La Historia del Sonido se resume en la crisis de un protagonista que vive abrumado por la sensación de haber tomado el camino equivocado, puesto que su corazón está dividido entre la añoranza de la vida rural y la promesa de un futuro académico.
Nacido en los bosques de Maine, Lionel (Paul Mescal) tiene una relación fugaz con otro estudiante del conservatorio llamado David (Josh O’Connor), quien interrumpe el romance para ir a la guerra. Tiempo después, los amantes se reencuentran e inician un viaje a través de las zonas rurales de Estados Unidos con la misión de rescatar canciones populares del olvido.
Gracias al arte, el folclore y los estudios académicos en la actualidad tenemos una relativa claridad acerca de rasgos tan abstractos del pasado como los sentimientos o las relaciones personales, ya que tales aspectos inmateriales son el verdadero combustible de los grandes cambios históricos. La nueva película del sudafricano Oliver Hermanus reflexiona sobre cómo el estudio de la cultura es algo más complejo que registrar tradiciones y testimonios, especialmente cuando una melodía ha viajado muchos kilómetros desde Irlanda hasta Kentucky.
La mirada al metafórico “silencio” antes de los cilindros de Edison es paralela a la lectura de Hermanus sobre los amores queer del pasado, principalmente aquellos que eran negados, incluso a puerta cerrada. Con aires del edulcorado “cine gay” de los 90 y 2000, la película termina convirtiéndose en una obra que tiene más similitudes con La peor persona del mundo (Verdens verste menneske, 2021) que con el nuevo Brokeback Mountain (2005) que esperaban los críticos de Cannes 2025. Si bien el romance es un componente esencial, la película se adentra en otras zonas grises de la condición humana, como el remordimiento o la nostalgia.
La Historia del Sonido (The History of Sound, 2025) se resume en la crisis de un protagonista que vive abrumado por la sensación de haber tomado el camino equivocado, puesto que su corazón está dividido entre la añoranza de la vida rural y la promesa de un futuro académico, deseos que son encarnados por el adorable Josh O’Connor. Llevándolo del anhelo a la tristeza, la relación fugaz con David representa un amargo despertar para Lionel (Mescal), quitando varios velos de inocencia a su perspectiva del mundo. Paradójicamente, el personaje se aventura al rescate del folclore nacional, al mismo tiempo que abandona sus propias raíces; ingenuidad que tendrá consecuencias cuando el personaje intente salvar lo perdido.
Con algunas gotas de angustia existencial, La Historia del Sonido es “un puñado de noches en una temporada” que tiene como único objetivo remarcar la condición efímera del amor. El espíritu nómada de los protagonistas es una respuesta a los traumas del pasado, algunos ocasionados por la simple inmadurez para enfrentar la vida adulta. Como menciona Lionel: “la felicidad no es una historia”, por lo que Hermanus construye una atmósfera desoladora que es acentuada por la fría fotografía de Alexander Dynan, colaborador en las últimas ficciones tormentosas de Paul Schrader.

Mediante silencios y sutilezas, la crueldad humana se asoma en lo que a primera vista parece el momento más feliz en las vidas de los viajantes. A mitad de camino, la ceguera de Lionel frente a las secuelas de la guerra o el racismo marcan el fin del idilio en el bosque, lo cual no solo afecta al protagonista, sino también al tono ensoñador del metraje. De forma arriesgada, Ben Shattucks adapta una historia que inevitablemente decepcionará a quienes buscaban otro drama romántico al estilo de God’s Own Country (2017). En cambio, el guionista escribe el relato trágico y pesimista de un hombre al que el destino le niega cualquier tipo de despedida, yendo en sentido opuesto de las fotografías promocionales tomadas por (el gran) Ruven Afanador.
Al tener mayor formación literaria que cinematográfica, Ben Shattucks construye una historia poco ingeniosa en sus recursos narrativos, lo cual se traduce en una ficción que ya hemos visto en mejores formatos. Evocando la pudorosa elegancia de James Ivory en su Maurice (1987), el filme explota un inofensivo homoerotismo que no busca la sensualidad en lo explícito del sexo, sino en delicados detalles que riman con la poesía lírica de las canciones grabadas por los protagonistas, como una almohada rota, las vibraciones del sonido o un vaso con agua. Sin embargo, la falta de pasión romántica no es tan problemática como la ausencia de folclore en muchas partes del metraje.
La historia del sonido explota un inofensivo homoerotismo que no busca la sensualidad en lo explícito del sexo, sino en delicados detalles que riman con la poesía lírica de las canciones grabadas por los protagonistas, como una almohada rota, las vibraciones del sonido o un vaso con agua.
Irónicamente, las imágenes están por encima del sonido, cuando la propia premisa del filme exigía un mayor repertorio de canciones populares que acompañaran las emociones de los personajes. Los vacíos musicales son llenados con los rostros afligidos de Mescal y O’Connor, quienes sostienen un subtexto que no sería posible sin el talento de los actores para expresar tanta melancolía. Lamentablemente, salvo el episodio en la comunidad interracial, la producción desaprovecha la oportunidad de mostrarnos esa gran cartografía sonora que conforma la identidad multicultural de Estados Unidos.
Como si fuera un cruce entre los atormentados personajes de Andrew Haigh (All of Us Strangers, 2023) y los romances imposibles de Francis Lee (Ammonite, 2020), Hermanus y Shattucks utilizan los clichés del melodrama queer para hablar sobre la memoria y su principal virtud: vencer al despiadado olvido que acompaña a la muerte. Al final, La Historia del Sonido es una obra que resulta más interesante cuando se piensa en ella como las métricas musicales, donde Josh O’Connor representa los pulsos (a veces fuertes, a veces débiles) de ese intenso compás que interpreta Paul Mescal.
Categorías

