Sirāt es un notable ejercicio de suspenso que funciona gracias a un efectivo repertorio de desgracias que están al servicio del “explosivo” desenlace.
Acompañado por su hijo (Bruno Núñez) y el perro de la familia, Luis (Sergi López) viaja a un festival de techno en el “sur de Marruecos” (que en realidad es el Sáhara Occidental) para buscar a su hija desaparecida. Tras ser interrumpido el evento por militares, el padre se suma a la caravana de unos ravers que se dirigen a otro concierto clandestino entre montañas y desiertos.
Todas las grandes cinematografías del mundo tienen su obra maestra sobre viajes imposibles, como la franco-italiana El Salario del Miedo (Le Salaire de la peur, 1953), México produjo Viento Negro (1964) y la Unión Soviética entregó La carta que no se envió (Neotpravlennoye pismo, 1960). La aportación de Óliver Laxe al subgénero es Sirāt (2025), una odisea a través de caminos inhóspitos que inicia como aventura y termina convirtiéndose en angustiante alegoría sobre ese oscuro limbo llamado vida.
No es la primera vez que Laxe explora el paisaje del noroeste de África o la cosmogonía islámica, ya que Sirāt podría entenderse como la versión ardiente del tránsito visto en Mimosas (2016). A manera de road-movie, el nuevo proyecto del director representa una simbólica peregrinación a La Meca, donde la música sustituye a la experiencia mística de los rituales sacros. Tal lectura no es evidente hasta que el sufrimiento trastoca al metafórico éxodo hacia la Tierra Prometida, pues no se puede trascender sin ninguna lágrima de por medio.
Lo fascinante de Sirāt es su sofisticado desarrollo de la violencia, donde las propias características físicas de los actores ayudan a exaltar la hostilidad del mundo, sin recurrir a la típica explotación de la marginalidad del entorno. Como la caravana transportando el cadáver del jeque en Mimosas, los ravers también cargan con el peso de la muerte en formas menos gentiles, ya sea mediante partidas traumáticas o la proximidad de la guerra. Sin embargo, lo shockeante del filme no depende de la brutalidad de sus plot-twists, pues Laxe dota al filme de una inagotable carga metafísica que rellena los silencios posteriores a la tragedia.
Lo fascinante de Sirāt es su sofisticado desarrollo de la violencia, donde las propias características físicas de los actores ayudan a exaltar la hostilidad del mundo, sin recurrir a la típica explotación de la marginalidad del entorno.
Aunque la visión mística de Laxe puede resultar abrumadora y pretenciosa, el resto de la producción logra que la película tenga mayor atractivo a nivel técnico que como simple “cine de la crueldad”. Visualmente, la fotografía de Mauro Herce amplía el horizonte para exacerbar el sufrimiento en los duelos y angustias de los protagonistas, convirtiendo al paisaje en un telón de fondo que se fusiona con el histrionismo de los actores. Lo anterior complementa al estilo megalomaniaco del director, quien intenta mezclar en un mismo producto la grandilocuencia hollywoodense y una mirada poética que homenajea a Abbas Kiarostami.

Con el propósito de ser crítica, la peregrinación también es una transición moral de la cruel indolencia hacia la compasión frente al dolor ajeno; aunque, paradójicamente, el director “se olvida” de mencionar la ocupación militar del Sahara Occidental por parte de Marruecos, invisibilizando la existencia del pueblo saharaui. Del mismo modo que Emilia Pérez (2024) frivolizó los problemas mexicanos sin ningún tipo de asesoramiento, la ambigüedad respecto a la independencia del territorio es opuesta al espíritu “progresista” de Óliver Laxe. A pesar de los malabarismos del montaje para mostrar los movimientos migratorios sin llegar a una postura específica, tanta cautela en el trasfondo político no corresponde a las intenciones “transgresoras” del argumento.
Lo rescatable del filme proviene del lado dramático, ya que Laxe desarrolla una interesante fraternidad entre dos grupos que no convivirían afuera de la ficción, debido a los recelos entre ambas clases sociales. Los prejuicios desaparecen cuando la tragedia pone a todos los personajes en igualdad de condiciones, siendo la muerte el factor que conecta sus visiones del mundo.
Dejando de lado la omisión del contexto geopolítico, Sirāt es un notable ejercicio de suspenso que funciona gracias a un efectivo repertorio de desgracias que están al servicio del “explosivo” desenlace. Evocando al baile final de Véra Clouzot en El Salario del Miedo, el cineasta español también entrecruza el agonía y el éxtasis, como una forma de llevar al extremo la angustia de saber que la vida se reduce a un juego de azar con los ojos cerrados.
Con ecos de la obertura de Jesus Christ Superstar (1973), el rave inicial define la espectacularidad in crescendo del trance imaginado por Laxe, donde la banda sonora remata los aparatosos giros del largometraje. En el buen sentido, el trabajo de Kangding Ray (aka David Letellier) es tan estridente como el talento de Laxe para irritar al público, haciendo dudar si la trama es devastadora o en realidad fuimos manipulados a golpe de frecuencias y cadencias. Al final, aunque Laxe intenta evitar la imagen de un frívolo Burning Man o Nowhere, Sirāt termina siendo más fantasiosa que “realista”.
En conclusión, la película está al borde de la banalidad, pero la suma de sus valores cinematográficos da como resultado un producto cuando menos entretenido. De hecho, una gran recomendación es no leer ni escuchar entrevistas al director (quien se autodenomina “mago” del cine) hasta después de la función, porque sus reflexiones autorales podrían ser menos trascendentales que las lecturas de cualquier espectador. Más allá del subtexto religioso, Sirāt es un viaje abstracto que inevitablemente descoloca, ya sea por la explotación del sufrimiento o el eufórico deseo de fiesta eterna de sus personajes.
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