Tras darle muerte a Prudencio Aguilar en un duelo y ser acosado por su “fantasma”, José Arcadio Buendía (Marco Antonio González) y Úrsula Iguarán (Susana Morales) lideran una migración en búsqueda del mar. Inspirado por un sueño, Buendía decide fundar el pueblo de Macondo en medio de la selva colombiana. En los ocho episodios de Cien años de soledad (Netflix) se adapta desde la llegada de los primeros pobladores, hasta la campaña militar del coronel Aureliano Buendía (Claudio Cataño) contra el gobierno conservador.
Claramente, esta versión no es tan “mágica» como se esperaba… y ese es el mayor de los aciertos. Dicha ausencia del exotismo que despierta la obra de Gabriel García Márquez se debe al equipo de guionistas convocado, integrado por la directora Natalia Santa (Malta), el nominado al Oscar Jose Rivera (responsable de los primeros libretos) y la colaboración de María Camila Arias, guionista de Pájaros de verano (2018), película colombiana que conecta directamente con las intenciones de esta nueva producción de Netflix, pues hay dos temas destacando sobre el resto: política y violencia.
Lo ideológico se antepone a lo festivo, ya que “los conflictos” nos introducen a un retrato nítido de la identidad latinoamericana, una región que ha construido Estados a golpe de ingenuidad y corrupción. Tomando las mejores decisiones, los guionistas pusieron énfasis en el caos político de Macondo, siendo el ejemplo perfecto la salvaje entrada de la Guerra Civil a Macondo durante el séptimo episodio, en definitiva, el punto más alto de esta saga familiar. A grandes rasgos, la primera temporada de Cien Años de Soledad construye el camino de terror y violencia que nos conducirá a la Masacre de las Bananeras y la desaparición del pueblo.

Uno de los motivos que dificultaba la adaptación del libro es la ausencia de una trama concreta que pudiera llevarse al audiovisual. No obstante, los creadores utilizaron la promesa del “paraíso liberal” como concepto que da sentido al caos poético del libro, entregando la interpretación más madura e intelectual que podríamos esperar. En otras palabras, el contexto histórico es tomado con seriedad, dando una lectura humanista al texto, como si investigadores académicos hubieran escrito la serie y no productores de entretenimiento.
Aquello que los lectores no-latinoamericanos leen como “surrealista” en realidad es una mezcla de folclore y rasgos culturales, algo que los responsables de la serie tienen muy claro, convirtiendo la “magia” y los “sueños” en fiebre y alucinaciones. La plaga del insomnio, el retorno de los muertos y demás elementos místicos apenas y sobresalen en la ficción, ya que se da mayor importancia al bárbaro trasfondo histórico y la cotidianeidad del pueblo. En consecuencia, todas las ambigüedades y simbolismos fueron sustituidos por una narrativa coral inteligible, donde el verdadero reto fue dar voz e identidad a personajes que solo eran ideas abstractas en la novela.
Si se analiza a detalle, se trata de una adaptación predecible, literal y convencional, con excesiva linealidad narrativa y un intrusivo narrador que llena los vacíos sin diálogos. Sin embargo, una vez que cada habitante del pueblo adquiere peso dramático (gracias a un inmejorable elenco) y la ficción toma distancia del material de origen, lo formal se vuelve una necesidad, especialmente cuando la guerra comienza a tener mayor relevancia en la trama.
En Cien años de soledad aún falta la aparición de las mariposas de Mauricio Babilonia, la ascensión de Remedios (la bella) y el trágico destino de los Buendía, pero estos primeros episodios son una inesperada muestra de que “la eternidad ha comenzado”… y de qué forma.
El trabajo de Laura Mora Ortega y Alex García López (directores) da dinamismo al tour audiovisual, mediante movimientos que convierten a la cámara en otro habitante del lugar, decidiendo “qué ver o seguir”. La luz es otro protagonista en escena, pues los directores de fotografía (Paulo Pérez y Sarasvati Herrera, cuyo trabajo vimos en Las Azules) emplean la iluminación en su forma más artificiosa, con el objetivo de dar a la noche la misma variedad cromática que tienen los días en Macondo. La atmósfera sobrenatural creada para la serie posee un estilo muy latinoamericano, el cual evoca a la “suspensión del tiempo” presente en clásicos como Hombre mirando al sudeste (1986), Como agua para chocolate (1991) o La Frontera (1991).
Al inicio, los personajes dependen de la narración de Jesús Reyes, pero lentamente van adquiriendo alma e identidad, donde el anonimato de la mayoría de los intérpretes ayuda a dar espontaneidad a la fantasía. Si bien hay protagonistas absolutos, como Aureliano Buendía (Claudio Cataño) o Úrsula Iguarán (interpretada por las sorprendentes Marleyda Soto y Susana Morales Cañas), los personajes secundarios e incidentales también son aprovechados en memorables escenas que sirven de puentes entre actos, como la serenata de Pietro, los terremotos ocasionados por Rebeca o el momento de Remedios Moscote en la bañera. En resumen, el gran acierto de la producción es que lograron traducir a imágenes toda la carga poética presente en cada página de la novela.
A diferencia de otras adaptaciones similares (Pedro Páramo, Como agua para chocolate de Max), Cien años de soledad tiene un aire fresco, que nos regala un universo que emociona, incluso sin la referencia literaria. La composición de cada episodio (con su respectivo punto climático y suspenso final) demuestra el ingenio y compromiso de guionistas y directores en la creación de un producto trascendente y respetuoso con la herencia cultural del Caribe. Aún falta la aparición de las mariposas de Mauricio Babilonia, la ascensión de Remedios (la bella) y el trágico destino de los Buendía, pero estos primeros episodios son una inesperada muestra de que “la eternidad ha comenzado”… y de qué forma.
El próximo mes de agosto se estrenará la segunda temporada de Cien años de soledad
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