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El Mono: Oz Perkins abraza el absurdo como sello creativo

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Aunque el tono humorístico predomina en la historia, El Mono también sirve de fábula ligera sobre el miedo a la muerte, traumas y secretos familiares. 

Los gemelos Bill y Hal encuentran un juguete en forma de mono que ocasiona muertes violentas cuando le dan cuerda. Tras una trágica pérdida, los niños deciden ocultar al muñeco para siempre. Veinticinco años después, Hal (Theo James) descubre que el mono ha regresado e intenta detenerlo con la ayuda de su hijo Petey (Colin O’Brien), a quien solo visita una vez al año. 

Definitivamente, Longlegs (2024) fue una de las mayores decepciones del año pasado, debido a una pésima fusión de géneros. Era difícil saber si se trataba de un thriller fallido que caía en comedia involuntaria o un humor negro demasiado inofensivo. En aquel filme, el director Osgood Perkins introducía su toque malsano sin ninguna justificación, ya fuera mediante grotescos personajes (como el doctor interpretado por Shafin Karim) o algún alocado giro argumental. La experiencia no era mala, pero tampoco placentera. 

Para su adaptación del relato corto de Stephen King, el cineasta ha modulado su mezcla de humor y terror, pues El Mono (The Monkey, 2025) tiene un retorcido desenfreno que se disfruta de principio a fin, incluso cuando la fantasía es demasiado aleatoria. La falta de seriedad y formalidad resulta el mayor aporte en esta nueva tomadura de pelo (en el buen sentido), pues Perkins encuentra en lo absurdo del cuento una oportunidad para introducir excesos autorales y elementos intrusivos que rompen ingeniosamente el hilo del suspenso.

Todas las muertes son predecibles, pero suceden en formas tan espectaculares que se vuelven memorables sin importar lo efectivo o no de la ficción. El hecho de que existiera una base narrativa literaria —ya que Perkins tiende a flaquear en la escritura de argumentos— le permitió a los departamentos técnicos elevar el tono estético de la violencia gráfica, sin salirse de los límites establecidos por Stephen King.  Como resultado,  la producción dio al proyecto un aspecto de cuento infantil que combina a la perfección los típicos conflictos del autor con el sello cinematográfico del director. 

La producción dio a El Mono un aspecto de cuento infantil que combina a la perfección los típicos conflictos del autor con el sello cinematográfico del director. 

Intencionalmente cursi, Perkins crea una atmósfera naif que presenta a todos los personajes como imbéciles de manual, exceptuando al primer círculo familiar de Hal (Theo James), que llamativamente destaca del coro de víctimas prescindibles. La madre burtoniana —interpretada por la maravillosa Tatiana Maslany— conecta directamente con el pasado mediático del director, pues esas pinceladas de delicadeza se sienten como algo “personal” y todavía doloroso. De hecho, el mismo realizador ha mencionado que de forma espiritual I Am the Pretty Thing That Lives in the House (2016) trata sobre su padre, Longlegs (2024) es acerca de su madre y El Mono explora la relación con su hermano Elvis Perkins. 

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‘El Mono’ (Oz Perkins, 2025)

Aunque el tono humorístico predomina en la historia, el largometraje también sirve de fábula ligera sobre el miedo a la muerte, traumas y secretos familiares, pero añadiendo una dosis de sugestiva ambigüedad. Así como es difícil determinar si el mono ocasiona todas las tragedias o solo acelera el curso del destino, los gemelos viven obsesionados por miedos y rencores que podrían carecer de justificación, ya que los “horrores heredados” son pretextos para evadir algunas responsabilidades. Ya sea Hal culpando al juguete por su ausencia como padre o Bill confundiendo su instinto criminal con sed de venganza, ambos protagonistas representan el impulso humano de encontrar explicaciones “mágicas” a eventos que solo son producto de nuestra vileza.

Paradójicamente, los elementos sobrenaturales (como el jinete en la avenida o la “teletransportación” del mono) aportan el golpe de “realidad” a la ficción, resumido en la leyenda Like Life, puesto que nada es accidental cuando la muerte es el inevitable destino final. En un sentido babadookiano, los sobrevivientes deberán aceptar que nunca podrán vencer a “la maldición” (representación física de sus “monstruos” internos), siendo la mejor solución aprender a sobrellevar los horrores de la vida. 

Para enmarcar esas ideas, Perkins introduce referencias aleatorias que van desde la pesadilla paranoica de Vértigo (1958) hasta guiños a National Lampoon’s Vacation (1983). Graham Fortin y Greg Ng (mismos editores de Longlegs) hacen un trabajo espectacular a la hora de convertir los momentos de horror en impredecibles remates cómicos, los cuales dan al filme un aspecto casual, grotesco y banal, entregándonos la versión más relajada y divertida del universo literario de Stephen King. Sorprendentemente, este filme comercial da mayor claridad sobre la propuesta artística de Osgood Perkins, empeñado en convertir las tragedias familiares en bromas pesadas. 

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