Sin señas particulares: un debut extraordinario

Como he dicho en otras oportunidades, la migración es un componente medular en la composición de la nación mexicana. Desafortunadamente, también lo es, de un considerable tiempo para acá, la desaparición forzada. Ya es parte de la cotidianidad del flujo de información: “Pedimos tu apoyo para localizar a…”. Incluso ahora los diarios funcionan para esparcir la famosa Alerta Amber, con la esperanza de que alguien haya visto a la persona en cuestión…

Siendo este un componente funesto de nuestro entorno, se ha extendido lo que podría considerarse un subgénero en la producción fílmica nacional: el de las desapariciones forzadas, usualmente ubicado en el documental, pero ahora encontrando caminos para abordar el tema desde la ficción.

En este sentido, Sin señas particulares, opera prima de Fernanda Valadez (quien ya tenía cierta trayectoria como productora), resulta -hasta ahora- un caso particular que poco a poco dejará de serlo, pues su argumento es técnicamente ficticio; sin embargo, la realidad que se vive en México es tan aciaga que esto pareciera un metraje capturado al seguir a una madre, una de tantas, que busca a su hijo desaparecido.

Ese es el hilo conductor del relato, pero la película une otros hilos relacionados y les otorga el mismo peso narrativo y tiempo en pantalla, siendo una de las cualidades más notables de este debut.  Al viacrucis de Magdalena (estupenda Mercedes Hernández), se une la de Miguel (David Illescas), un inmigrante recién deportado de Estados Unidos que trata de regresar a casa de su mamá; así como la de otra señora que busca entre las bolsas de cadáveres encontrados a su hijo, quien lleva cuatro años sin tener contacto con ella.

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Al unir todas estas historias paralelas se ofrece un panorama sombrío de lo que es vivir con el yugo de la incertidumbre sobre una vida: hacer largas caminatas para dar con alguien que pueda ayudar, transitar incluso entre ciudades, preguntar a quien sea que parezca que pueda tener una respuesta, lidiar con la indiferencia de las autoridades que aparentan estar ahí para dar respuestas genéricas para conseguir una firma de “entregado”, y toparse con una serie de peligros inesperados. Sin señas particulares captura las expresiones de una esperanza desesperanzada; un estado de pleno agobio en el que rendirse es lo único que no puede permitirse: “Yo sólo quiero encontrar a mi hijo”.

Esta forma de la trama que la construye como un largo viaje (del que posiblemente no haya regreso) queda adjetivado de excelente manera desde el diseño fotográfico, el cual privilegia la cámara móvil para seguir el trayecto. En pocos, pero brillantes momentos, hay emplazamientos que continúan con la misma lógica de capturar a la madre, y sólo sabemos que está interactuando a través del audio, pero a los interlocutores no se les da rostro, recurso que tiene todo el sentido. Esas son palabras que cobran sentido si son capaces de ayudarla, todos los encuentros ya perdieron sentido. Nadie está en el cuadro porque son incapaces de comprender a cabalidad el dolor de la involucrada. Aparte, son figuras claroscuras, de esas que todos sabemos que existen y que juegan un papel, pero permanecen circunscritas a su entorno y propósitos.

Ahora, hay un mecanismo del guion que utiliza —sin afán de adelantar nada— un elemento de las dicotomías religiosas, específicamente el del mal, inclusive con una aparición hacia el final del filme, cometiendo asesinatos a sangre fría con una hoguera y sus esbirros de fondo. ¿Se rompe con la verosimilitud del argumento? No necesariamente. Es decir, si nos ajustamos al significado de ese emblema, el cual obra por el puro deseo de dañar, ¿no sería una desaparición forzada o un asesinato el producto del mal más puro?

Sin señas particulares compone una pesadilla contundente, pero desgraciadamente real a través de formas cinematográficas de virtudes sobradas. Es un debut extraordinario que exhibe una sensibilidad precisa para tratar un asunto tan actual y escabroso como este. Demuestra que ya ni los que quieren huir se salvan y, en numerosas ocasiones, los que se quedan cargan con el pesar de ese sueño interrumpido por un acto de vileza inexplicable y de poquísimas resoluciones. La paz es una ilusión para quien vive esos escenarios. Y es que, en este país, hay cosas que sólo pueden ser obra del diablo.