Dory, un personaje inolvidable

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Por: Edgar Campos 

Cuando se sabe que Pixar y Disney, dos de los más grandes estudios de animación, colaborarán para realizar una película, se puede entender que es sinónimo de garantía. y Buscando a Dory no es la excepción.

La historia inicia cuando la pequeña Dory bebé, que sufre de pérdida de memoria a corto plazo, se separa de sus padres por un pequeño incidente y descuido al jugar a las escondidillas. Es entonces cuando Dory emprende una búsqueda incesante por encontrar a su familia y su hogar que poco a poco irá olvidando.

La conexión entre la cinta estrenada en 2003, Buscando a Nemo y la película de la que hoy hablamos, se da cuando la pequeña pez cirujano choca con Marlin, quién, junto con Dory, comienza la desesperada búsqueda de su hijo Nemo.

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La premisa de Buscando a Dory se desenvuelve un año después de aquella travesía por el océano, vista en Buscando a Nemo. Tras escuchar y regresar a lugares que en su infancia fueron importantes, Dory empieza a experimentar flashbacks y a recordar información que hacen que desee encontrar a sus padres.

Bajo el lema de “Nadaremos, nadaremos”, esta nueva entrega nos sumerge en las profundidades del océano con los ya conocidos Marlin, Nemo y Dory, además de nuevos personajes como Destiny, Hank y Bailey que imprimen un toque maravilloso de comicidad y empatía que al instante los vuelve memorables.

Pese a que no supera lo hecho en Buscando a Nemo en términos de originalidad,  Dory es un personaje que, sin lugar a dudas, merecía su propia película. Sobre todo para explicar y entender el por qué de su tan singular forma de ser que encantó a chicos y grandes.

Es de las mejores opciones que hay en cartelera actualmente. Se trata de una montaña rusa de emociones capaz de provocar en el espectador: risas, lágrimas, angustia, felicidad, sorpresa y mucho más. Además, transmite agradablemente mensajes como la amistad, el enfrentar de los miedos, la familia y la importancia de los momentos espontáneos que se resume en la frase: ¿qué haría Dory?

"Finding Dory" introduces new characters to the big screen, including a whale shark named Destiny who's nearsighted, and a beluga whale named Bailey who thinks his biological sonar skills are on the fritz. Featuring Kaitlin Olson as the voice of Destiny and Ty Burrell as the voice of Bailey, "Finding Dory" opens on June 17, 2016. ©2016 Disney•Pixar. All Rights Reserved.

Buscando a Dory es capaz de unir a generaciones que recién se involucran con Dory, Nemo y Marlin con aquellos que crecieron junto a ellos y después de 13 años vuelven a ver en acción a sus peces favoritos.

Recomiendo quedarse en la sala hasta que pasen todos los créditos. La espera valdrá la pena pues contiene una escena post-créditos bastante graciosa que te hará recordar a unos viejos conocidos que aparecieron en Buscando a Nemo.

Para quienes no han visto este spin-off, les espera una entrega muy bien realizada y familiar.

Trailer 

Ficha técnica

Título original: Finding Dory

Director: Andrew Stanton

Guión: Andrew Stanton

Reparto: (voces en español) Patricia Palestino, Herman López, Darhey Fernández, Gabriel Pingarrón

Fotografía: Jeremy Lasky

Productora: Pixar Animation Studios / Walt Disney Pictures

País: Estados Unidos

Calificación: A

Duración: 105 minutos

Género: Infantil

Año: 2016

Julieta: referencia y desgaste

 

Aunque amo a mi madre, no quise hacer un retrato idealizado de ella.

Me fascinan más sus defectos: son más divertidos que sus cualidades.

-Pedro Almodóvar

Después de un receso autoimpuesto que incluyó la realización de la ligera Los amantes pasajeros (2013), Pedro Almodóvar decide volver a la silla de director para contar todo sobre una madre quien pierde a su hija. El periplo se narra a través del intento de Julieta por hablar con ella a través de una carta que rememora el pasado de la protagonista.

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Eficaz y autorreferencial, la cinta es para quien se inicia en el cine del manchego una excelente presentación, sin embargo para el seguidor apasionado de la obra del español es un filme reiterativo, predecible y a pesar de su grata manufactura, dista de ser lo mejor del cineasta.

Almodóvar busca la innovación en la puesta en cámara; el comienzo de la película luce prometedor, atípico. Apuesta por una imagen temblorosa y una tonalidad blancuzca, extraña, que anuncia la nueva vida de una Julieta madura con alguna pared roja que denota un pasado tortuoso. La progresión dramática se desarrolla a partir de un encuentro casual casi designado por un dios a la usanza griega, entonces, Pedro vuelve a ser el mismo. La paleta de color se satura, los movimientos de cámara recuperan su precisión y pulcritud característica.

Recurre al eterno viaje de vuelta, a la nostalgia de estar en el lugar de ayer. Por medio de una carta, Julieta vierte la culpabilidad de perder a la hija amada y nos cuenta el por qué de su pesar. Entonces Pedro experimenta, se arriesga al representar al mismo personaje por medio de dos actrices que en tono lucen idénticas. Este par de mujeres conocen al ser a profundidad, el mayor acierto del filme es sin duda lo que obtiene de ambas. Almodóvar logra crear a una mujer entrañable, sumergida en la locura pero sobre todo en una melancolía inefable, resultado de otra herramienta típica del director: la muerte.

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El cineasta emplea el color con maestría; asigna el azul y sus variantes a una Julieta joven, plena; el rojo dinamiza la tragedia, acentúa el deseo; el blanco llega con la madurez del personaje al aceptar la pérdida; simple e íntimo.

El diseño de producción es sobresaliente, divide el transitar de Julieta en distintas etapas, sintetiza la obra completa del director manchego. De lo parco de La piel que habito (2011) a lo esperpéntico de Todo sobre mi madre (1999).

¿Qué “falló” entonces?

Si bien Almodóvar continúa exprimiendo sus valores de producción y actuación al máximo, su herramienta principal subyace en el guión. El texto contiene capas que permiten al espectador jugar con el material, descubrir-se y deslumbrar-se mientras avanza la trama. Por primera vez, Pedro se repite, se copia y para quien ha seguido su filmografía, Julieta resulta la más predecible de todas. La trama sufre en donde éste nunca había fallado: hay cabos sueltos, actitudes incompletas, el drama por momentos se parte. El filme es una amalgama de sus películas anteriores. Sin giros ni sorpresas.

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Pedro es como Julieta, hurga en su pasado fílmico, se revisa, trata de explicarse. Quizá para tomar un camino distinto, para explorar una nueva senda. Para lograrlo realizó este filme, el primero en el que el genio se repite, el primero en el que se vuelve un cineasta predecible, consumido por su obra.

Gerardo Herrera

Guionista, cofundador y editor de Zoom F7

 

La bruja: el comienzo prometedor de Robert Eggers

 

Ya se lo chupó la bruja.

-Dicho popular

Robert Eggers sintetiza dos personalidades, la del escritor y la del cineasta. La primera es deslumbrante mientras que la segunda paga el derecho de piso de quien debuta en cine. La ópera prima del estadounidense es un desequilibrio entre lo genial del guion y lo fútil en la dirección, La bruja (The Witch, 2015) es un comienzo prometedor, una buena película que pudo ser una obra maestra.

A principios del siglo XVII una familia es expulsada del pueblo, el patriarca del grupo decide vivir en las afueras de un bosque cuya apariencia oculta seres ignotos que detonan el desmembramiento del clan. El primer acierto de este largometraje consiste en elegir un inglés primigenio para desarrollar el relato. La enunciación sumerge al espectador en el mundo puritano de Nueva Inglaterra. El lenguaje alcanza el clímax en lo sacro, las divinidades y sus opuestos se hacen por medio del diálogo en una convención de lo sugerido.

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Los actores además se desplazan cómodamente, entonan cada línea con intención y no caen en el artífice, el reparto brilla al demostrar una amplia gama de emociones principalmente en el caso de Anya Taylor-Joy actriz protagónica y prometedora con gran amplitud. Harvey Scrimshaw otorga una secuencia memorable, digna de cualquier clásico en la historia del cine que lamentablemente se opaca con un diseño de sonido estruendoso. Los histriones son un gran descubrimiento por parte del director quien no teme explotarles, sacando de ellos un gran interpretación coral, que mantiene el tono siempre dentro del velo provocado por el fanatismo religioso.

La fotografía se destaca por re-crear la dinámica del cuento, privilegia el paisaje siempre con imágenes desaturadas  que se componen gracias a la enorme cantidad de elementos en pantalla. La profundidad de campo es el recurso primordial para narrar el aislamiento de la familia y al mismo tiempo delimita el espacio. La presencia del color dentro de la historia presagia maldad, dicho acuerdo se mantiene hasta el inevitable final cuya escala de color rompe con la propuesta del realizador.

El diseño sonoro es un problema. El afán de repetir el cliché del sonido grave en ascenso que culmina con un grito se repite hasta el hartazgo, el volumen se dispara constantemente y lastima, los lamentos se prolongan, de ello resulta sólo ruido sin propuesta, quejidos que se diluyen lastimosamente sin ningún fin.

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Finalmente, la dirección se ve afectada por la inexperiencia de Eggert, quien adolece de aquello que Tarkovsky tanto buscó: el ritmo. La preparación de cada escena se extiende más allá de lo debido, sus resoluciones son bruscas, esto se nota en la distribución de los actos: el tercero se precipita hacia los créditos, el ritmo lento que se plantea desde el comienzo es olvidado con el anhelo de concluir una historia que de lo contrario se extendería. Dicha descompensación provoca un avance aletargado y soluciones atropelladas. No hay espacio para incitar la imaginación del espectador, el cineasta busca resolver cada enigma al instante y desaprovecha una historia de gran potencial hitchcockiano.

Se agradece el terror como McGuffin, la bruja es un pretexto para explorar diferentes temas en torno a la familia, lo desconocido funge como catalizador de la desintegración, el despertar sexual, el fanatismo y la transición de la niñez a la adolescencia. Hacia tiempo el cine no contaba con una película compleja en dicho género.

La bruja es el clásico “ya merito”. El guion brilla por la atención al detalle, ninguna escena sobra, los diálogos tienen una razón genial de ser pero la dirección diluye las intenciones de un texto potentísimo. Aquí se cumplió la máxima de Kurosawa: “Con un buen guion, un buen director puede llegar a producir una obra maestra; con el mismo guion, un director mediocre puede hacer una película encomiable.”

Gerardo Herrera

Guionista, cofundador y editor de Zoom F7

 

 

 

Youth: Los necios limbos de la senectud

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Por: Rodrigo Garay Ysita

 Encerrarse voluntariamente en un limbo de elegantes piscinas, comedor blanquecino, masajes de barro y de piedras calientes, patio musicalizado en vivo con deleitables covers de Florence + the Machine, para disfrutar el retiro profesional y sufrir melancólicamente los estragos de la tercera edad. Así es la propuesta en Youth (2015), la más reciente obra de Paolo Sorrentino, que llega desafiante a retrabajar las mismas inquietudes presentes en su exitosa predecesora, La gran belleza (La grande bellezza, 2013).

Encerrarse bajo un gorrito pescador en la mente de Fred Ballinger, el compositor y conductor de orquesta retirado que interpreta Michael Caine. Taciturno, aburrido y diagnosticado con antipatía, se está cansando de hurgar entre sus recuerdos, de intentar ser buen padre y de creer en las virtudes ajenas. Está harto de que le pidan revivir su repertorio. Se está entregando al olvido.

Encerrarse para recibir verdades que ya se estaban tardando en llegar y mentiras dulcemente adivinadas de parte de aquellos que más queremos. Presumirle nuestra terca soledad a los que han sido nuestra compañía incondicional a lo largo de los años. Primero a ella, la hija que encarna Rachel Weisz, que con todo y el corazón roto no nos abandona. Luego a él, al mejor amigo Harvey Keitel, que aquí es un cineasta apasionado por la preproducción de lo que podría ser su última película y que representa al espíritu opuesto, ése que, a pesar de que su pasado le pesa más que su futuro, mantiene la cabeza en alto.Chs7qhCU4AAMeXC.jpg large

¡Encerrarse y descubrir al pambolero mágico nadando en nuestra alberca! Al santo Diego Maradona que se ha colado en la película para redescubrir, junto a nosotros, su mocedad perdida.

Encerrarse en la sala de cine durante dos horas (que parecen tres) con lo mejor y lo peor de Sorrentino: su montaje frenético ahora domado, su colaboración infalible con el fotógrafo Luca Bigazzi, sus ácidas críticas al arte posmoderno, sus inserciones más desvergonzadamente kitsch —una hilarante secuencia onírica-musical que exagera el uso de efectos visuales baratos para probar su punto y unas pantallas verdes tan contrastantes con la belleza visual del resto del filme que parecen fríamente calculadas— y su evidente explotación de referencias (unas forzadas, otras no tanto) que, así como había emparentado a This Must Be the Place (2011) con Paris, Texas (Wim Wenders, 1984), ahora queda enmarcada principalmente en las nostalgias más memorables de Federico Fellini. Otra vez.

Encerrarse porque sólo así, en una jaula casi surrealista repleta de inquilinos y empleados extravagantes y de niños convenientemente (o excesivamente) esclarecedores, nos podemos reflejar en los demás. Podemos encontrar el error en el prejuicio de nuestra supuesta sabiduría, verlo pavonearse reluciente y desnudo frente a nuestras narices. Humillándonos. Sólo así se encuentra a ese otro encerrado que empieza a recorrer el camino que ya anduvimos, y, sin darnos cuenta, podemos ahorrarle el terror de la vejez prematura al compartirle nuestras desgracias.

Este encierro es necio y redundante, sí, pero francamente necesario para reconocerse a uno mismo entre tanta arruga y chequeo de próstata. Pues ya que se está fuera de esa lujosa cárcel alpina y de vuelta en la tierra de los señores, no queda más que darse una oportunidad para intentar ser joven una vez más. Y si no nos da la gana, hagámoslo solamente por aquellos que sí buscaron la juventud pero que ya no están aquí para alcanzarla.

Trailer

 

Ficha técnica

Dirección: Paolo Sorrentino.

Guión: Paolo Sorrentino.

Producción: Carlotta Calori, Francesca Cima, Nicola Giuliano.

Edición: Cristiano Travaglioli.

Reparto: Michael Caine, Harvey Keitel, Rachel Weisz, Paul Dano, Roly Serrano, Jane Fonda.

Música: David Lang.

Dirección de fotografía: Luca Bigazzi.

País: Italia, Francia, Reino Unido, Suiza.

Año: 2015.

Civil War: el mejor filme de superhéroes

En la pelea, se conoce al soldado;

Sólo en la victoria, se conoce al caballero.

-Jacinto Benavente, dramaturgo español

Tras una larga espera, finalmente se presenta la guerra civil más aclamada en la historia de los cómics, la adaptación cinematográfica es el resultado de diez años de hegemonía. La película no es la excepción. Civil War al mando de los hermanos Russo es la revitalización de un género que estuvo a punto de conducir al hartazgo pero que halla una nueva vía y al mismo tiempo, es un ejercicio que representa el alcance de las secuencias de acción en un filme. Además, dicho sea de paso, culmina con toda especulación, francamente Marvel no tiene rival.

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Quienes esperen una representación a rajatabla del tiraje se encontrarán con un nuevo planteamiento, elaborado a partir del Universo fílmico mas no de la historieta. Se toma lo fundamental, se complementa, se politiza, se coquetea con lo real y se triunfa con un guión sólido, perfectamente orquestado.

La clave radica en lo complejo de la trama. Desde Winter Soldier (2014) ya se miraba lo maduro que podía ser el cine de la casa editorial. Los cineastas parten de personajes consolidados y los cuestionan con el dilema fundamental: el aniquilamiento interno. Así, la reacción de cada superhéroe corresponde no sólo a su carácter, también al tono de sus cintas personales. Lo cual dota de una estructura variopinta que se entremezcla siempre para bien. Resulta un goce verlos interactuar a través del combate y la charla, el conflicto asciende con naturalidad. El espectador atestigua el incremento de la tensión hasta el inminente duelo entre los líderes insignia: Tony Stark y Steve Rogers

El reparto que complementa luce a cada instante, los Russo otorgan a cada héroe novedosas habilidades que al mostrarse durante la batalla dan origen a las que quizá son las secuencias de acción más interesantes de los últimos años y en definitiva las mejores en la historia del cine de superhéroes. Se trata de un deleite visual perfectamente coordinado, un caos de cálculo milimétrico digno de cualquier maestro del arte audiovisual.

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La propuesta visual repite el sello que presentó la dupla de directores en la entrega anterior, sin embargo es notable la capacidad para mover la cámara. A diferencia de Joss Whedon quien dotaba el plano de movimientos innecesarios, Anthony y Joe eligen con sabiduría cuándo desplazarse. En medio del desenfreno se aprecia la planeación, la variante es regla, un plano secuencia, cámara fija, steady cam, y un sinfín de etcéteras. La técnica al servicio del guión y no al revés. Los realizadores se despojan de cualquier herramienta que impresione y optan por narrar eficazmente.

El principal acierto para un filme con tanto plano yace en el montaje, Jeffrey Ford ejecuta una labor primordial, une orgánicamente las enmarañadas secuencias de lucha, esto impide que el espectador se pierda entre tanto golpe y disfrute cada intervención. El diseño de sonido sumerge a la audiencia mediante la atención al detalle, envuelve en lugar de alborotar.

Sin embargo no todo es miel sobre hojuelas. El CGI en dos personajes: Iron man y Spiderman es en ocasiones evidente, esto separa del drama y aleja ligeramente del conflicto. Además, la trama se desinfla hacia el final, sufre por la ambigüedad aunque prepara el terreno para la siguiente entrega de los Avengers.

Capitán América: Civil War es la cima del cine de superhéroes, supera con facilidad la escueta tentativa de DC a la vez que propone con el ritmo vertiginoso de la acción. Ésta es sin duda la maduración definitiva de un género a punto de languidecer. Honor a quien honor merece.

Gerardo Herrera

Guionista, cofundador y editor de Zoom F7

Avenida Cloverfield, J.J. Abrams y la franquicia del thriller

J.J Abrams, director de Star Wars: The Force Awakens y propietario de la productora Bad Robot Productions, confió la dirección de otra de sus más grandes colaboraciones como productor, al debutante Dan Trachtenberg, quien con sólo una serie de podcasts y comerciales previos se lanza a la pantalla grande con Avenida Cloverfield 10 (2015), otro misterioso rompecabezas de la curiosa antología Cloverfield (Matt Reeves, 2008) y Super 8 (2011).  

Presentada como un thriller psicológico en un ambiente hostil y posiblemente post apocalíptico, tres personas de pronto viven encerradas en un bunker subterráneo. Michelle (Mary Elizabeth Winstead) recién soltera, sufre un accidente y enseguida se ve prisionera en tal sitio.  Adentrada en el misterio, se ve obligada a correlacionarse con los extraños Emmett Dewitt (John Gallager, Jr.) un jugador de football colegial, y Howard Stambler (John Goodman) un ex veterano de la US Marine Corps.

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Este último, un personaje que funciona como el sujeto que vivió recluido toda su vida, pero que dentro de su paranoia y experiencia militar se asoma un rastro de realidad, es autor de dicha construcción que obliga a depositar de una forma más que dudosa, la fe y confianza de sus inquilinos. Howard se vuelve una especie de mentor psicópata con la intención de salvar al mayor número de sobrevivientes posibles y evitar la destrucción.

Michelle va de un personaje evasivo a cualquier problema o confrontación, a una chica que puede afrontar casi cualquier increíble situación, lo que convierte a la curva de su personaje en una demasiado fantástica. Quizá el dote realista es la curiosidad de las historias de sus vidas previas, que comparten antes del dudoso cataclismo, así como las situaciones que empiezan a sufrir, haciéndoles dudar uno del otro.

Hablando de la producción, digamos que la intención de J.J. Abrams es efectiva en todo caso, y a la vez inteligente: apoyar sus proyectos con su propio sello, impulsando las franquicias, y al mismo tiempo dar paso a nuevos talentos en dirección, guión y hasta en producción.

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En 2008 con Cloverfield se apostó un buen truco de marketing que generó un público más enajenado con el contenido, aumentado el consumo y la venta en taquillas. Tal viralización se debió a una versión un poco más inteligente de la publicidad cinematográfica, que aunque en este caso no fue tan prolifera, el tráiler de la película sí fue una gran sorpresa.

Lo bueno

El hecho de sumergirse en la empatía del personaje con el público, así como las tensiones y problemas que afronta la protagonista. El misterio que encierra Howard respecto a su obsesión, sus delirios y su raro comportamiento imaginativo. Y finalmente, el contenido que va tejiendo los hilos conductores que la historia podría tener con el universo Cloverfield. También las referencias a videojuegos, marcas de bebidas, e incluso de gasolineras, que ofrecen una serie de pistas del rompecabezas publicitario a la J.J. Abrams.

Lo malo

Por momentos pareciera un remake de War of Worlds (2005). Howard Stambler es muy parecido, o por no decir, idéntico al personaje de dicha película interpretado por Tim Robbins.

Ramona Flowers o Michelle en Cloverfield Lane, termina convirtiéndose en una especie de “Soldado Universal” con las cosas más rudimentarias que se pueda imaginar, que aunque esto es una premisa en la tónica de la transformación de un personaje sencillo,  deja mucho que desear respecto a la imaginación de los escritores del guión.

Finalizando, Cloverfield Lane, cinta que probablemente nunca tendrá una secuela, cumple con un buen manejo de los tiempos, entretenimiento y suspenso, que muchos se atreven a llamarlo “Hitchcockiano”. Fuertes entradas en taquilla (ocupa el tercer lugar a una semana de su estreno), no obstante, no deja de ser una película palomera, para un buen fin de semana.

Luis Zenil Castro 

Productor audiovisual y dibujante.

 

Los bañistas: un desganado ejercicio cinematográfico

El cine latinoamericano se caracteriza por su constante en retratar las temáticas sociales. En el caso de la película mexicana Los bañistas, se aborda la problemática de los huelguistas en un claro intento fallido de comedia.  Aun así, el largometraje fue premiado y nominado en varias ocasiones, entre ellas el Ariel a la Mejor ópera prima para su director, el uruguayo Max Zunino.

Se presentan singulares deficiencias en la estructura básica: el guión; en el que metió mano también la actriz protagónica, Sofía Espinosa. Los personajes bidimensionales y sus diálogos forzados, que parecen emerger de una telenovela, resultan planos y carentes de credibilidad. De humor tiene poco; es más una intención obligada de guiar al espectador a chistes burdos en actuaciones carentes de carisma.

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El primer acto llega rápido y de una manera orgánica, pero en el segundo, la cinta adopta un ritmo lento y se quiebra en el intento de mostrar de más a sus personajes principales y su relación con el contexto.

Ha ocurrido un paro en la caótica ciudad, situación constante que viven los capitalinos. Flavia (Sofía Espinosa) es una joven seudouniversitaria sin aspiraciones, a quien la separación de sus padres afecta severamente. Vive sola en un departamento prestado por su tía y recibe la mala noticia de que tendrá que desalojarlo.

Martín (Juan Carlos Colombo), su vecino, es un hombre de 65 años que se ha quedado sin trabajo y se apiada de ella al verla desprotegida, por lo que la deja quedarse en su casa, pero la personalidad de Flavia causará la incomodidad de Martín. En los antiguos edificios de la Ciudad de México se junta la juventud, la madurez y la manera en cómo se vive el sentimiento de soledad y vacío entre ambas partes.

Conforme avanza la trama se mezclan los conflictos del par de protagonistas y la vida en las calles de los huelguistas. El hogar de Martín será testigo de un choque generacional, porque debido a la crisis económica por la que ambos pasan, se ven obligados a rentar su baño a los jóvenes paristas… ¡Eh! Ahí del porqué del título.

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Al mostrar algunas de las calles más populares alrededor de la urbe, deja un testimonio paupérrimo de la dura vida en las calles de los huelguistas, que por cierto, ni siquiera funcionan como un pretexto suficiente para que los protagonistas se conozcan.

Las personas involucradas en el paro y su situación mal trasladada a la ficción, quedan desaprovechadas y simplemente rellenan la trama. Cuando éstos son atacados por los policías, se trata de un aparente ascenso en la historia que termina tajante y se empalma con una despedida entre los personajes carente de emoción, sin lograr una conexión significativa con el espectador.

En cuanto a la fotografía no hay nada nuevo, dejando a un lado la oportunidad de explotarla como herramienta narrativa; vemos planos fijos que pierden la composición en instantes y colores neutros que nada aportan. Cabe resaltar que la puesta en escena también carece de ingenio y los trazos actorales se quedan igualmente como un ejercicio televisivo. En general, Los bañistas se queda en el fondo a la derecha y no sale a lucir ninguna propuesta. Lo que sí se asoma es la aburrición.

Fan Valdés

Pedagoga de formación pero cineasta por convicción, artista plástica en el tiempo libre.