Wake Up Dean Man cierra (por ahora) una trilogía cuando menos entretenida, pero con una perspectiva crítica tan ingeniosa que transforma a la franquicia en algo que supera las expectativas comerciales de Netflix.
Tras una mala presentación con su nueva congregación, el padre Jud (Josh O’Connor) se convierte en el principal sospechoso del homicidio del monseñor Wicks (Josh Brolin). Para esclarecer el caso, la policía contacta al detective Benoit Blanc (Daniel Craig), quien confía de inmediato en la inocencia del sacerdote incriminado.
A través de su saga Knives Out, Rian Johnson ha perfeccionado su receta para el suspenso, compuesta por una base de noir clásico que es aderezado por varias dosis de crítica social. Mientras Entre navajas y secretos (Knives Out, 2019) fue un golpe de suerte y Glass Onion (2022) era la versión hiperbolizada de la fórmula, Wake Up Dead Man (2025) es su visión más intelectual y reflexiva del whodunit, ya que los códigos del género son desplazados por una lectura personal sobre el actual retorno del conservadurismo y su relación con el fanatismo religioso.
A diferencia de las entregas anteriores, en Wake Up Dead Man se nos plantea la inocencia del protagonista desde el prólogo, sin giros de tuerca ni capas de misterio, pues lo único en riesgo es el “camino a Damasco” de un hombre tan íntegro que parece salido de una película esterilizada por James Stewart o Gregory Peck. Como en Brick (2005) y Looper (2012), la trama gira en torno al conflicto ético (narrado en primera persona) de un héroe convertido en accidental victimario, siendo el examen de conciencia del propio padre Jud (O’Connor) lo que determina el desarrollo del thriller, sin demasiados factores externos.
Recordando su pasado como cristiano protestante, Rian Johnson convierte a la fe en el principal obstáculo para la solución del misterio, porque hasta Blanc (Craig) queda abrumado por lo inusual del caso, ya que el crimen no es obra de un villano físico (como los personajes de Chris Evans o Edward Norton), sino causado por una crisis espiritual que vuelve aún más abstracto el móvil del asesinato.
Wake Up Dead Man recuerda a cuando el equipo de “Misterio a la Orden” encuentra un verdadero caso sobrenatural en Scooby-Doo on Zombie Island (1998), porque el ateo Benoit Blanc no solo se enfrenta a otro típico homicidio, sino también a un dilema místico. Sí, está presente la misma crítica a la era Trump y la codicia capitalista, pero argumentalmente pesa más el desasosiego bressoniano del padre Jud. En consecuencia, el thriller es menos intrincado que en las películas anteriores (principalmente Glass Onion), pues Johnson utiliza los giros de tuerca para reflexionar sobre el mayor vicio de todas las religiones: la verdad.

Inspirado por el padre Brown en las novelas de G.K. Chesterton, el cineasta utiliza el arquetipo del sacerdote piadoso para explorar cómo los fundamentos religiosos son explotados por los grupos conservadores, incluso si la existencia de Dios ha perdido relevancia para los creyentes. Mediante Marta (Ana de Armas), Helen (Janelle Monáe), Jud (O’Connor) o el mismo detective Benoit Blanc, Johnson nos demuestra lo ilusa que resulta la virtud en el mundo real, pues la gentileza o la generosidad son grandes obstáculos para que la humanidad siga “avanzando”. Al final, el triunfo de la bondad sobre la ambición parece un mensaje ingenuo, pero también representa un tipo de relato edificante que es necesario en el espectro cinéfilo.
Así como la retribución o la venganza movían a las anteriores heroínas de Knives Out, la abnegación es el principio que determina las acciones del padre Jud. La rivalidad entre el protagonista y la conservadora comunidad es convertida por la producción en una metáfora del actual panorama político, saturado de posturas radicales, donde hasta los milagros adquieren el valor de producto comercial. En contraste, Johnson introduce escenas clave, como la llamada de Louise (Bridget Everett) o la licorera en la escena del crimen, para ensalzar la belleza de una bondad tan improbable como la resurrección, puesto que el propio perfil actoral de Josh O’Connor (el novio de Internet) exalta lo fantasioso de una idealizada perfección moral que solo existe en el cine hollywoodense.
Nada es azaroso en el universo Knives Out, porque hasta el gótico diseño de producción de Rick Heinrichs (colaborador de Tim Burton) lleva a lo arquitectónico las ideas argumentales del director. Del mismo modo que las mansiones de los Thrombey y de Miles Bron (Edward Norton) daban prestigio aristocrático a nuevos ricos, la iglesia de Wake Up Dead Man sintetiza la obsesión de la ultraderecha estadounidense por un pasado cultural que han fabricado para validar su supuesto supremacismo. De forma notable, la producción logra conceptualizar la hipocresía nacional en un falso histórico que tiene vida propia durante las misas de Wicks o las conversaciones entre Benoit Blanc y Jud.
La iglesia de Wake Up Dead Man sintetiza la obsesión de la ultraderecha estadounidense por un pasado cultural que han fabricado para validar su supuesto supremacismo.
La fotografía de Steve Yedlin convierte a la iluminación en otro narrador que exterioriza las emociones de los personajes, dándonos información que no puede expresarse mediante diálogos. A nivel técnico, hay un esfuerzo destacado por remarcar las influencias clásicas del filme, con espacios hiperestilizados que exageran el dramatismo del argumento, especialmente en ese set convertido en iglesia, donde hasta el paso de las nubes se coordina con las revelaciones en la historia.
El montaje se siente más ligero y orgánico que en otras películas de Johnson, pues los flashbacks y plot points no solo tergiversan la acción, también son complementos que guían emocionalmente al espectador, particularmente en las escenas que desarrollan al personaje de Glenn Close. En cierto sentido, la edición deja un margen más amplio para el drama humano, ya que el director retorna al formato más convencional del género, incluyendo una autocrítica al exceso de props tecnológicos en Glass Onion, donde la saturación de giros de tuerca volvía inverosímil el suspenso. En cambio, Wake Up Dead Man se siente al nivel de Gosford Park (2001), porque cada rol está justificado mediante alguna reflexión sobre la sociedad estadounidense, sin importar lo incidental del personaje.
La última entrega cierra (por ahora) una trilogía cuando menos entretenida, pero con una perspectiva crítica tan ingeniosa que transforma a la franquicia en algo que supera las expectativas comerciales de Netflix. Wake Up Dead Man es otro eslabón en una saga rentable, donde Johnson contribuye a que cada película tenga su propia identidad y reglas dentro del universo Knives Out, logrando que Benoit Blanc intervenga en innumerables escenarios para resolver crímenes, sin agotar al espectador con la misma fórmula.
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