SINOPSIS: Tras terminar el último libro de una saga, el escritor Ohm Bauman (Adam Scott) viaja a Irlanda para esparcir las cenizas de sus padres en el mismo bosque que visitaron durante su luna de miel. Inesperadamente, el antipático autor se topa con la desaparición de una trabajadora del hotel en el que se hospeda, hecho que podría estar relacionado con la presencia de una bruja en el establecimiento.
La premisa de Hokum (2026) parece la suma de lugares comunes desgastados por el terror contemporáneo, tales como traumas de la infancia, hoteles malditos o turistas perdidos en siniestras culturas folclóricas. No obstante, esta producción tiene algo único: cierta versatilidad narrativa que no solo busca el sobresalto del espectador. Damian McCarthy (director y guionista) convierte al remordimiento de su atormentado escritor en el eje de un drama trágico que sorpresivamente se cruza con el crimen y lo sobrenatural. Si la película es efectiva a pesar de sus clichés y predecibles jumpscares, se debe a que el realizador construye un thriller sólido que no depende del susto fácil, sino de un complejo protagonista al borde de la muerte o el fuego eterno… no importa cuál llegue primero.
Al estilo del suspense nórdico, Ohm Bauman (Scott) habita en un limbo emocional que se enrarece con las apariciones de un cadáver y una bruja. Sin embargo, ni siquiera el diabólico ente encerrado en la suite nupcial le lleva a olvidar su verdadero tormento: el accidental homicidio de su madre cuando él era pequeño. Además de dar circularidad al filme, los dos “epílogos” de El conquistador nos demuestran que el único horror en la ficción es la crueldad humana, pues el cineasta enfatiza que es posible escapar de cualquier criatura siniestra, pero no de la perversa maldad del mundo real.

Dejando a un lado lo sobrenatural, la producción busca el impacto mediante un horror más cotidiano: la misoginia. Recordando que Oddity (2024) giraba en torno al homicidio de la hermana gemela de una médium, resulta llamativo que el nuevo guion de McCarthy incluya tres mujeres muertas o que la “amenaza” sea una bruja, el principal arquetipo del histórico odio hacia lo femenino. Bajo diferentes circunstancias, los principales roles masculinos son asesinos que intentan justificar sus actos como accidentes o soluciones desesperadas. Dicho trasfondo vuelve más sombrío el camino del afligido novelista hacia la redención, ya que el infierno del sótano podría representar un destino justo para su remordimiento.
Lo mejor del trabajo de Adam Scott es su talento para darle matices a la arrogancia del antipático artista, puesto que la misantropía de Ohm es más motivada por su esnobismo como celebridad que por las tragedias familiares. McCarthy desarrolla a su protagonista con la actitud de un niño engreído que es reprendido por un aterrador programa infantil que evoca a la primera temporada de Channel Zero (Syfy). El burro aparece como la sugestiva representación del “mal comportamiento” de hombres que son ajusticiados por una bruja, lo cual constituye una redonda fábula que adquiere mayor profundidad cuando se analiza el subtexto de cada componente de la ficción.
Teniendo An American Werewolf in London (1981) en su moodboard, el cineasta irlandés parte de la clásica aventura del turista ingenuo que es devorado por una cultura desconocida. Aunque la base es el folclore celta, el terror de Hokum tiene elementos más abstractos que integran una atmósfera lúgubre al servicio de los traumas del protagonista. McCarthy recurre a la ambigüedad para crear confusión entre la realidad y aquellos espectros que son producto de la culpa del escritor, siendo sus gafas el único delator de su delirio.
Similar al diseño de producción de Heretic (2024), la “arquitectura” del hotel establece el mapa de un purgatorio que nos regala grandes momentos cinematográficos, como el acecho en la cama nupcial o el uso de los ascensores para generar tensión. Aunque la puesta en escena pudo ser más estilizada y colorida, el disonante montaje sonoro añade el toque siniestro que está ausente en las imágenes. Entre alarmas, televisores viejos y campanas, la producción crea una mórbida experiencia que privilegia lo tétrico de un sollozo o los sonidos análogos.
Lo memorable de Hokum no será por sus aportes al terror, sino debido al ingenioso drama de un novelista que intenta superar un prolongado duelo para encontrar su “final feliz”.
Lo único desacertado podría ser la fastidiosa obsesión por llenar la pantalla con innecesaria oscuridad, ocasionando que los focos de atención se pierdan en una penumbra nocturna que pudo sustituirse por otros recursos estéticos más impactantes. Por lo tanto, se agradece cuando la producción se pone experimental con el uso del blanco y negro, los contrastes dramáticos en las pesadillas o el ritmo dinámico que construye el montaje de Brian Philip Davis, marcando una evolución abismal del suspenso mostrado en Oddity, la cual ya era una obra propositiva.
Lo memorable de Hokum no será por sus aportes al terror, sino debido al ingenioso drama de un novelista que intenta superar un prolongado duelo para encontrar su “final feliz”. Sin miedo a que lo esperanzador del desenlace sofoque el horror, McCarthy entrega una reflexión emotiva sobre la importancia de las historias edificantes por encima del shock que provoca la violencia explícita.
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