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Hedda: DaCosta encuentra lo que ningún director había leído en Ibsen

Hedda 1

En Hedda, Nia DaCosta nos entrega una lectura del clásico teatral de Henrik Ibsen que no se queda en la superficie y que resulta notable.

Para que George (Tom Bateman) escale en la jerarquía académica, Hedda (Tessa Thompson) organiza una fiesta en la mansión que la pareja alquila a pesar de sus dificultades económicas. No obstante, a la reunión asiste Eileen Lovborg (Nina Hoss), una prestigiosa escritora que amenaza la promoción laboral de su esposo. Sin ningún escrúpulo, la anfitriona echa a andar un plan para desprestigiar a su antigua amante y eliminarla como competencia de George.

Llevar piezas teatrales a la pantalla grande siempre implica el dilema entre serle fiel a la experiencia dramatúrgica o ajustar el género a los requerimientos audiovisuales del cine, cayendo en la fácil frivolización del texto original. En el caso de Henrik Ibsen, sus adaptaciones suelen inclinarse hacia la primera opción, ocasionando que ninguna de sus traducciones al lenguaje cinematográfico tenga particular trascendencia. Por tal motivo, la reimaginación de Hedda Gabler por Nia DaCosta resulta tan notable, añadiendo al clásico más imágenes que la de una mujer acorralada con un arma en la mano. 

Además de los cambios obvios a la trama, Hedda (2025) es la oportunidad de DaCosta para proyectar en el personaje su propia experiencia como cineasta en una industria dominada por hombres blancos. Tener a una protagonista racializada le permite abordar la falsa “tolerancia” en las burbujas progresistas, entorno perverso que la menospreciada hija del general Gabler utiliza para no perder el mínimo estatus social que ha podido construir. La brillante actuación de Tessa Thompson hace más vívida la angustia por los últimos días de una frágil prosperidad. 

Los juegos de manipulación no son impulsados solamente por el capricho o la insatisfacción, pues la cineasta añade al personaje la frustración provocada por una brecha que no solo es de género y la insistencia de su círculo en recordárselo. Ya sea la indignación de George (Bateman) por “la educación” de ciertos invitados o los “ingenuos” comentarios racistas sobre la anfitriona (she´s duskier than I thought she would be) son indicios del principal motivo que alimenta la justificada repulsión de Hedda hacia la vida doméstica y la clase media, ya que sus desigualdades no son las mismas de Thea Clifton (Elvsted en teatro) o la propia Løvborg. 

'Hedda' (Nia DaCosta, 2025)
‘Hedda’ (Nia DaCosta, 2025)

El filtro personal de DaCosta aporta matices al conflicto existencial de Hedda, especialmente porque el objetivo de sus artimañas se reducen a obstaculizar el triunfo artístico de otra mujer, lo cual vuelve aún más villanesco al personaje. Más cercana a la marquesa de Merteuil de Glenn Close, la misantropía de Hedda es motivada por la supuesta mediocridad de Thea o George, personajes secundarios que tienen personalidades más gentiles y menos patéticas que en el clásico literario. El nuevo final y el Lovborg de Hoss ofrecen una mirada menos pesimista de la condición humana, donde la imposibilidad de felicidad podría ser consecuencia de nuestra propia arrogancia y subestimación de “los otros”. 

DaCosta extrae de la obra una ingeniosa hebra de erotismo, utilizando a Tessa Thomson y Nina Hoss como vehículos de una sensualidad presente en el sugestivo atuendo de Lovborg o la tóxica relación entre la escritora y Hedda. Todos los deseos reprimidos terminan convirtiéndose en comportamientos autodestructivos que no llevan a la muerte física, pero sí al colapso emocional.

La directora añade a la protagonista un caos dramático que lo lleva de la perversión a la melancolía, con el objetivo de desorientar al público mediante la ausencia del destino funesto del clásico teatral. Cuando todo se sale de control, la producción sustituye la tragedia por una catarsis menos radical, aunque igual de compleja que el estudio sobre la naturaleza humana de Ibsen. 

Quizás el único problema del filme sea que los cambios al desenlace del texto original aportan nuevas lecturas a la obra, pero también enfrían la intensidad del melodrama queer construido durante los primeros actos. Sin embargo, los mensajes añadidos a Hedda Gabler compensan la falta de arrojo en el cierre, pues DaCosta nos entrega una lectura del clásico que no se queda en la superficie. Un factor fundamental para lograrlo es la atmósfera sofocante creada por Sean Bobbitt (12 Years a Slave, Judas and the Black Messiah), quien es experto en llevar la hostilidad social a las imágenes. 

Hedda es otro experimento estilístico donde se explota el anacronismo sin límites, pero a diferencia de otros colegas y sus adaptaciones vacías (no falta mucho para una versión “aesthetic” de Cumbres Borrascosas), DaCosta juega más con el contenido que con la forma, dando como resultado una película que conecta de forma seria y elocuente el pasado con el presente. La música jazz marcando el ritmo de la trama, los jadeos anticipando la vileza de la protagonista o el impresionante vestuario diseñado por Lindsay Pugh (un complemento importante para la trama) son algunos de los tantos elementos que elevan el valor de una producción que es cuando menos entretenida. 

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Irving Javier Martínez Ver todo

Licenciado en Comunicación. Redactor especializado en cine.

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