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No Dejes a los Niños Solos: terror, infancia y nostalgia por los 80 en el cine mexicano

No dejes a los niños solos Emilio Portes

No Dejes a los Niños Solos confirma al mexicano Emilio Portes como una voz sólida del terror mexicano contemporáneo: altos valores de producción, un dúo actoral que transmite inocencia y maldad a partes iguales, y un diseño sonoro y visual que rinde homenaje a clásicos como Poltergeist.

Por: Alexis Ruiz

Allá en los 80, quedarse en casa solo con tus hermanos, si acaso con una televisión que funcionaba con antena, en muchos casos se traducía en jugar y experimentar con objetos cuando menos peligrosos para unos niños. Retomando esa experiencia, que se ha diluido con el tiempo a causa de los aparatos tecnológicos, como el celular y la tablet, Emilio Portes —Pastorela (2011) y Belzebuth (2017) nos muestra la conflictiva dinámica de dos hermanos de ocho y 10 años, Emiliano (Ricardo Galina) y Matías (Juan Pablo Velasco), respectivamente, tras quedarse solos en su nueva y enorme casa debido a que su madre viuda, Catalina Camacho (Ana Serradilla), debe salir a una reunión nocturna para concretar el trámite con el que adquirirían la vivienda a la que recién se mudaron.

No Dejes a Los Niños Solos se presenta como una carta del terror mexicano contemporáneo que logra una pulcra ejecución en sus distintos departamentos, principalmente en el actoral, con dos (muy) jóvenes actores que transmiten inocencia, ingenuidad y maldad al mismo tiempo. En lo técnico se distingue por un diseño sonoro que envuelve, junto con planos, iluminación y movimientos de cámara que logran una identidad estética que rinde homenaje a las inspiraciones del director. También tenemos un guion que, de la mano de su montaje, construyen una progresión dramática que conduce a un desenlace que, si bien un tanto predecible, no palidece en su impacto emocional.

No dejes a los niños solos Emilio Portes
‘No Dejes a los Niños Solos’ (2026)

El valor actoral de Ricardo y Juan Pablo, en palabras del director, reside en que ambos interpretan a niños opuestos a su personalidad en la vida real. Mientras que Ricardo suele ser el hermano que bullea y que se impone, Juan Pablo tiende hacia la introversión, la tranquilidad y la sumisión. Un temperamento opuesto en cada uno. De este modo, el repudio hacia Matías es ineludible por sus abusos de fuerza y madurez contra su hermano, en tanto que la simpatía del espectador hacia Emiliano funciona como ancla emocional de la película, al igual que con Catalina, quien pelea en el terreno de lo político contra los monstruos de carne y hueso pertenecientes al mundo material, que son la corrupción y el machismo en una época en la que el feminismo aún no terminaba de concluir su segunda ola de lucha.

Por otra parte, es cierto que parte de los recursos narrativos colocados con el fin de generar miedo o suspense zigzaguean peligrosamente la línea entre el homenaje y el lugar común o el cliché. Algunos funcionan y son claros, por ejemplo, una TV en el cuarto de los protagonistas que se enciende sin motivo aparente en estática, convirtiéndose por momentos en la única fuente de luz diegética es, por supuesto, una referencia directa a Poltergeist (Tobe Hooper, 1982). O emplazamientos de cámara fantasmales y flotantes con encuadres repletos de puntos de fuga que referencian a Stanley Kubrick. Sin embargo existen algunos pocos que te extraen por momentos de la ficción, como la respiración misteriosa  apenas verosímil de un desconocido a través del teléfono a lo Scream (Wes Craven, 1996).

‘No Dejes a los Niños Solos’ (2026)

El valor de No Dejes a Los Niños Solos recae también a nivel de industria, específicamente, de exhibición: según números del analista Edgar Apanco, al 25 de mayo logró recaudar +$27 millones de pesos, ocupando el número cinco de lo más taquillero del cine nacional en lo que va del 2026.

Finalmente, la más reciente entrega de Emilio Portes (ganadora del Blood Window Award del Festival de Cine de Sitges, entre otros premios) cumple con la promesa de contar una historia que engendra miedo para una audiencia adicta a experimentar dicha emoción al interior de una sala de cine. Es un logro que se construye con altos valores de producción, actuaciones que alcanzan su cometido emocional y narrativo, en conjunto con recursos visuales, de guion y referenciales que sirven de reminiscencia de los clásicos ochenteros que marcaron la historia del séptimo arte. 

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