Life, animated: la magia de Disney

Te oigo mejor cuando no te estoy mirando. El contacto visual es incómodo. La gente nunca entenderá la batalla a la que me enfrento para poder hacer esto.

-Wendy Lawson.

El cine abre mundos, descubre espacios y nos enfrenta a seres de todas las características, invita a la reflexión y en el mejor de los casos emociona. El séptimo arte es una herramienta cuya accesibilidad es mayor a la de otras artes, el videocassete permitió condensar los filmes para verlos a través de la televisión. A partir de dicho avance técnico la infancia de muchos se marcó por las incontables horas frente al aparato viendo todo tipo de películas; ese es el caso de Owen Suskind aunque a diferencia de muchos, el joven es autista.

 La travesía del muchacho estadounidense es reconstruida a partir del testimonio de los padres, del propio Owen y de imágenes de archivo obtenidas a partir de grabaciones caseras. Hasta ahí la convención se a utilizado un sinfín de ocasiones en el genero documental. ¿Qué distingue a Life,animated de los demás? El pequeño pasó su niñez mirando obsesivamente la obra de Disney, dicha afición es utilizada por Roger Ross el director para reconstruir el interior de Suskind con animaciones que buscan representar aquello que ocurre dentro de una persona con autismo. Es ahí, donde el documental responde al título que toma prestado de la obra homónima de Ron Suskind.

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Una segunda interpretación se puede otorgar al nombre; a los tres años el infante perdió el habla y fue sólo a través de los diálogos de las cintas animadas que los padres fueron capaces de traer al pequeño de vuelta. Desentrañar la personalidad de Owen a través de los personajes de Disney acompañado de las animaciones hace del filme una experiencia diferente a la del documental común.

La recreación se complementa a partir del segundo acto con la aventura de la emancipación, se nos presenta a Owen en la adultez, un hombre casi independiente pero siempre limitado por su incapacidad para socializar, los conflictos se trasladan del dibujo animado a lo perturbador que resulta entablar relación con los demás. Los temas abandonan la fantasía para introducirse en la cotidianidad de lo real. El dilema se acentúa para alguien que sólo entiende el mundo a partir de la ficción. Los amores principescos se trasladan a la ruptura que padece el propio Owen, quien vive una relación basándose en el canon del cine de princesas.

 La filmografía de la productora fundada por Walt Disney libera al protagonista al tiempo que le educa, un arma de doble filo que le posibilita la superación al tiempo que coarta toda construcción verosímil de la realidad. Como reza el título, la vida de este joven autista se mira siempre a través del cristal impuesto por la narrativa de las películas, él responde con diálogos memorizados, carece de amigos pero se los inventa, recupera a Sebastián y Yago de La Sirenita y Aladdin para sobrellevar la depresión, para entender aquello que no comprende.

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El cariño paterno obstruye una posibilidad superior: la exploración profunda del autismo a través de casos similares a los de Owen. Ron Suskind no sólo es uno de los personajes en la trama, también funge como productor ejecutivo.Este hecho limitó la opción de indagar más allá de lo que pudiera ofrecer su hijo como personaje que padece y por momentos el documental se estanca en la exaltación de las habilidades del joven para memorizar diálogos o representarlos a través de dibujos e incidentes re inventados. La crónica se resume a una historia de vida aunque bien pudo ser una exploración superior.

Life, animated es una obra  perfectamente construida que roza los dilemas del autismo, sin embargo se limita al mostrar únicamente la historia de Owen y sus respectivos logros. Una oportunidad de descifrar una manera distinta de percibir el mundo queda apartada en el afán de exaltar tan solo a un personaje.

Gerardo Herrera

Guionista, cofundador y editor de Zoom F7

Fences: una pieza cinematográfica

El hombre, por lo común, sólo sabe reconocer su felicidad
en la medida de la desgracia que ha experimentado.

Muslih-Ud-Din Saadi.

Del teatro al séptimo arte surge Fences de August Wilson, obra ganadora del Pulitzer en el lejano 1987. Ya recomendaba Hitchcock en la brillante entrevista que le realizara François Truffaut que el diálogo es el último de los recursos en la narrativa cinematográfica. A Denzel Washington, –director de la película– le importa poco cuando de construir a sus personajes se trata; el filme se desglosa única y exclusivamente con base en la palabra entre el hombre cotidiano y los seres que le rodean. Las frases desarrollan el drama en una pieza cuyo conflicto recae en la crisis familiar a partir de las decisiones de Troy Maxson, su protagonista.

La década de los cincuenta es el escenario; Troy era un excelente jugador de béisbol que abandonó el deporte y ahora se dedica a recolectar basura en compañía de su fiel amigo Bono. Rose es la esposa que se sacrifica en aras de cohesionar a la familia. Viola Davis es el personaje, sus intervenciones abnegadas y a veces explosivas le hacen acreedora de cuanto reconocimiento se le otorgue, navega con naturalidad y sencillez en un papel que le demanda ambos atributos. Denzel Washington como Troy es imponente, el marido pasivo-agresivo, el padre opresor, el cincuentón en crisis existencial: el hombre común.

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En el filme se respira el racismo inherente a la época; comparación necesaria en una presidencia que se destaca por una supremacía blanca en términos de discurso. Es el discurso la herramienta principal de Wilson el escritor de la original para –en palabras del libreto– representar la vida del Negro, adjetivo prohibido pero de uso común entre los personajes para referirse a sí mismos. Jamás en el metraje se observa a un blanco, sólo se le refiere, siempre en una posición de poder. ¿Alusión a la resolución dictatorial del electorado estadounidense?

La trama usa la construcción de una cerca como herramienta temporal, se erige la bardita para mantener unida a la familia al tiempo que es durante su elaboración el momento en el que surge el conflicto. La valla divide: al amigo, a la esposa, al hijo. Troy debe hurgar fuera de ella para encontrar una razón para seguir con su incipiente existencia. En épocas de muros, el cine interviene para demostrar en un drama íntimo los alcances de la división, siempre funestos.

Como director, Washington es obsesivo con sus histriones. Absolutamente todos congenian con su personaje, el carisma de cada actor pone de manifiesto la mano del afroamericano para obtener lo que desea de cada uno de sus talentos. Es una incursión interesante de quien ya ha obtenido el galardón de la Academia, lamentablemente no todo brilla en el filme.

Es un dilema trasladar miles de palabras a la pantalla sin caer en la repetición, se requiere de inventiva para convertir la palabra en imagen. El ejemplo ideal del traslado de un guión sobredialogado a la narrativa cinematográfica es Red Social (2010), del siempre eficaz Fincher. El cineasta debe transformar una historia con una sola locación –el patio trasero– en un relato con diferentes escenarios y más importante aún, trasladar las conversaciones al ámbito audiovisual.

Es en las discusiones donde Fences se torna repetitiva y su duración a la postre juega en contra del filme. Sobretodo si se considera mirarla con subtítulos, para quien no comprende ciertos slangs costará trabajo habituarse a la velocidad de las charlas al tiempo que se intenta leer los subtítulos.

A pesar de ese negrito en el arroz Fences construye con profundo detalle una crisis partiendo de una pieza que en términos cinematográficos no aporta lo suficiente, sin embargo el texto es tan interesante que la película termina por ser un cautivador ejercicio de interpretación, con un reparto a la altura de las exigencias del libreto.

Gerardo Herrera

Guionista, cofundador y editor de Zoom F7

Lion: Odiseo vuelve a Ítaca

 

Una casa es el lugar donde uno es esperado.

Antonio Gala.

 Escribió Borges en El evangelio según San Marcos que el hombre se ha dedicado a narrar siempre las mismas dos historias: el periplo de Odiseo por regresar a casa y el nuevo testamento  –el sacrificio propio por el bien de los demás–. Lion, basada en A long way home de Saroo Brierley representa a la primera de las opciones y la moderniza a través de apps, laptops y dilemas de la vida moderna.

El espectador se enfrenta literalmente a un camino bifurcado, la película está claramente dividida en dos segmentos que bien podrían conformar filmes distintos, sin embargo dependen el uno del otro aunque estéticamente contrasten. En la primera sección miramos al pequeño Saroo, quien debido a su condición marginal trabaja en compañía de su hermano en el bajo mundo indio. Aquí, el ejercicio recuerda constantemente a otras obras de corte occidental, quizá la más cercana es  Slumdog millionaire (2008, Boyle), el tratamiento visual, las interpretaciones y hasta algunos acontecimientos sugieren una clara influencia, quien haya visto ambas cintas no evitará una constante comparación.

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Por un descuido Saroo se aleja de su familia y a la postre es adoptado por unos australianos, a partir de dicho conflicto la película conforma una identidad propia amparada por su brillante reparto. Dev Patel interpreta al niño en su adultez, consciente siempre de estar en una familia que no es la suya.  La disyuntiva de la adopción se presenta en la lejanía tanto de su estirpe original como de la adoptiva, se contiene al tiempo que con sutileza demuestra incomodidad al tocar el tema. Rooney Mara funge como una novia preocupada por el problema de identidad de su pareja, ese conflicto pudo explorarse más, sin embargo –Luke Davies– el guionista prefirió centrar todo esfuerzo en la búsqueda, contrario a la emprendida por Odiseo que venció cíclopes y Dioses, éste prefiere la plataforma de Google Earth.

Garth Davis suple el estoicismo de la búsqueda digital con secuencias de ágiles transiciones en donde antepone el entretenimiento al drama, es un acierto ya que gracias a la velocidad de su montaje captura la atención del público sin caer en el tedio de mirar simplemente a un hombre frente a la computadora. La dirección del cineasta es eficaz, nos sumerge en la pobreza india y a su vez confronta a su protagonista con la opulencia australiana en donde termina.

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 En el desenlace el encuentro es abrumador no sólo para los personajes, también para el espectador, visualmente la paradoja cumple con el objetivo de mostrarnos aquello que nos legó Homero en La Odisea, aquél que vuelve no es el mismo que emprendió el viaje y a pesar de que el hogar permanece en el mismo sitio, ha cambiado en la mirada del héroe y en aquellos que le aguardaron.

 Lion se nutre de grandes referencias y a partir del segundo acto construye su propia identidad, es una película conmovedora sin mayor pretensión que entregar una historia del regreso a casa en la era digital.

Gerardo Herrera

Guionista, cofundador y editor de Zoom F7

Rogue One: Un nuevo respiro para la saga

En 1977 un joven cineasta presentó al mundo una película que mostró a las personas de marketing y a los productores una nueva manera de engordar las carteras y generar cantidades obscenas de dinero fuera de las salas de cine. Esa película, como muchos saben es Star Wars, el primer episodio que irónicamente comienza siendo el cuarto (en otra ocasión abordaremos el porqué de esa decisión). Pero el joven George Lucas, aficionado a las carreras de autos y a los cómics, tuvo un trasfondo menos comercial, y que incluso podría ser hasta romántico al momento de concebir esta ópera espacial.

En un concepto más básico, Lucas creó una analogía entre los jóvenes creadores con ganas de cambiar el establishment de las productoras hollywoodenses para llegar a un público con ganas de otro tipo de historias.

Ese puñado de rebeldes representados por Spielberg, De Palma, Scorsese, Coppola y el mismo Lucas se enfrentarían al temido Imperio, que no es más que la visión que el creador de Indiana Jones tenía sobre las grandes productoras de la Meca del cine.

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Lo que sucedió con Star Wars es una historia que la mayoría conocemos y otros, padecemos. Pero en este año 2016, que se antoja lejano en todos sentidos con el 1977 que vio nacer la saga más lucrativa de todos los tiempos; se presenta el primer filme que no pertenece a la línea argumental a la que estamos acostumbrados, es decir nadie tiene que ver con los dilemas y conflictos de la familia Skywalker, pero si ocurre en el mismo universo.

Rogue One: A Star Wars History (Gareth Edwards, 2016) cuenta la historia de un grupo de outsiders de la Alianza Rebelde que logran tener información sobre una arma tan poderosa que puede destruir un planeta entero. La obtención de los planos de esta arma es vital para evitar que el Imperio Galáctico domine la galaxia para siempre.

La historia es protagonizada por Jyn Erso (Felicity Jones) quien sufre una ruptura familiar debido a los planes del imperio por construir la temida estrella de la muerte, cuya construcción es liderada por su padre Galen Erso Capturada por el grupo de inteligencia de la Alianza Rebelde, quienes desesperados por saber qué es esta nueva arma están dispuestos a realizar cualquier acción para lograr detener esta “asesina de planetas”.

La película cuenta con un ritmo audaz que lleva de la mano la acción y las diferentes situaciones que llevaran a este grupo de rebeldes a realizar el plan tan ambicioso. Se siente apresurado el primer acto, justo porque así están las cosas en el Consejo de la Alianza Rebelde.

Al ser el primer largometraje que se desprende de los episodios que integran la saga principal, cuenta con otro formato, por decirlo de alguna manera. Es la historia de un puñado de personas que serían desconocidas, no hay Jedis, son solo rebeldes.

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Las actuaciones son buenas, Jones hace una combinación del sentido de humor ácido de Han Solo con la fortaleza de la Princesa Leia, con Diego Luna que caracteriza al Capitán Cassian Andor quien a pesar de ser reacio al inicio genera empatía con Erso para lograr acceder a los planos de la Estrella de la Muerte. Además cuenta con la excelente actuación de Donnie Yen (Chirrut Imwe) un monje ciego que protege los restos de un antiguo templo Jedi, que cree con mucha devoción en la Fuerza.

Dentro de la trama es interesante como van entrando algunos personajes conocidos, tanto de la primer trilogía (Episodios IV, V y VI) y de personajes que no tienen tanto peso pero que aparecen en el Episodio III y dan pie a lo que ya todos sabemos que sucede en Una Nueva Esperanza.

En el apartado de dirección se siente esa importancia que da Gareth Edwards a la perspectiva, que es lo que ya habíamos visto en Godzilla (Edwards, 2014) y nos da una imagen dimensionando el tamaño de la Estrella de la Muerte. En la música, es notable que no exista un score realizado por John Williams, pero que a pesar de no estar esa pieza fundamental en el universo Star Wars no se sienta de golpe esa falta.

La fotografía y efectos especiales son, digamos, genéricos de la saga, lo sorprendente es el uso del CGI para dar vida a viejos conocidos de la saga.

Esta historia de Star Wars fue un alivio, después del sinsabor que dejó (para el que escribe) Episodio VII. Fue un acierto, a pesar de los problemas de producción que estuvieron a punto de dejarla solo como proyecto. Es emocionante, los personajes aparecen cuando deben y sobre todo, a pesar de que también apela a la nostalgia, no se siente forzada.

Sebastián Ortiz 

Comunicólogo que habala mucho y escribe (mal) sobre cine, música y ciencia ficción.