Caminos Cruzados (Crossing) es una hermosa road movie sobre un espíritu joven atrapado en un cuerpo otoñal, siendo la música, el ambiente urbano turco y la compañía del carismático Achi las llaves para liberar todas sus emociones.
En la búsqueda de su sobrina Tekla, Lia (Mzia Arabuli) se embarca en un viaje hacia Estambul acompañada por Achi (Lucas Kankava), un joven que desea salir de Georgia y dice conocer el paradero de la chica desaparecida. Perdidos en Turquía, reciben la ayuda de la abogada y activista Evrim (Deniz Dumanli), quien podría haber encontrado al hombre de sus sueños en un taxi.
Algunas ocasiones, el final de una obra nos puede regalar claves importantes sobre las intenciones de su autor. Por ejemplo, cuando François Ozon decidió que en El tiempo que queda (Le temps qui reste, 2005) su protagonista muriera de otra enfermedad que no fuera sida, lanzaba un mensaje contra el estigma social hacia la comunidad; de igual forma, el desenlace romántico de Carol (la novela de Patricia Highsmith) es la perfecta muestra de cómo las conclusiones no-trágicas ayudan a borrar el sufrimiento como condición inherente de la vida queer.
Conectando Al final bailamos (And Then We Danced, 2019) con Caminos Cruzados (Crossing, 2024), destaca cómo Levan Akin da a sus personajes destinos esperanzadores, sin importar la hostilidad del entorno. Cuando en su ópera prima todos esperábamos otro golpe al corazón roto de Merab (Levan Gelbakhiani), el director nos regaló una hermosa escena donde su hermano (Giorgi Tsereteli) —alguien criado en el machismo más tóxico de Georgia—lo consuela y le apoya para salir del país en búsqueda de otro estilo de vida. En cierto sentido, Caminos Cruzados representa ese viaje al extranjero de Merab, el cual nos revela que más allá de la frontera tampoco existe la felicidad soñada.
Si bien la travesía de Lia y Archi es el centro del argumento, Evrim (Dumanli) es en realidad quien nos permite descubrir las adversidades cotidianas que enfrentan las personas trans, las cuales terminan convirtiéndose en una cadena de tragedias que conducen hacia un inevitable destino funesto: “el camino siempre es el mismo”, menciona algún personaje. Ya sea reencontrarse con la familia o un romance convencional, el filme busca esos “finales felices” imposibles, debido a la transfobia y las dificultades económicas. Aunque la película sugiere que Tekla tomó el “camino” menos afortunado, Levan Akin nos da una visión luminosa de la tragedia familiar mediante la expiación y el arrepentimiento de Lia (Arabuli), personificación del lado más conservador de la sociedad georgiana.

Tras las protestas de grupos cristianos prorrusos por el estreno de Al final bailamos en Tiflis, el realizador decidió construir una historia intergeneracional que sirviera de cruce entre el pensamiento más tradicionalista y el espíritu laxo representado por Achi (Kankava). El cine queer de Akin muestra las diferentes capas ideológicas que conforman la actualidad “occidental”, donde los grupos disidentes son el único contrapeso real en un sistema totalmente alineado al conservadurismo y los prejuicios.
Los personajes aliados en sus películas son casi fantasías ingenuas que rompen con el curso de la discriminación, los discursos de odio y la violencia. Un ejemplo de lo anterior es la cautela de Evrim hacia el flirteo del taxista Ömer (Ziya Sudancikmaz), porque la vida le ha enseñado que no hay romances “inocentes” cuando eres una mujer trans, algo que el director logra transmitir magistralmente a la audiencia.
La bellísima cinematografía cálida de Lisabi Fridell aparenta un atardecer eterno que enmarca la tristeza de quienes desaparecieron de sus pueblos y aldeas, ya sea huyendo de la violencia o debido a la falta de oportunidades laborales. De hecho, la decisión de convertir a Estambul en el escenario de Caminos Cruzados surgió durante la investigación del cineasta para Al final bailamos, pues la mayoría de personas trans entrevistadas habían emigrado principalmente a Turquía con el objetivo de conseguir un empleo, aunque el encarecimiento del estilo de vida en Estambul las volvía a poner en el mismo lugar vulnerable que tenían en sus países de origen.
Con un estilo narrativo que recuerda a otras “historias cruzadas” como Al otro lado (Auf Der Anderen Seite, 2007), el filme también explora la nostalgia a través de Lia (Arabuli), la estricta profesora jubilada que encuentra en Estambul un pequeño desfogue a la pasión reprimida en Georgia, debido a su prestigio como autoridad. Akin escribe esta hermosa road movie sobre un espíritu joven (sin experiencia) atrapado en un cuerpo otoñal, siendo la música, el ambiente urbano turco y la compañía del carismático Achi (Kankava) las llaves para liberar todas sus emociones y pensamientos apaciguados por el alcohol.
A pesar de su tono festivo y esperanzador, el cine de Akin es incluso más devastador que un drama crudo y pesimista, pues plantea reencuentros y reconciliaciones poco probables en el mundo real, tan lleno de odio y marginación. Caminos Cruzados puede dejar una huella perdurable en el espectador, porque construye poderosos momentos que conectan fácilmente con los propios remordimientos: un abrazo no dado, algo jamás dicho o las despedidas que nunca sucedieron.
Caminos Cruzados se estrena en MUBI Latinoamérica el 30 de agosto
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