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El poder del perro: el verdadero rostro del vaquero | Crítica

El poder del perro crítica

Por: André SV (@Andyphonehommie)

Una de las herencias más grandes que ha dejado el wéstern a la cultura pop sin lugar a dudas ha sido el arquetipo del vaquero. Inspirado en el ganadero estadounidense que habitó el sur del país en el siglo XIX, este condensa los atributos que todo hombre varonil debe tener: fuerte, independiente, ingenioso, valiente y seductor.

Al hablar de ellos muchos ejemplos se nos vienen a la mente, como Clint Eastwood en la trilogía del dólar de Sergio Leone, John Wayne en The Searchers (1956), Henry Fonda en Once Upon a time in the West (1968), entre muchos otros. Incluso, el modelo ha transcendido las botas y las chaparreras, siendo la base de personajes como Han Solo en la saga Star Wars o hasta incluso el mismo James Bond. Y a pesar de la popularidad de los personajes hechos a semejanza del Cowboy estadounidense, poco nos detenemos a analizar su verdadera personalidad que representa la peor cara de la masculinidad: son agresivos, machistas, abusivos, misóginos, impulsivos y con una nula responsabilidad emocional.

Situada a comienzos del siglo XX durante el ocaso de la época del viejo oeste, El poder del perro (2021) de la directora neozelandesa Jane Campion, sigue a Phil Burbank, quien dirige una granja ganadera con su hermano George en el estado de Montana. Phil representa a cabalidad al jinete del wéstern clásico, dedicándose al trabajo sucio de la granja, instruyendo a los demás trabajadores en el arte de la ganadería, además de adoctrinarlos bajo las enseñanzas de su mentor Bronco Henry, un hombre que vivió en el apogeo del viejo oeste.

Los trabajadores adoran a Phil, quieren ser como él y lo siguen a todos lados sin cuestionarlo, pero él se ve especialmente afectado por el rechazo de su hermano George, quien a pesar haber sido aprendiz de Bronco Henry al igual que él, es su antítesis: un hombre amable y refinado que rechaza por completo la actitud bronca y bravucona con la que se conduce Phil. Esto comienza a desestabilizarlo, hecho que lo lleva a intentar someter a su hermano a base de agresiones y comentarios incisivos.

El poder del perro: el verdadero rostro del vaquero | Crítica
El poder del perro

Pero el momento de la ruptura definitiva entre ambos se da cuando George contrae matrimonio con Rose, una amable hostelera que vive con su hijo Peter —un joven sensible, delicado y tímido— en un pueblo cercano al rancho de los Burbank. La llegada de ambos desagrada a Phil, quien se desata atormentándoles hasta que poco a poco descubre una oportunidad romántica en uno de los dos.

Y es a partir de esta sucesión de hechos, del transitar de emociones de nuestro protagonista, que la directora Jane Campion examina la masculinidad tomando como base el arquetipo planteado al principio de este texto, sacándolo del contexto que lo favorece: sin enfrentamientos armados, ni odiseas épicas para encontrar botines, ni mucho menos persecuciones a maleantes para llevarlos a la justicia. Campion lo coloca en un entorno más realista y muestra al vaquero con todas las imperfecciones que el ser humano implica.

La directora compone una película que brilla por su sutileza. El guion, basado en la novela homónima del escritor estadounidense Thomas Savage, está aparentemente a la deriva, compuesto de una serie de hechos sin importancia, pero que hacen progresar discretamente la trama y que además contienen elementos milimétricamente pensados que revelan las carencias y obsesiones de nuestro complejo protagonista. De la relación con su hermano y con sus trabajadores, se identifica una necesidad imperiosa por la aprobación y atención masculina; de su odio a Rose y su aversión al género femenino, una misoginia latente y de su mordacidad hacia Peter, así como su obsesión por Bronco Henry, un sentimiento reprimido a causa de su comportamiento casi inercial.

La puesta en escena de El poder del perro, así como su puesta en cámara, dotadas de erotismo y cargadas de simbolismos (pero sin dejar la elegancia y la mesura) revelan hábilmente el estado mental de sus personajes. Además, retrata hábilmente las dos caras de su protagonista: representa al Vaquero seguro e imponente con planos fijos y abiertos, pero acorrala a la persona vulnerable y frágil con planos cerrados e inestables.

Pero la cinta no sólo brilla por una historia bien diseñada o un apartado visual hermoso y diestramente ejecutado, sino también por sus intérpretes. Las actuaciones de Kirsten Dunst, Jesse Plemonts y Kodi Smith Mcphee son sobresalientes, pero es Benedict Cumberbatch quien se lleva las palmas, guiando a su personaje a través de muchas emociones con la misma destreza. Emoción tras emoción, pasando de la agresividad y la soberbia, a la pasividad y la empatía, a la tristeza y melancolía, complementando de manera excelente esta revisión a la conducta jinete del oeste.

Y es con esta pericia y esta sutileza tan bien manejada, que la directora Jane Campion entrega en El poder del perro no sólo un retrato y examinación de los elementos más nocivos de la masculinidad, sino también uno de los wésterns revisionistas más interesantes de los últimos años, eliminando al Vaquero Heroico y poniendo en su lugar al psicópata quebradizo y deleznable, a la vez que expone las consecuencias de su dañino comportamiento, todo impregnado de la enorme sensibilidad de su realizadora. 

El poder del perro, disponible en Netflix, está nominada a ocho premios BAFTA (a realizarse el 13 de febrero), entre ellas Mejor Película, Mejor Actor y Mejor Dirección.

Ve aquí el tráiler de El poder del perro 

Este texto se realizó en el Taller de  periodismo cinematográfico, impartido por la editora en jefe de Zoom F7, Leticia Arredondo. 

 

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