SINOPSIS: Dotada con el don de la clarividencia, Clara del Valle (Nicole Wallace/Dolores Fonzi) contrae nupcias con el despótico terrateniente Esteban Trueba (Alfonso Herrera), cuyas ambiciones y violencias marcan el destino de su hija Blanca (Sara Becker), su nieta Alba (Rochi Hernández) y el futuro político de toda una nación.
Probablemente, el rasgo más trascendental en la novela homónima de Isabel Allende es su emotiva transición de la luminosa infancia de Clara (Francesca Turco) hacia la oscuridad de una dictadura militar; cualidad narrativa que a veces es ignorada por la insistencia de los académicos en menospreciar el realismo mágico de la escritora. Las creadoras Francisca Alegría y Fernanda Urrejola (quien interpreta a la versión adulta de Blanca) dan una lectura profunda a La casa de los espíritus (Prime Video) para encontrar un hilo fino de subtramas que nos conduzca hacia el verdadero origen de los horrores que azotan al continente: la sombra de un opresivo patriarcado que fundamenta todas las formas de autoritarismo que surgen en América.
Las showrunners cambian la compasión de la escritora chilena hacia su abuelo por una mirada juiciosa que castiga a Esteban Trueba (Herrera) por sus crímenes, haciendo válida la maldición de su hermana Férula (Fernanda Castillo) antes de partir, entre otros cambios que actualizan la postura feminista de una novela escrita en el siglo XX. Siendo conscientes de que la ficción está narrada desde una perspectiva absolutamente blanca, las guionistas incluyeron algunos matices decoloniales que dan mayor peso al rol de Pancha (Noelia Coñuenao) en la venganza que concluye con el (¿poético?) vuelo de esas aves durante el cautiverio de Alba (Hernández).
Las inquilinas de Las Tres Marías no solo son víctimas de Esteban, también de una desigualdad que perpetúa la familia Trueba con su simple existencia como “dueños” de la tierra. Más allá del melodrama con tintes fantásticos, esta historia coral es una lectura profunda sobre cómo el panorama social y político de Latinoamérica no puede reducirse a la simple pugna entre izquierda y derecha, ya que hay aspectos idiosincráticos que solo pueden abordarse mediante lo particular y pasional de una narración.

Más allá del melodrama con tintes fantásticos, La casa de los espíritus es una lectura profunda sobre cómo el panorama social y político de Latinoamérica no puede reducirse a la simple pugna entre izquierda y derecha, ya que hay aspectos idiosincráticos que solo pueden abordarse mediante lo particular y pasional de una narración.
En la versión cinematográfica de 1993 se fusionaron las historias de Alba y Blanca en el personaje de Winona Ryder, dejando incompleta una crónica que intenta incluir a las mujeres en la historia oficial escrita por hombres. La adaptación televisiva pone especial énfasis en cómo las grandes reformas progresistas tienen su origen en matriarcados que desarticulan desde la intimidad del hogar las rígidas normas impuestas por el patriarcado. A partir de crianzas que tienen como principal fundamento la empatía, surgen personajes masculinos como “los Pedros”, Severo del Valle o Jaime Trueba, con caracteres compasivos que desafían al machismo sistémico representado por Esteban Trueba.
El notable diseño de producción logra que La Casa de la Esquina adquiera el aspecto místico descrito en el libro. Sin caer en el exotismo de una banalidad mágica, el edificio y sus refugiados cumplen con la función de materializar el sueño utópico de una América Latina sin corrupción ni dictaduras. Con ecos del contexto político actual, la adaptación de Alegría y Urrejola captura el espíritu revolucionario de la novela, subrayando a la menor oportunidad los riesgos de simpatizar con gobiernos conservadores, los cuales son la puerta de entrada para los militares y otros demonios. Aunque muchos elementos melodramáticos son sacrificados, permanecen sutilezas que ilustran el importante trasfondo político del texto, como el contraste entre el arresto de Esteban por los inquilinos de Las Tres Marías y la tortura sufrida por Alba.
Sin embargo, el mayor acierto fue dar un valor trascendental a la espiritualidad de Clara, conectando las poéticas reflexiones acerca del tiempo y la memoria con las diferentes formas de resiliencia que los latinoamericanos hemos desarrollado para quitarle el peso trágico a la muerte. Pese a que esa fantasiosa cronología no se vislumbra en un montaje extremadamente lineal, la serie sí destaca en sus advertencias sobre “retroceder en el tiempo” o subestimar el valor de la memoria histórica, especialmente cuando (según Alegría) casi la mitad de los chilenos sigue avalando la dictadura de Pinochet.
En lugar de ser fiel a los hechos históricos, la producción optó por replicar el concepto literario de “país alegórico”, lo cual es remarcado por la cuestionable decisión de fichar actores extranjeros para contar historias que emanan una fuerte esencia chilena. Incluyendo en la intro el toque romántico de Mon Laferte, La casa de los espíritus tiene un aire “telenovelesco” que conecta ingeniosamente con nuestra arraigada fascinación por los melodramas. Es cierto que los primeros episodios son una sucesión de eventos con no profundiza en el contexto social, pero cuando Clara (Wallace) llega a Las Tres Marías, la serie comienza a lucir como algo producido por los hermanos Larraín.
La historia de los Trueba pudo desarrollarse en más episodios que ampliaran el exterior de “la casa”, adentrándose en las vidas de los inquilinos o mostrándonos el destino de Férula después de su expulsión. A grandes rasgos, faltaron capas de costumbrismo o folclor local que nos transmitieran esa identidad chilena que solo es perceptible cuando se homenajea a la música de Víctor Jara. La fórmula de ficción “en clave” pudo sustituirse por menciones directas a personajes históricos concretos, lo cual habría enriquecido las ideas sobre el pasado y la memoria colectiva.
Aunque son preferibles ocho capítulos que dos horas de metraje, el ritmo de esta adaptación aún se siente apresurado y muy sintetizado mediante una narración que sobreexplica mensajes que son claros a partir de lo visual. Sin embargo, después de ver las desafortunadas modificaciones que le hicieron al realismo mágico de Como agua para chocolate en la serie de HBO Max, se agradece que Alegría y Urrejola se abstuvieran de realizar cambios radicales que distorsionan los mensajes en la obra de Isabel Allende.
Curiosamente, el director de fotografía es Manuel Alberto Claro, quien vuelve a construir otro violento viaje de la luminosa ingenuidad hacia la devastadora penumbra. Como en Nymphomaniac (2013), la cinematografía está llena de resplandores, contrastes y otros excesos que enrarecen hasta los momentos más tiernos de la trama, para representar la buena fortuna de las protagonistas o retratar la calma antes de la tormenta. Estéticamente, los primeros episodios de La casa de los espíritus son demasiado empalagosos, pero ese dulzor se equilibra con el talento de Claro para capturar la sordidez de un callejón solitario o el olor a muerte en una sala de tortura.
Similar a la primera temporada de Cien años de soledad (Netflix), Alegría y Urrejola dan un golpe de “realismo” a aquellos episodios literarios que parecen surrealistas cuando se leen, pero que convertidos en imágenes resultan más mundanos de lo imaginado. Al final, La casa de los espíritus supera las expectativas por enriquecer el feminismo de la novela, condenando simbólicamente a nuestros abuelos por sembrar las semillas de odios, violencias y resentimientos que seguimos cosechando en la actualidad.
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