En el buen sentido, El final de la Calle Oak es una broma de mal gusto que termina convenciéndonos de que existe absoluta lógica entre dinosaurios y agujeros de gusano, además de otro éxito comercial que reafirma la vitalidad de las salas de cine.
SINOPSIS: Denise (Anne Hathaway) y Greg (Ewan McGregor) deben interrumpir su inevitable separación para salvar a sus hijos adolescentes de hambrientos dinosaurios que aparecieron en el vecindario. El escape de ese mundo jurásico parece imposible, si no fuera por extrañas luces que podrían explicar tan extraño viaje en el tiempo.
El mayor desafío para los creadores de ciencia ficción no es construir tramas “perfectas” y racionales, sino que sus rarezas narrativas provoquen alguna reacción en el público. Con su audaz El final de la Calle Oak (The End of Oak Street, 2026), el director y guionista David Robert Mitchell demuestra que solo basta una referencia al popular Cosmos de Carl Sagan para justificar el tremendo deus ex machina al final de la película, evitando los dispositivos mágicos o fundamentos científicos rebuscados. Añadiendo el toque de trivialidad necesario en cualquier blockbuster, la producción desarrolla soluciones argumentales que sorprenden por lo efectivo de su aparente simpleza, evocando a la mejor sci-fi hollywoodense del siglo pasado, especialmente aquella alimentada por paranoias estadounidenses ante eventos casi improbables.
Al igual que en sus proyectos anteriores, el universo suburbano de David Robert Mitchell sigue luciendo despreocupado y ordinario, lo cual ayuda a que la fantasía tenga mayor impacto en espectadores que ya han visto demasiadas “películas jurásicas”, a pesar de que algunos recursos sean tan prácticos como luces entrando por la ventana, gritos en la noche, la imagen de un dinosaurio oculto hurgando entre la basura o la partitura de Michael Giacchino. Aunque los efectos especiales son fundamentales, el director priorizó la idea de una cotidianidad interrumpida por una devastación que había comenzado con la ruptura de los protagonistas.
En el fondo, la verdadera catástrofe es la decadencia del American way of life, simbólicamente representada por la desaparición de la propiedad privada o la imposibilidad de enajenarse del mundo debido al acecho de depredadores. Sin ponerse demasiado profundo, el director da un trasfondo existencial a esa pesadilla que ya se vislumbra antes de la llegada de los dinosaurios, reflejada en la insatisfacción de los cuatro miembros de la familia Platt al inicio de la película. Hasta cierto punto, El final de la Calle Oak guarda una fuerte conexión con el terror de It Follows (2014), mostrándonos cómo el trauma es superado cuando la lucha por la supervivencia se convierte en rutina. Paradójicamente, lo fantástico es un golpe de realidad para los personajes sobre el estado de esas esperanzas rotas que alimentan la novela de Denise (Hathaway).

Debido a esa carga emotiva, es inevitable reconocer la influencia de Steven Spielberg en El final de la Calle Oak, pero no por su afinidad con Jurassic Park (1993), sino en virtud de esa nostálgica forma de convertir cualquier evento extraordinario en una melosa aventura que predeciblemente tendrá final feliz. No obstante, dicho estilo Amblin también está compuesto por gustos y anécdotas personales de David Robert Mitchell, quien ha perfeccionado su talento para volver deslumbrante cualquier género, sin importar lo “convencional” del montaje o la puesta en escena. Evitando giros abruptos en la trama, el editor John Axelrad es fiel al ritmo suave en sus colaboraciones con James Gray (especialmente, Ad Astra) para dar mayor verosimilitud a un escenario tan artificioso, en beneficio del esbozo de drama familiar que acompaña a la ciencia ficción.
Algunas decisiones son muy llamativas por lo extraño de su ejecución, como el enfoque dividido (split diopter) durante diálogos que profundizan en la psique de los personajes, sustituyendo el típico batido de cultura vintage que hemos visto en docenas de películas post-Stranger Things por un lenguaje académico que evoca con mayor precisión al suspenso clásico de The Birds (1963) o Jaws (1975). Mediante ventanas y puertas, el director establece una coreografía en interiores y exteriores que fácilmente nos transmite la adrenalina de los personajes, creando un producto que podría considerarse lo más cercano a una versión contemporánea y austera de Jumanji (1995).
Es inevitable reconocer la influencia de Steven Spielberg en El final de la Calle Oak, pero no por su afinidad con Jurassic Park (1993), sino en virtud de esa nostálgica forma de convertir cualquier evento extraordinario en una melosa aventura que predeciblemente tendrá final feliz.
Homenajeando la magia televisiva de The Twilight Zone, David Robert Mitchell se esfuerza por lograr que la tensión no dependa exclusivamente del CGI o el diseño de producción, sino de la experiencia claustrofóbica que pueda transmitir el histrionismo de los actores. Aunque la película se ajusta al estándar del productor J.J. Abrams, el toque artístico del director sobresale en todas las secuencias que acentúan el acecho a paso lento y la ansiedad provocada por depredadores sigilosos que recuerdan al espíritu de It Follows. Tras el difuso noir de Under the Silver Lake (2018), el cineasta ha descubierto los elementos de su autoría que reactivan la atención del público, como el heroísmo de un perro o la muerte del vecino odioso, muy al estilo de la famosa escena del excusado en Jurassic Park.
Debido a la corta duración del metraje, la película no profundiza en varios conflictos que son excesivamente simplificados en el corte final, como un fortuito romance queer o la conexión afectiva entre el joven Brian (Christian Convery) y su mascota. Las subtramas de los adolescentes son el punto más débil en la historia, especialmente porque provocan que la búsqueda nocturna de Starbuck sea un tramo insustancial que solo sirve para introducir a la vecina Jeannette (Jordan Alexa Davis) y preparar el terreno para la tragedia.
Aunque tal falta de detalle en ciertos tópicos ocasiona que el largometraje pierda fuerza en algunos momentos, los logros técnicos y actorales compensan lo inacabado del apartado dramático. Las largas secuencias también ayudan a que el filme tenga más apariencia de cine indie que parecido con los habituales estrenos veraniegos, porque es evidente que Mitchell y Mike Gioulakis (director de fotografía) dieron mayor importancia a la ubicación de las cámaras que a las improvisadas soluciones en postproducción.
Es cierto que la aventura tiene bastantes influencias de clásicos ochenteros insuperables, pero el realizador ofrece un espectáculo auténtico que confirma la rentabilidad de cualquier género si la producción tiene el tiempo necesario para arreglar sus problemas narrativos sin comprometer la esencia del proyecto, tal como lo confirman las filtraciones del desenlace original. En el buen sentido, El final de la Calle Oak es una broma de mal gusto que termina convenciéndonos de que existe absoluta lógica entre dinosaurios y agujeros de gusano, además de otro éxito comercial que reafirma la vitalidad de las salas de cine.
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