Hojas de otoño nos revela cómo el ser humano está destinado a luchar, ya sea en la guerra o el campo de batalla rutinario que ha construido el capitalismo.
En la melancólica y melómana Helsinki de Aki Kaurismäki, dos almas solitarias se encuentran: Ansa (Alma Pöysti) y Holappa (Jussi Vatanen). Ella sobrevive a una racha de inestabilidad laboral y él es un obrero que niega su alcoholismo. Tras una fortuita cita en el cine y sin conocer sus nombres, ambos personajes deberán pasar por varios obstáculos y malentendidos para volverse a encontrar.
El tema musical Las hojas muertas fue inmortalizado por Yves Montand en Las puertas de la noche (1946), una película donde el Destino, representado alegóricamente como un vagabundo nocturno, utiliza la melodía para anunciar el futuro trágico que se aproxima. Aki Kaurismäki (director) selecciona una versión cantada por Georg Ots (Kuolleet lehdet) para titular su nueva comedia romántica, donde, al igual que en el filme de Marcel Carné, también existe otro incorpóreo Destino (ahora disfrazado de azar) tramando eventos inverosímiles para evitar la unión entre Ansa y Holappa.
Hojas de otoño (2023) es producto de una CINEFILIA erudita y, por lo tanto, aborda el amor desde su acepción más noble y trascendental, como lo harían Bresson, Dreyer o cualquier maestro del séptimo arte. Por ejemplo, mientras los protagonistas se despiden afuera del cine, Kaurismäki no sólo anuncia con el póster de Breve encuentro (1945) que lo siguiente será una separación, también la devastación emocional que implicará retornar a la vacía cotidianidad sin saber nada del otro, como le sucede al personaje de Celia Johnson en el filme de David Lean. En lo nuevo del finlandés ningún ornamento es superficial, especialmente la música y los carteles, que pueden pasar desapercibidos si te dejas hipnotizar por la parsimoniosa puesta en escena.
Si bien la música es esencial en todas las películas del realizador, el soundtrack de Hojas de otoño es un tercer protagonista, con letras que empujan a los personajes a salir del desmoronamiento emocional. Como dice una canción, Ansa y Holappa son dos corazones “que recibieron amor frío” y, por consiguiente, llevan vidas errantes; sólo cuando tienen la oportunidad de compartir momentos con alguien surge la preocupación por poseer una vajilla, una mascota o dejar de pensar que “los tipos duros no cantan”… es decir, tener vidas convencionales. Parece un tema sombrío para una comedia romántica, pero Kaurismäki aporta la chispa esperanzadora que convierte a su filmografía en un acogedor refugio repleto de buenas personas.

Así como la crisis migratoria era el golpe de realidad en Le Havre (2011) y El otro lado de la esperanza (2017), el conflicto bélico en Ucrania es el nuevo telón de fondo en su universo. Resulta un contexto que está de sobra, por su nula relevancia para la trama, pero sirve de ventana simbólica hacia la verdadera tragedia: el ser humano está destinado a luchar, ya sea en la guerra o el campo de batalla rutinario que ha construido el capitalismo. Los personajes parecen vivir en un perpetúo fin del mundo, donde cualquier paso en falso (sea un despido o una adicción) los puede expulsar de la sociedad.
El estilo underground es retomado por el realizador, pero su enfoque ya no es tan entusiasta como antes; algo ha cambiado desde Luces al atardecer (2006). Por los pocos diálogos, especialmente del amigo Huotari (Janne Hyytiäinen), se entiende que los buenos tiempos han pasado para todos los personajes y que vivir como rockero solitario en los márgenes ya no llena el vacío que dejan las largas jornadas laborales. Incluso, los artistas entran en esa trituradora de sueños, como insinúa Kaurismäki al bromear sobre la decadente y fallida aventura zombi de su amigo Jim Jarmusch (Los muertos no mueren, 2019).
La frustración por el tiempo perdido lleva a desarrollar pensamientos circulares (“estoy deprimido porque bebo, bebo porque estoy deprimido”), siendo el amor el único escape de la autodestrucción. Sin embargo, los años no han causado estragos en el optimismo del director, porque su último título es incluso más luminoso e idealista que anteriores obras sobre la clase obrera. Si bien Kaurismäki dirige la misma comedia fría desde los 80, Hojas de otoño es la película más ligera y encantadora de toda su carrera. Inmejorable cierre a la Tetralogía del Proletariado.
Hojas de otoño se exhibe en salas de cine.
A partir del 26 de enero en MUBI Latinoamérica
Categorías

