Una mirada a los cinefotógrafos mexicanos

La fotografía llega a México desde mediados del siglo XIX y se va consolidando mediante el dominio de elementos técnicos, con el cual se pretende sacar el mayor provecho de las imágenes y expresar ideas. Después, con la introducción de la cinematografía, tales conocimientos fotográficos sirvieron para afirmar la labor de un realizador especial en colaboración con el Director. No obstante, los primeros mexicanos se afianzaron realmente como camarógrafos y fotógrafos en el cine mudo, desarrollándose en las fotos fijas (stills).

Hasta los años 30, aunque primero extranjeros inspiraron la labor, fotógrafos mexicanos empezaron a sonar, dejando un ejemplo de su trayectoria hasta llegar a la época de oro del cine mexicano. Esta nueva óptica determinó que la profesión resolvía el desarrollo de las imágenes, de la visión del director  y de las películas como tal.

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El compadre Mendoza

Entre ellos Victor Herrera, encargado tanto de la foto fija como de cine foto, empleándose hábilmente con el manejo de media luz en cintas como En un Burro tres Baturros (1939) y El Baisano Jalil (1942). De igual forma, Agustín Jiménez reunió en un principio las facetas de cinefotógrafo y stillman; hizo foto fija con Sergei Eisenstein en ¡Que viva México! (1932) y después se fue especializando en retratar ambientes opacos y sombríos.

También tuvo a su cargo las fotos fijas de El compadre Mendoza (1933), Dos monjes (1934), El escándalo (1943) y El fantasma del convento (1934), y cinefoto en Abismo de Pasión (1953), La sombra del caudillo (1960)  hasta llegar con Carlos Taboada en Hasta el viento tiene miedo (1968).  Otro grande, Alex Philips (de ascendencia canadiense) que participó en más de 50 largometrajes y cuenta con más de 40 años de carrera en los que destaca su arduo trabajo en cintas desde ¡Ay Jalisco no te rajes! (1941) hasta el Castillo de la Pureza (1973). A esto se suman varias colaboraciones en los Estados Unidos.

De igual forma, los hermanos Agustín y Raúl Martínez Solares comenzaron tomando stills, pero pronto ascendieron a la categoría de cinefotógrafos. Los fotógrafos mexicanos en esta etapa muchas veces no contaban con el crédito, que sólo se depositaba en director, escritor y actores, debido a que no era usual mencionar el oficio. Esto cambió notablemente cuando Gabriel Figueroa y otros exponentes comenzaron a crecer como figuras individuales de la profesión, y muchos cinefotógrafos y fotógrafos, empezaron  a diferenciar su trabajo popularizando la labor.

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Enamorada

Gabriel Figueroa, quien primeramente trabajó con los cineastas Emilio “el indio” Fernández, Roberto Gavaldón y posteriormente con Luis Buñuel en la década de los 50, generando clásicos de culto como Los Olvidados (1953), Maclovia (1948) y Macario (1960), por mencionar algunos, posicionándose como el mexicano más reconocido a nivel mundial. Su fotografía destaca por la singular visión para retratar con genialidad el ambiente en blanco y negro,  el diestro manejo de luz y sombras, ya fuera en primeros planos o en planos generales. Con esto, sus imágenes se distinguieron por un estilo delicado y único en el mundo, con lo que ganó la admiración de colegas y directores extranjeros. Figueroa inundó sus vitrinas de premios en las décadas posteriores: 16 premios Ariel  en  mejor fotografía,  lo que lo llevó en parte, a colaborar en Hollywood con el mismo John Ford en El Fugitivo (1947).

Terminada esta etapa del cine mexicano, ya en 1976, Luis Echeverría Álvarez impulsó ciertas leyes para estimular la industria cinematográfica, lo que ayudó para que directores como Arturo Ripstein, Felipe Cazals y Jorge Fons continuaran haciendo películas, y por otra parte funcionó para el cine de ficheras. Así, Alex Philips, Gabriel Figueroa y José Ortiz Ramos, siguieron trabajando con directores de esta etapa distinguiéndose por su calidad y más que todo su continuidad.  En la transición del blanco y negro al color, otros directores de fotografía como Ángel Abad laboraron en México y después emigraron al extranjero, aunque ninguno con tanta trascendencia.

Rodrigo Prieto egresado del Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC) en 1985, colaboró inicialmente con Daniel Gruener como director de fotografía en Sobrenatural (1996), cinta por la que ganó un premio a mejor cinematografía en el Festival de Cine de Colombia. Después se desempeñó en algunos cortometrajes y largometrajes, hasta que en el 2000 realizó la fotografía de Amores Perros, de Alejandro G. Iñarritu.

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Babel

Prieto se distingue como cinefotógrafo en el ámbito internacional y ha trabajado con reconocidos directores como Martín Scorsese, Spike Lee y Ang Lee. Su estilo visual se basa en retratar con telefotos e ISO alto para darle ruido y textura a la película; también suele manejar fuertes contrastes y  colores desaturados.  Prieto se consideró por largo tiempo el principal colaborador en fotografía de Alejandro G. Iñarritu, y uno de los principales exponentes de la cinematografía mexicana, hasta que llegó el chivo y su gran angular.

No hace falta mencionar que hoy Emmanuel “el Chivo” Lubezki, es el cinefotógrafo mexicano más exitoso de la historia. Tres Premio Óscar de forma consecutiva con The Revenant (2015), Birdman (2014) y Gravity (2013) hablan por sí mismos. Nunca antes  fotógrafo alguno, incluso fuera de México, había logrado tal dominio.

“No creo que el trabajo del fotógrafo sea nadamás dominar la técnica:

decidir qué diafragma usar o dónde van a estar las luces;

el papel del fotógrafo debe ser colaborar con el director para contar una historia.” Emmanuel Lubezki.

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El renacido

Estudió en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC), pero decidió dejarlo para comenzar  a desarrollarse por su propia cuenta. Lubezki llevó la claridad y la limpieza visual al cine digital, con serias influencias de Tarkovksy. Un maestro de la luz tanto producida como natural; revolucionó las imágenes, y aunque ya no trabaja en el cine mexicano, introdujo una nueva forma de ver la gran pantalla con sus lentes de gran perspectiva.

Luis Zenil Castro 

Productor audiovisual y dibujante.

Bajo el cielo de Gabriel Figueroa

La iluminación destaca las facciones de los actores. Escenógrafos, directores y camarógrafos están preparados. El sonido de la claqueta marca el inicio del rodaje y la cámara de Gabriel Figueroa se encuentra lista para encuadrar aquellas escenas memorables del cine mexicano, las cuales se conjuntan en el libro Bajo el cielo de México. Gabriel Figueroa, arte y cine. 

Gabriel Figueroa, originario de la Ciudad de México, se inclinó por la fotografía a los 20 años. Su primera mancuerna con la imagen fue a través del retrato publicitario. Años después incursionó en el mundo del cine como stillman y luego como cinefotógrafo en filmes de Emilio El Indio Fernández, con quien trabajó en 24 de sus 41 producciones.

A través de las páginas de este ejemplar —editado por diversas instituciones públicas y privadas, como el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) y el Museo de Arte del Condado de los Ángeles (lacma, por sus siglas en inglés)—, se presenta una muestra de la trayectoria de Figueroa en diversas etapas: desde los anuncios publicitarios en revistas de los años treinta, como Filmografía, Diversiones y México al Día, hasta su labor en cintas como Maclovia de Emilio Fernández (1948), Los olvidados de Luis Buñuel (1950) y Rosa Blanca de Roberto Gavaldón (1972), entre otras.

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Los claroscuros que caracterizaron el estilo Figueroa trazaron el nombre de Gabriel en la historia del séptimo arte, mientras que en cada faceta de su carrera el fotógrafo mexicano realizó una búsqueda por atesorar su volatilidad, lo cual logró a partir de un discurso en el que coexistieron distintas influencias pictóricas, como el expresionismo alemán, las obras de Rembrandt, los murales de los pintores David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera y José Clemente Orozco.

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Por lo tanto, Figueroa no sólo fue un iluminador que comprendió y mostró el poder de la luz en la fotografía fija: su talento radicó en la creación de particularidades que concedieron fuerza y personalidad a actores y actrices de la talla de Yolanda Ochoa, Pedro Armendáriz, Dolores del Río y María Félix.

Igualmente, su mirada creó una complicidad con la naturaleza, con el cielo y el mar, el fuego y las sombras y un sinfín de escenarios que hoy se observan en las pruebas de luz y secuencias de imágenes, las cuales por sí solas se aprecian como obras de arte.

En esta publicación conviven tales stills y fotogramas de películas como Salón México de Emilio Fernández (1942), ¡Que viva Mexico!, filme inconcluso de Serguéi Eisenstein, y Él de Luis Buñuel (1952). Asimismo, se incluyen grabados de Leopoldo Méndez, en un diálogo íntimo con los encuadres de largometrajes como Río Escondido (1947) y Pueblerina (1949), ambos de El Indio.

El libro, además de ser una interacción entre el cine y la fotografía, hace un repaso de la cinematografía nacional detrás de la pantalla, lo que nos permite comprender la conformación e importancia de cada segundo en la existencia de aquellas escenas de las cintas que definieron la época de oro del cine mexicano.

Leticia Arredondo

Cofundadora y editora de ZOOM F7. Escribo sobre cine y fotografía.