Fiesta en la madriguera evita la “apología” a la violencia y también cualquier tipo de reflexión profunda sobre la crueldad a la que se enfrenta el joven protagonista en su primer “despertar”.
Tochtli (Miguel Valverde) vive en una auténtica jaula de oro, al margen de los negocios criminales de Yolcaut (Manuel Garcia-Rulfo), su complaciente padre y el narcotraficante más temido de la región. Con una fantasía alimentada por los conocimientos del profesor Mazatzin (Raúl Briones), el pequeño protagonista habita en una realidad alternativa donde nada es imposible: solo necesita esperar a que papá le cumpla sus deseos.
Primero, es importante agradecer que no se incluyera la voz en off de Miguel Valverde leyendo fielmente el texto de Juan Pablo Villalobos. Al menos en esta adaptación de la novela homónima, la producción de Fiesta en la Madriguera (2024) logró integrar orgánicamente los eventos narrados en la crónica de Tochtli, sin necesidad de incluir “la primera persona” a rajatabla, como sucedió en la decepcionante No voy a pedirle a nadie que me crea (2023).
El guion del argentino Nicolás Giacobone (colaborador de Alejandro G. Iñárritu) le da un orden cinematográfico al virtuoso caos del libro. A nivel argumental, no hay mucho margen de diferencia entre ambos lenguajes (el fílmico y el literario), pero tampoco es un estricto resumen de la novela, como lo fue Temporada de Huracanes (2023). La adaptación de Giacobone —porque hay más de su trabajo para Iñárritu que de la filmografía de Manolo Caro— deja a un lado la farsa barroca de Villalobos para centrarse en la relación padre-hijo, haciendo la mirada de Tochtli menos sinvergüenza y dando mayor importancia a su pérdida de la inocencia.
Aquí el problema es que a Manolo Caro se le va la mano con la empatía por los personajes y termina saturando la película de su comercial toque naif. La frivolidad de su estilo desdibuja la picaresca y, por ende, resta incomodidad a la experiencia sórdida que ofrece la obra literaria. La sátira de Fiesta en la madriguera se convierte en comedia a secas, porque no se trabaja a nivel visual “la venda en los ojos” de Tochtli. Como si estuviéramos en el universo jocoso de La Casa de las Flores, la relación entre Yolcaut (Garcia-Rulfo) y su hijo no refleja en pantalla la silenciosa maldad que está en el fondo de esa educación a manos llenas.

La novela corta concluye después de la traición de un personaje, con la impunidad y el cinismo cerrando el relato tajantemente. En cambio, la película incluye un final más convencional (asesorado por Villalobos) que intenta dar algo de “justicia poética” a la desmesura de Yolcaut.
El problema con ese cierre es que da a los personajes más colores de los necesarios. Las escenas “post-pozole” nos obligan a tener un poco de simpatía por los protagonistas, porque recalcan el amor padre-hijo en un tono peligrosamente melodramático, como si se tratará de cualquier infancia. Tal conclusión elimina gran parte de la siniestra trivialidad al final del libro, con el pequeño narrador reconociendo el poder despótico que heredará de su padre. Las aportaciones de Giacobone dan mayor legibilidad a la historia, pero le quitan impacto al terror de ver cómo Tochtli normaliza la violencia a su alrededor.
La tibieza de Fiesta en la madriguera se debe también a una falta de apropiación de la historia por parte del director, desde su propia visión política. El nexo entre gobierno y narcotráfico es retratado mediante lugares comunes, que resultan ingenuos al compararse con el resto del cine sobre narcotráfico producido durante la última década. Caro dispone de excelentes recursos (como la oportunidad de filmar en Namibia), pero el corte final es parecido a un contenido televisivo, no muy diferente a sus comedias románticas. Las limitaciones creativas de Manolo Caro son más obvias en esta adaptación, porque los discursos complejos de la película —lo relacionado con el honor o la condescendencia— ya estaban en el texto de Villalobos, dejando como única aportación del director su “bonita” estética.
Por otro lado, este coming of age a la mexicana evita la “apología” a la violencia y cualquier tipo de reflexión profunda sobre la crueldad a la que se enfrenta el joven protagonista en su primer “despertar”. El humor negro de Villalobos, aún presente en los diálogos, queda reducido a un cursi cuento infantil —en la línea de Érase una vez… pero ya no (Netflix)—, pues lo surreal responde a la urgencia de que todo se vea aesthetic y no a un discurso crítico mediante el alterado punto de vista del niño.
Junto al resto de “adaptaciones” del ¡Que México Se Vea! (Netflix), Fiesta en la Madriguera será más placentera a quienes no han leído el libro; película para pasar el rato y discutir sobre lo que debe o no tener una buena adaptación literaria.
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