmente por la furiosa guerra que atraviesa la nación como a una ola de destrucción. A su primer desgarro entre la revulsión del conflicto y la fascinación, Agu representa la mecánica de la guerra, sin timidez por lo explicito, visceral o por el detallado dibujo en una compleja y difícil imagen como un niño soldado.

Abraham Attah trasciende categóricamente y su presencia permanece tan demandante que emana durante toda la película, marcando inclusive el equilibrio de Idris Elba. La transformación del personaje es solo uno de las excepcionales hazañas de la narrativa en Beasts of No Nation. No hay mucho dialogo en la cinta, pero cuando lo hay es brillante.

Idris Elba da un intenso performance como el comandante oficial y eventual figura paterna; su personaje viene como un monstruo, pero va demostrándose vulnerable conforme la historia avanza.  Fukunaga muestra las situaciones más precarias completamente ajenas para la mayor parte de la audiencia, para después volverlas tan familiares en una narrativa convincente y honesta.

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Cuando la violencia rompe y entra, es brutal y mortal. El joven actor Attah es feroz en simpatía e inocencia todavía, y así aterriza las secuencias de batalla. La riesgosa creatividad de Fukunaga toma estas escenas de proxenetismo, pero teniendo sentido cinematográfico y formándose como poesía de acción. Hay cierto lirismo para la guerra en los pueblos y junglas del continente, siendo hermoso e inolvidable.

Al final, el innombrable comandante y su ideología se vuelve tan claras como el devenir de la cinta, y ambos alcanzan un clímax perturbador.  El director estadounidense lo contrasta con la inicial inocencia y los dos (Attah e Idris) guardándose respeto el uno al otro. El resultado es un rítmico trabajo de arte con una de las mejores caracterizaciones jóvenes del momento. Un emocionante relato de la guerra moderna vista a través de los ojos de un niño. La cinta simplemente catalogada como una de las mejores en el 2015, y con un nombre para considerar en el devenir de los años tanto en el cine como en la televisión, Cary Fukunaga.

Luis Zenil Castro 

Productor audiovisual y dibujante.

 

 

 

 

Recámaras desiertas

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Por: Citlalli Vargas Contreras

En 1982, José Agustín publicó Ciudades Desiertas, novela perteneciente a la llamada Literatura de la onda, movimiento que surgió en los 60 como una ruptura de ciertos paradigmas literarios tradicionales. La novela cuenta la historia de un joven matrimonio: Eligio y Susana, y el “escape” de esta última de los convencionalismos y los arquetipos comunes de una mujer casada mexicana. Al enterarse de la fuga de su mujer, Eligio la busca con desesperación para llevarla de regreso a la Ciudad de México. Al mismo tiempo, entre líneas José Agustín devela una crítica hacia la sociedad estadounidense y a su manera de verse a sí mismos como el ideal de perfección para un país.

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34 años después, el director Roberto Sneider (Arráncame la vida) dirige Me estás matando Susana, basada en la historia creada por José Agustín, en la que vemos a Gael García en el papel de Eligio y a Verónica Echegui como Susana. La película traslada a aquellos personajes y su contexto hasta nuestros días, donde, a pesar del paso de los años, la figura del “machito” mexicano y las ideas de la esposa sumisa no han cambiado mucho.

Se trata de un guion de calidad porque logró adaptar la novela de una manera desenfadada, conservando la esencia de la tragicomedia. Además, aunque la cinta se centra más en la relación de los personajes que en la crítica de Agustín hacia los gringos, no pierden la oportunidad para atisbar el pensamiento del autor, a través de la voz de Eligio, con respecto a dicha sociedad.

Cabe destacar también la manera en la que Sneider introduce a través de los diálogos y las interacciones entre los personajes e, incluso en secuencias de escenas, elementos importantes de la novela que el narrador menciona, como los sentimientos de Irene, una chica gringa, con respecto a Eligio, o el proceso que este último vive cuando Susana vuelve a dejar la recámara desierta una vez más.

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En tanto, la actuación de Gael se adecua perfectamente a la personalidad de Eligio, siendo éste un cínico personaje, sinvergüenza y cómico por naturaleza, carismático incluso, pero también un hombre celoso, esposo hecho a la vieja escuela donde él es el que manda (o supone que manda) en el matrimonio. En cuanto a Verónica Echegui, es truculenta la elección de una chica española para encarnar a Susana, quien es mexicana. Su interpretación es buena, sin embargo, gran parte de la esencia del personaje en la novela radica en su nacionalidad, como su fuerza, su manera de reaccionar ante los insultos y las mentadas de madre de Eligio, entre otras cosas.

Si bien la cinta apela más a la comedia que la novela, al final, tanto José Agustín como Roberto Sneider presentan a sus respectivas audiencias un relato de la búsqueda de la libertad, del encuentro consigo mismo, de un lado del amor que más de uno conoce pero del que muy pocos se atreven a hablar y, sobre todo, es un reconocimiento de la mujer, de su independencia, sus misterios, sus miedos y deseos, sus pasiones violentas, su sensualidad, su inteligencia, su locura y su magia.