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Leviticus: una forma ingeniosa de representar los horrores de la homofobia y el fanatismo religioso

Crítica de la película Leviticus

SINOPSIS: Como venganza por el flirteo de Ryan (Stacy Clausen) con otro chico, Naim (Joe Bird) expone la orientación sexual del joven con los líderes religiosos de la comunidad, sin saber que el castigo será la represión de cualquier impulso sexual mediante un ente maligno que toma el aspecto de las personas que despierten el deseo de los poseídos.

En el cine de terror australiano existe una relación peculiar con los traumas y demonios internos, ya que la aceptación siempre llega como una agridulce resignación a vivir con el infierno desatado. La idea de adaptarse a la tragedia es una cuestión que el director Adrian Chiarella utiliza para hablar sobre homofobia en Leviticus (2026), ópera prima que lleva al terreno de lo sobrenatural el ostracismo de quienes viven atrapados en entornos conservadores. El director utiliza el cine de género para profundizar en los mecanismos de resiliencia que las personas queer han desarrollado para sobrellevar la herida abierta causada por el rechazo social. 

El largometraje de Chiarella es una embestida contra las religiones y sectas que utilizan la “espiritualidad” para difundir el odio contra la comunidad LGBTIQ+, siendo el aislamiento el primer paso de la manipulación. De hecho, el título es una referencia al versículo 18:22 del Levítico (“no te acostarás con un hombre…”) con la intención de remarcar el origen cristiano de ese “demonio” que tiene más rasgos humanos que mágicos. Aunque el mensaje del filme resuena en cualquier parte del mundo, el cineasta enfatiza las características locales del relato para entregarnos una mirada fiel al fanatismo religioso de Australia. 

Leviticus desarrolla un tratamiento más amplio sobre los peligros de explorar nuestra libre sexualidad, especialmente cuando existen amenazas latentes que lo convierten en cuestión de vida o muerte.

Aunque la crítica directa es hacia las terapias de conversión, Leviticus desarrolla un tratamiento más amplio sobre los peligros de explorar nuestra libre sexualidad, especialmente cuando existen amenazas latentes que lo convierten en cuestión de vida o muerte. En lugar de distanciarse de la realidad, el horror da a la película una cruda perspectiva que condensa todos los miedos experimentados por el ambiente queer; un pánico que ha estado presente durante la criminalización de la homosexualidad del siglo XX, la pandemia del VIH o cualquier retroceso político hacia la extrema derecha. Como el ficticio demonio, la homofobia es una bestia que nunca muere, ni siquiera en los momentos más progresistas de la historia. 

A pesar de sus similitudes con It Follows (2014), incluyendo un prólogo que muestra al demonio en acción, Chiarella introduce toques de melodrama para crear un relato más parecido a Close (2022) que a las reinterpretaciones contemporáneas del slasher. Evitando la recurrente corrección política del cine queer, el director desarrolla protagonistas imperfectos que cometen errores como cualquier persona, sin los clásicos maniqueísmos que solo ven víctimas y victimarios en las representaciones LGBTIQ+ del cine. Supuestamente inspirado por Solaris (1972), el desasosiego de los personajes también está motivado por culpas personales, en lugar de reducirse al simple acoso de un ser maligno. 

Crítica de la película Leviticus
‘Leviticus’ (2026)

Mezclando arquetipos maternales que recuerdan al resentimiento de The Babadook (2014) o la turbación de Yo maté a mi madre (J’ai tué ma mère, 2009), el realizador representa con el personaje de Mia Wasikowska los inevitables desencuentros familiares que enfrenta una persona homosexual. Desde “microagresiones” hasta violentas intervenciones, el filme retrata a la perfección la sensación de vivir en un infierno mientras todos continúan como si nada ocurriera, siendo la indiferencia de la madre frente al dolor de su hijo el elemento más cruel y aterrador de todo el metraje. 

En realidad, el horror es un recurso para darle mayor fuerza al melodrama, que es el género central de la trama. El propio Chiarella menciona que el romance duraba más minutos en pantalla, pero fue sintetizado en la sala de montaje. Algo de ese antagonismo entre el drama y el terror llega al corte final, ya que el extraño cruce impide que el filme tenga un clímax a la altura de su mensaje. La historia de amor cautiva, pero por el talento actoral de Joe Bird (Talk to Me) y Stacy Clausen, dado que el argumento carece de muchas justificaciones a los motivos de los personajes para actuar de formas tan impulsivas. 

Como drama, Leviticus es emotiva y devastadora, pero en lo sobrenatural tiene sus tropiezos, puesto que la mitología en torno al ritual presenta algunas inconsistencias que restan impacto al suspenso. El problema con las reglas de la “posesión” es que se modifican aleatoriamente para dar solución rápida a los nudos argumentales y la “solución” para someter al demonio no sigue ningún canon del cine de terror, ni es justificada orgánicamente por la trama o el subtexto. Ya sea consecuencia del limitado presupuesto o la necesidad de tener una corta duración de metraje, la falta de secuencias que ahonden en las particularidades del ente homofóbico convierte al filme de Chiarella en una copia formulaica de It Follows

Por otro lado, Leviticus apuesta por una visión sentimental que complace exitosamente los gustos románticos de su público nicho. Siendo el director fan de John Carpenter, el largometraje homenajea el simbolismo sexual de los slashers clásicos, con un homoerotismo que se mantiene en los límites de una estética cursi que es remarcada por los sintetizadores de Jed Kurzel (The Babadook). El director de fotografía (Tyson Perkins) también se olvida de los clichés visuales del terror para preocuparse por capturar la soledad del paisaje industrial, lo cual aporta al filme una notable atmósfera decadente que armoniza con la simpleza del argumento.

Frente al peligroso ascenso de la extrema derecha y la pérdida de derechos LGBTQI+, Leviticus es una obra perfecta para sembrar empatía en las mentes más conservadoras, debido a que la fantasía vuelve más “gráficos” los horrores de las terapias de conversión y sus patéticos fundamentos religiosos. Dicha crudeza es remarcada por la inteligente decisión de evitar finales complacientes que libraran a los protagonistas de la posesión, del mismo modo que la homofobia permanece como un peligro latente hasta en las sociedades más “humanistas”. Sin embargo, a pesar del pesimismo, Chiarella nos dice que todos los horrores pueden ser sofocados cuando los expulsados por la sociedad nos hacemos compañía.

 

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