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La Semilla del Fruto Sagrado: el infierno está en casa

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Desde la ficción, La Semilla del Fruto Sagrado expone el demencial nivel de represalias en Irán por actos tan insignificantes, como no portar el hiyab o simplemente ser testigo de las protestas.

En plena ola de protestas por el feminicidio de Mahsa Amini, Iman (Missagh Zareh) es ascendido a juez de instrucción en el Tribunal Revolucionario de Teherán, cargo que lo obliga a firmar sentencias sin previa investigación. No obstante, sus hijas Sana (Setareh Maleki) y Rezvan (Mahsa Rostami) apoyan las consignas de la resistencia, activismo desaprobado por Najmeh (Soheila Golestani), madre de las jóvenes y hermana de un influyente militar. 

El cine de Mohammad Rasoulof (director) va más allá del retrato de problemas locales. Sus reflexiones sobre Irán como Estado fallido pueden aplicarse a cualquier nación, ya que todos los gobiernos contemporáneos son versiones burocráticas de antiguos regímenes despóticos, con leyes que suavizan en papel los mecanismos de sometimiento y control ejecutados de forma no oficial. La integridad moral, el activismo y la ética son catalizadores de violencia y represión, pues alteran un sistema basado en el odio, el fanatismo ideológico y la corrupción. Sin embargo, ¿cuál es “la semilla” de toda esa brutalidad sistémica?

La Semilla del Fruto Sagrado: el horror de vivir bajo la sombra de un régimen 

El punto de partida en La Semilla del Fruto Sagrado (Dane-ye anjir-e ma’abed, 2024) es una amorosa familia modelo, donde la brecha ideológica entre padres e hijas termina destrozando (de la forma más salvaje) todos los lazos afectivos que los unían. Impulsado por su inevitable regreso a prisión, Rasoulof crea un provocativo y directo thriller que explora el filicidio como fundamento básico en la región, el cual va desde el mito arcaico del sacrificio de Isaac hasta las historias de padres denunciando y asesinando a sus propios hijos durante la Revolución de 1979. 

Lo que sería una auténtica ficción hanekiana se transforma en reflejo de lo cotidiano,  ya que cualquier cuestionamiento a las normas desata primitivos ciclos de violencia. Explicado por el director, la metáfora del título hace referencia a cómo la tradición está dispuesta a todo, con tal de preservar la raíz de su mentalidad. La película nos muestra la confrontación generacional entre el viejo orden y una marea de jóvenes sin nada que perder, pues de antemano se saben condenados por el Estado o sus adoctrinadas familias.

El suspenso del filme se vuelve terror cuando el padre se transforma en una bestia sin sentimientos. Parecido a una versión “realista” de Jack Torrance en El Resplandor (The Shining, 1980), el personaje de Missagh Zareh va siendo poseído por el espíritu fundamentalista del gobierno, aunque también podría tratarse del exacerbado machismo presente en cualquier parte del mundo. La rebelión contra el patriarcado en las calles de Irán es paralela a esta alegórica batalla familiar, donde el destino trágico ya está dictado desde el principio, a la espera del detonante que revele el “pequeño” secreto de papá.

Mediante una filmación clandestina que llevó al cineasta y dos actrices (Maleki y Rostami) a huir de Irán, Rasoulof abandona la sutileza dramática de A Man of Integrity (2017) y la visión retrospectiva de Manuscripts Don’t Burn (2013) para abordar sin reservas la actual violencia contra las mujeres, que incluye tortura y ejecuciones de manifestantes. Desde la ficción, La Semilla del Fruto Sagrado expone el demencial nivel de represalias por actos tan insignificantes, como no portar el hiyab o simplemente ser testigo de las protestas

Aparte de documentar la rebelión, los videos de redes sociales pretenden dar al filme una atmósfera de aislamiento, propia de quienes forman parte de la clase dominante de cualquier país; porque no se trata de una familia convencional, los protagonistas “están dentro” del siniestro régimen, como menciona una de las hijas. Evadir o ignorar el problema solo ocasiona que las consecuencias de dicha negación sean más devastadoras, como sucede en las producciones previas del cineasta.

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‘La semilla del fruto sagrado’

La paranoia también es otro elemento central, siendo la invisibilidad social y el anonimato las mejores defensas frente a un sistema que recurre a la vigilancia y manipulación de sus propios burócratas. Ascender en la jerarquía es ensuciarse las manos en nombre del tirano gobierno que ejecuta a su pueblo con el azar como ley, misma denuncia de El Perdón (Ballad of a White Cow, 2020), dirigida por Behtash Sanaeeha y Maryam Moqadam. Igualmente, la obra de Rasoulof cuestiona el papel de las instituciones religiosas en el recrudecimiento de la injusticia y el abuso de autoridad en todos los niveles del gobierno, haciendo un llamado frontal a luchar por un Estado laico y democrático, ideales representados por  Sana (Maleki) y Rezvan (Rostami).

Si bien los recursos estéticos son limitados, por obvias razones, la producción utiliza la iluminación y el montaje para remarcar las perspectivas “espirituales” de los patriarcas, como la apariencia de ritual sagrado cuando Najmeh (Golestani) retira los perdigones del rostro de una adolescente o la locura verde de Iman (Zareh), color asociado a lo religioso en Irán. Además, el argumento es un cruce de géneros cinematográficos (thriller, terror psicológico, drama social) que da al filme una fascinante artificiosidad que eleva el concepto simbólico a otro nivel discursivo, sumado a su valioso subtexto de denuncia política. La Semilla del Fruto Sagrado es un ingenioso suspenso que lleva al límite el horror de vivir bajo la sombra de regímenes sin libertades.

Puedes ver La Semilla del Fruto Sagrado en la 76 Muestra de la Cineteca Nacional 

Irving Javier Martínez Ver todo

Licenciado en Comunicación. Redactor especializado en cine.

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