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La Odisea: un espectáculo de imágenes incompletas que aún conserva cierta belleza

la odisea critica

La Odisea cautiva sin la necesidad de tantos artificios técnicos, debido a la construcción de un dramático retrato de las heridas ocasionadas por cualquier guerra, las cuales son representadas por un notable mosaico de personajes secundarios e incidentales. 

SINOPSIS: Acosados por abusivos pretendientes, Penélope (Anne Hathaway) y su hijo Telémaco (Tom Holland) intentan contener la crisis política desatada por la ausencia del rey en Ítaca, mientras el desorientado Odiseo (Matt Damon) permanece refugiado en la isla de la ninfa Calipso (Charlize Theron), quien le ayuda a recordar cuál fue el destino de su tripulación tras abandonar la ciudad de Troya. 

El guion de David Benioff para Troya (Troy, 2004) demostraba que omitir lo mágico de La Ilíada podía exaltar el “lado humano” de la historia, pero también afectaba al tono épico de una guerra que era reducida a una contienda rápida y furiosa. Lo lírico de la epopeya permitía llevar la fantasía a cualquier terreno, pero la ausencia de los caprichos y resentimientos divinos limitó los recursos narrativos de una película que dependía enteramente del poco carisma de sus celebridades. 

Por tal motivo, sorprende que un cineasta tan práctico como Christopher Nolan explotara los elementos mitológicos en su versión de La Odisea (The Odyssey, 2026), incluso cuando las intervenciones de los dioses en el poema son más escasas que en La Ilíada. El sofisticado desarrollo de lo mágico alcanza su punto más alto con la magistral Circe de Samantha Morton, entregándonos un brutal body horror que jamás se hubiera esperado de tal director. Además de sus planos “perfectos”, el principal atractivo de esta adaptación es el fino hilo de violencia y terror que teje la trama, con imágenes tan impactantes como la presentación de un espectral Agamenón (Benny Safdie) o el desmembramiento gráfico de soldados en la cueva de Polifemo.  

En cierto sentido, con La Odisea nos encontramos frente a la obra menos frívola del realizador, dado que la acción no solo sirve como pretexto para desafiar los límites del formato IMAX.

Lo mitológico también se entremezcla con lo psicológico, siendo la apariencia adoptada por Atenea (Zendaya) un ingenioso recurso para actualizar lo arquetípico del Ulises literario, sustituyendo la nostalgia por un moderno sentimiento de culpa, motivado por los “diez años de ira” en Troya. El rol de la diosa y su revelación final conforman una alegoría sobre desmesuras y crímenes de guerra que no eran tan indignos en el mundo antiguo, pero que hoy serían el equivalente a romper pactos sagrados. Con un sesgo muy estadounidense, el director ahonda en las consecuencias de los conflictos bélicos mediante el estrés postraumático de un héroe que no tenía tantos remordimientos en la epopeya de Homero. 

En cierto sentido, nos encontramos frente a la obra menos frívola del realizador, dado que la acción no solo sirve como pretexto para desafiar los límites del formato IMAX. La espectacularidad visual está sujeta a ciertos diálogos que anulan lo virtuoso de la guerra, especialmente cuando tantas muertes y tragedias son provocadas por los “ardides” de unos cuantos hombres. El honor no depende de la valentía demostrada en el campo de batalla, sino de una integridad moral que también involucra a quienes se quedan en casa, como bien lo demuestra el contraste entre Sinón (Elliot Page) y Antínoo (Robert Pattinson). 

Crítica de la odisea Christopher Nolan
‘La Odisea’ (2026)

A diferencia de otros trabajos del cineasta, donde ni siquiera importa si el espectador entiende la totalidad del argumento, en esta adaptación tiene mayor relevancia el rol de Nolan como guionista que sus proezas fílmicas o lo anecdótico de la producción. Mientras en Oppenheimer (2023) se forzaba la empatía hacia “el padre de la bomba atómica”, La Odisea cautiva sin la necesidad de tantos artificios técnicos, debido a la construcción de un dramático retrato de las heridas ocasionadas por cualquier guerra, las cuales son representadas por un notable mosaico de personajes secundarios e incidentales. 

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La trascendencia del subtexto es evidente desde el marketing de la película, especialmente con esos carteles que muestran el casco de Agamenón o la cabeza de Atenea como indicios de que la mala fortuna de Odiseo es otra cara de la devastación ocasionada por arrebatos pasionales. Aunque se trata de una versión que omite gran parte de los valores poéticos del texto, el desarrollo dramático de la historia demuestra que el director está más apegado a la tradición literaria de lo esperado, ampliando el relato homérico más allá de una simple aventura marítima, con otras tragedias célebres sucediendo paralelamente. 

Conectando con Dunkirk (2017), La Odisea da particular relevancia a la experiencia traumática de los soldados anónimos sobre quienes se construye la gloria de los héroes legendarios, ya sea mediante la claustrofóbica escena del caballo, el lamento de las almas de quienes no fueron sepultados o la desconfianza de Circe (Morton) contra los militares forasteros, como si la hechicera fuera un personaje de Ven y mira (Idi i smotri, 1985). No obstante, dicha lectura antibélica debe tomarse con pinzas, debido a ese gran “elefante en la habitación” que presentan todas las producciones filmadas en el Sahara Occidental.

El diseño de producción intenta llevar lo épico a un escenario más agreste, pero aún se sigue viendo tan impoluto como la mayoría del cine de época contemporáneo, sobre todo ese Juego de Tronos ambientado en Ítaca. Probablemente influenciado por el folclore hostil de Robert Eggers en El hombre del norte (The Northman, 2022), Nolan convierte lo homérico en una experiencia que es más motivada por pulsiones shakespearianas que por tópicos clásicos. Sin embargo, aunque la mayoría de los cantos son alterados en algún punto, se conserva la esencia general del poema en lo relacionado con la hospitalidad (xenía) que fundamenta la epopeya, uno de los conceptos más enfatizados mediante diálogos e imágenes. 

‘La Odisea’ (2026)

Como lo demuestra la memorable secuencia final en el templo de Atenea, el montaje y la fotografía están al servicio de mensajes concretos, en lugar de crear un festival con esporádicos fuegos artificiales, como el impacto de un Boeing 747 o la recreación a escala de una explosión atómica. En otras palabras, la fotografía de Hoyte van Hoytema es un sustituto de la poesía escrita, al mismo tiempo que constituye una amalgama perfecta entre una intención evocativa y la ostentosidad hollywoodense. Igualmente, Jennifer Lame (editora) crea una muñeca rusa de tiempos narrativos que pone a Ítaca como escenario principal, encontrando un ritmo que condensa la acción sin perder la armonía y claridad de la historia, dando su tiempo exacto a cada plano filmado en IMAX.

Evidentemente, el éxito de Oppenheimer abrió las puertas para la filmación de La Odisea, lo cual explica la infinidad de caprichos que integran la nueva excentricidad de Nolan; una producción llena de contradicciones tan absurdas como el esfuerzo técnico para crear una carcasa que aísla el ruido de cámaras IMAX, pero la imposibilidad de filmar con mayor metraje o proyectar la película en su ratio original. Sin embargo, aunque estamos frente a un producto mutilado, eso no impide apreciar el talento de Nolan para transformar un material tan académico en otro efectivo espectáculo que explota la sensación (muy fantasiosa y tramposa) de retorno a los años dorados del celuloide.



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