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Final de Cien años de soledad: la producción vuelve a superar las expectativas con un hermoso retrato del olvido y la decadencia

Final de Cien años de soledad serie

El final de Cien años de soledad captura la picardía y los colores colombianos, con un humor que da justicia a la prosa de García Márquez. El folclore y la música integran un armonioso viaje cultural que termina con ese agónico vallenato tocado por el acordeón de Aureliano Segundo (Román).

SINOPSIS: Las hazañas militares del coronel Aureliano Buendía (Claudio Cataño) llegan a su final cuando firma un armisticio con el gobierno conservador, marcando el inicio de un declive que llevará a Macondo hacia su trágica destrucción. 

En las adaptaciones literarias siempre existe algún aspecto inalterable que debe sobrevivir a cualquier modificación narrativa. En el caso de Cien años de soledad (Netflix), dicho elemento es casi imperceptible para cualquier artista que no sea colombiano y cuya esencia se encuentra en aquello que diferencia al candor colombiano del de sus vecinos americanos. Para quienes solo recuerdan los rasgos surrealistas de la novela, la versión televisiva podrá resultar menos “mágica” de lo esperado, puesto que las guionistas y los directores supieron reconocer que los cambios sociales eran el verdadero motor de la “fantasía”. 

El desenlace arranca con la paradoja revolucionaria del héroe convertido en tirano y posteriormente reducido a un vago recuerdo de rebeldía; no obstante, la sombra del coronel Aureliano Buendía (Claudio Cataño) es el remanente simbólico de un pasado insurgente que el capitalismo no ha podido eliminar de nuestras venas. Esa perspectiva política fue la mejor forma de acortar la distancia temporal entre el contexto de García Márquez y la actualidad, con empresas que perpetúan el mismo modelo de explotación laboral desde los tiempos bananeros. Demostrando su erudición histórica, las guionistas (Natalia Santa y Camila Brugés) dan una lectura edificante a la llama sindicalista en América Latina, entendiendo a la “subversión” como el único camino posible en ese ciclo infinito. 

Considerando que el continente transita por un periodo ultraconservador, esta serie conecta involuntariamente con la actual perspectiva de un futuro siniestro. La segunda entrega de episodios tiene una gradual transición hacia el terror ocasionado por la llegada de Fernanda del Carpio (Laura Taylor) y el nacimiento de la United Fruit Company, cuyo colonialismo es la gran tragedia que comparten la ficción y el mundo real. El sexto capítulo no solo es una recreación de la Masacre de las Bananeras, sino un memorial que hiela la sangre por su impactante recordatorio sobre la crueldad militar. Dado que el trauma motivado por un fusilamiento es crucial en el arco de José Arcadio Segundo (Julián Román), esta adaptación desarrolla un discurso contra la falsa “normalización” de la violencia en América, pues el derramamiento de sangre tiene más raíces políticas y económicas que sociales. 

Cien años de soledad: más “realismo” colombiano, menos magia y exotismo

Al otro extremo, tenemos la reflexión sobre cómo el conservadurismo local tiende a ensombrecer la algarabía de los pueblos, ya que esa obsesión por las sociedades “civilizadas” solo produce dolor y sufrimiento. La talentosa triada de actrices (Taylor, Carla Baratta y Margarita Rosa de Francisco) convierte a Fernanda del Carpio en un detestable personaje que representa el repudio occidental hacia las tradiciones de sus colonias. Como buena blasfema, la showrunner (Laura Mora) se burla del inevitable patetismo que desencadena el autocolonialismo y la patética negación de nuestras raíces mestizas. 

El horror desatado por el ejército y la religión es opuesto a la eufórica sensación de carnaval eterno que envuelve al Macondo de Laura Mora, porque los picos dramáticos de la serie suceden cuando el amor o el rencor entran a la casa de los Buendía. La producción logró conceptualizar a la perfección los momentos más icónicos del texto, como la tierna existencia de Remedios, la bella (Daniella Reyes), las mariposas amarillas o la muerte felliniana del coronel Aureliano Buendía. No obstante, aunque algunas subtramas son golosinas narrativas que superan a nuestra imaginación, como el romance de Meme (Juanita Molina) y Mauricio Babilonia (David Palacios Cortés), el preciosismo visual no nos distrae del trasfondo político en la historia.  

Final de Cien años de soledad

El capítulo final es un colofón que prolonga una historia de la que ya no queda mucho por contar, pero cuya banalidad nos permite apreciar la verdadera esencia de esta adaptación. Aquella vida bohemia y errática de Aureliano Babilonia (Sebastián Osorio) se convierte en lo más poético de la serie, pues supone la profanación del legado y la memoria familiar de los Buendía. Mora dirige un hermoso epílogo que embellece la destrucción y la levedad existencial durante los últimos días de Macondo; una rareza con estilo “cinematográfico” que vuelve aún más retorcido el triunfo del olvido y la muerte, donde la llegada de un hilarante José Arcadio (Emmanuel Restrepo) vuelve más estrambótica la caída de la “ciudad ruidosa con casas de paredes de espejo”.  

La segunda parte viene acompañada de un extraordinario diseño de producción (Eugenio Caballero) que construye algo más complicado que un universo sobrenatural: el declive de un pueblo. En los últimos episodios se resalta la existencia de Macondo como otro personaje, con un arco que va del esplendor progresista a la húmeda podredumbre. Todas las etapas son fascinantes, pero la lluvia eterna del penúltimo capítulo (dirigido por Carlos Moreno) es el punto más alto y complejo de ese poema sobre la memoria y el abandono que la producción se esfuerza por lograr. 

A pesar del oscuro trasfondo histórico, la segunda parte captura la picardía y los colores colombianos, con un humor que da justicia a la prosa de García Márquez. El folclore y la música integran un armonioso viaje cultural que termina con ese agónico vallenato tocado por el acordeón de Aureliano Segundo (Román). Los ritmos caribeños rematan aquellas intenciones que lo visual no puede expresar, transformando a la serie en un espectáculo multisensorial que estimula nuestra sangre latina.

El montaje visual y sonoro acentúa lo sublime del ocaso, ralentizando el tiempo durante los momentos más evocativos o cuando las pasiones de los personajes se desbordan. Superficialmente, parece que la voz de Jesús Reyes lleva la trama, pero los verdaderos artífices de esa magia son los editores, quienes realizan malabarismos en la construcción de brillantes elipsis que vuelven armónico el curso acelerado de los eventos. Al mismo tiempo, ese abanico musical y los planos hiperestilizados son el complemento perfecto de la resplandeciente fotografía de Camilo Monsalve y James Brown, apenas alterada por la austeridad y la luz azul que ilumina la presentación de Fernanda del Carpio. 

Además de conformar un talentoso ensamble nacional, las directoras de casting lograron lo imposible: que el gradual cambio de actores a través de las generaciones no se sintiera discontinuo, especialmente ese temerario relevo de la aspereza actoral de Claudio Cataño con el carisma de Julián Román, quien convierte a los gemelos Buendía en el centro dramático de ese fallido sueño progresista. Sin ninguna concesión, la adaptación lleva la destrucción de Macondo hasta sus últimas consecuencias, capturando todos los claroscuros de la identidad colombiana que Gabriel García Márquez incluyó en su novela, los cuales van de la jocosidad latinoamericana a la crueldad desatada por sus gobiernos corruptos. En otras palabras, Cien años de soledad da claridad a aquello que los extranjeros perciben como “mágico” o “surrealista”, pero que en realidad se trata de nuestra cotidianeidad en su forma más cruda. 

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