En la línea de Cerrar los ojos (2023) de Víctor Erice, Valor sentimental incita a juzgar el valor del cine a partir de la autenticidad emotiva de sus intenciones, con el objetivo de encontrar en él la trascendencia que otras disciplinas clásicas han perdido
El cineasta Gustav Borg (Stellan Skarsgård) escribe el guion de una nueva película para que su hija la protagonice, pero Nora (Renate Reinsve) rechaza el papel de inmediato, porque ella y su hermana Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas) aún no han superado su ausencia paternal. En su lugar, el director sustituye a Nora por Rachel Kemp (Elle Fanning), estrella hollywoodense que se enfrenta a un personaje que sobrepasa sus habilidades histriónicas.
Si hubiera sido filmada en noruego, Más fuerte que las bombas (Louder Than Bombs, 2015) habría tenido el mismo éxito de Valor sentimental (Affeksjonsverdi, 2025), ya que la nueva película de Joachim Trier retorna a las mismas heridas familiares, pero añadiendo un nuevo elemento al drama: una lectura profunda e íntima sobre el arte interpretativo. Utilizando el pánico escénico como punto de partida, la trama nos adentra a las particularidades que aportan los actores al cine o al teatro, cuya belleza radica en la esencia volátil e imperfecta de la profesión.
Comulgando con las ideas de Abbas Kiarostami en Copia certificada (Copie conforme, 2010), donde los protagonistas dialogan sobre la autenticidad de lo ordinario, el cineasta escandinavo también aborda lo sublime en el arte cuando logra mimetizarse con lo cotidiano. Paralelo al drama familiar de los Borg se encuentra la incapacidad de una actriz para apropiarse de un personaje con referentes específicos, debido a que se trata de una pieza artística que supera lo estético para volverse en un asunto personal. Actualizando los códigos del existencialismo bergmaniano, Eskil Vogt (guionista) y Trier exploran en la necesidad humana de recurrir a lo poético para sobrellevar sentimientos tan mundanos como la angustia, el remordimiento o cualquier vacío emocional.
Con ecos de la teoría fílmica de André Bazin, Valor sentimental hurga en las conexiones entre el teatro y el séptimo arte, porque las raíces dramatúrgicas siempre perdurarán, sin importar la distancia entre el cine y el lenguaje teatral. Como si fuera Myrtle Gordon (Gena Rowlands) en Opening Night (1977), la crisis de Nora (Reinsve) se convierte en el visceral componente que Rachel Kemp (Fanning) no puede imitar, ya que la intensidad del oficio escénico de la protagonista se ha fusionado con sus propias heridas sentimentales.
Con ecos de la teoría fílmica de André Bazin, Valor sentimental hurga en las conexiones entre el teatro y el séptimo arte, porque las raíces dramatúrgicas siempre perdurarán, sin importar la distancia entre el cine y el lenguaje teatral.
Trier recurre al “cine dentro del cine” como elemento melodramático para retratar la experiencia de nacer entre artistas y sentirse “utilería» en las creaciones de los padres. En la línea de Cerrar los ojos (2023) de Víctor Erice, la película noruega incita a juzgar el valor del cine a partir de la autenticidad emotiva de sus intenciones, con el objetivo de encontrar en él la trascendencia que otras disciplinas clásicas han perdido. Lo anterior se traslada a la ficción mediante las huellas de abandono de Nora y Agnes, agravadas por la incertidumbre de no saber si su padre las reconoce como personas o solo son “personajes” en la producción fílmica de Gustav Borg.
Sin llegar al pesimismo extremo de Thelma (2017) o La peor persona del mundo (Verdens verste menneske, 2021), Trier vuelve a analizar la paternidad en su versión menos amable, exaltando la torpeza de los hombres para compartir sus emociones. Nuevamente, la incomunicación es la causa principal del distanciamiento entre padre e hijas, pero los personajes de Valor Sentimental encuentran una solución particular al conflicto: utilizar el arte para reconocer las propias aflicciones en el otro, lo cual es un tipo de empatía que no necesita de la conversación para ser expresada.
Mediante narraciones descubrimos que la casa de los Borg es una representación física de la fractura familiar, un organismo vivo que puede sentirse “ligero” o estar enlazado al recuerdo de ciertos eventos. El “valor sentimental” de los espacios y las cosas contribuye a la alegría o tristeza de los personajes, dándoles consuelo o empeorando su soledad. En cierto sentido, los motivos de la separación no son tan devastadores como se perciben, pero la ausencia y los silencios acentúan el desconsuelo de los personajes. Es ahí donde el personaje de Inga Ibsdotter Lilleaas cumple el rol de Kari Sylwan en Gritos y susurros (Viskningar och rop, 1972), ya que el director vuelve a enaltecer los lazos fraternales como el único camino para sanar la simbólica orfandad de sus protagonistas.
Aunque es evidente la influencia de Ingmar Bergman, Eskil Vogt y Joachim Trier se esfuerzan por remarcar la conexión del filme con la vida y obra de Erik Løchen, abuelo del director. Como la madre del ficticio Gustav Borg, Løchen fue capturado por formar parte de la resistencia durante la Segunda Guerra Mundial, trauma que determinó sus facetas como artista y padre de familia. Además de una narración por Bente Børsum, protagonista de Los Cazadores (Jakten, 1959), Trier incorpora al filme una mirada introspectiva a la desolación que él mismo heredó de su propio abuelo, pues la violencia tiende a dejar una huella imborrable en las víctimas y su descendencia.
Dirigida por alguien que ha versionado El Fuego Fatuo (escrito por Pierre Drieu La Rochelle) de distintas maneras, Valor sentimental podría entenderse como el epílogo espiritual de La peor persona del mundo, siendo la melancolía de Nora una consecuencia directa de la indeterminación de Julie. Lo que diferencia al filme de otros dramas sobre adultos jóvenes en crisis es el montaje de Olivier Bugge Coutté (editor de Begginers, otra joya del género), quien juega con las perspectivas y los vaivenes entre pasado y presente para elevar el melodrama a un nivel existencial, donde se pretende que el dolor del individuo condense el pesar de una sociedad.
Debido al rigor escandinavo en su estructura narrativa, Valor sentimental puede resultar poco emotiva a primera vista, pero, tras reflexionar sobre las intenciones del filme, el espectador descubrirá puentes entre la ficción y sus propios vacíos sentimentales, puesto que hay una certeza universal: todos tenemos algún asunto pendiente con nuestros padres. Rescatando una lucidez discursiva que no es de este siglo, Joachim Trier y Eskil Vogt entregan otra película devastadora que dispara a la cabeza para llegar al corazón.
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