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Sueños de trenes: la silenciosa melancolía de nuestros padres

Sueno de Trenes 2

Sueños de Trenes constituye una emotiva alegoría sobre la angustia existencial de aceptar que la humanidad es apenas un suspiro en el universo

Por largos periodos de tiempo, Robert Grainier (Joel Edgerton) debe separarse de su esposa (Felicity Jones) e hija recién nacida para trabajar en la deforestación que abrirá paso al tren. Durante una jornada, el talador es testigo del asesinato de un compañero de trabajo, cuyo espíritu lo acompañará como augurio de una tragedia que destruirá todas las ilusiones de Robert. 

Un rasgo notable en la filmografía de Clint Bentley (director) y Greg Kwedar (guionista) es que el dúo siempre encuentra la forma de conectar los argumentos con sus propias vivencias y pensamientos, sin importar los grados de separación entre la cotidianeidad de los realizadores y los arcos dramáticos de sus personajes. No tendrán un estilo fílmico destacado, pero el enfoque social de los cineastas contribuye a que el trasfondo de sus dramas íntimos adquiera trascendencia por encima de la simplicidad de los argumentos. 

En esta ocasión, el director utiliza la novela corta de Denis Johnson para reflexionar sobre dos eventos personales: la muerte de sus padres y el nacimiento de su primer hijo. Dicho dato da mayor claridad al tránsito entre la vida y la muerte del protagonista de Sueños de trenes (Train Dreams, 2025), donde Bentley y Kwedar crean una experiencia melancólica que desdibuja los límites entre los sueños y esa pesadilla que llamamos realidad. 

Lo onírico enmarca la cruda perspectiva de uno de tantos hombres que vieron nacer al siglo XX, desolados por una masculinidad que los obligaba a enfrentar sus traumas en absoluto silencio. Bentley utiliza la ambigüedad para representar en imágenes lo que no es expresado verbalmente, especialmente un delirio desencadenado por varias partidas sin despedida. Poco importa si las visitas que vemos en pantalla son reales o producto de la mente devastada del protagonista, pues el filme da igual valor a los vivos como a la estela de recuerdos y sentimientos que dejan tras sus muertes. En otras palabras: “un árbol muerto es tan importante como uno vivo”. 

Con la carga poética justa, Sueños de trenes versa sobre la sobrevaloración de lo material, pues la supuesta bonanza económica del país es otro espejismo que dirige a la sociedad hacia el aislamiento del individuo. Afectado por la orfandad y una traumática huella de abandono, Robert (Edgerton) intenta aferrarse al contacto humano, pero el destino le prepara un futuro tan trágico como el de los árboles que se talan para la construcción de un tren manchado por la sangre de los trabajadores. A pesar de la distancia histórica, el filme intenta construir un puente entre revoluciones industriales y su tendencia hacia la incomunicación de las personas. 

'Sueños de Trenes' (Clint Bentley, 2025)
‘Sueños de Trenes’ (Clint Bentley, 2025)

Aunque la guerra ha terminado, el trabajo se transforma en un nuevo campo de batalla, donde la muerte puede llegar acompañada de crueldad y miseria. Rodeado por tanta xenofobia, racismo y explotación laboral, el protagonista experimenta la “bendición” de cruzarse en el camino con varios personajes que lo salvan del completo abandono, a pesar de la brevedad de tales encuentros. Empleando una estructura narrativa ligera, Sueños de trenes explora a profundidad la belleza de lo efímero, siendo el “renacimiento” un concepto que está presente a lo largo de la historia, ya sea mediante unas botas fusionadas con la corteza de un árbol o la vegetación apoderándose de las vías de tren abandonadas. 

El bosque es otro personaje en el largometraje y principal adversario del protagonista, porque si la hostil sociedad no logra destruirlo, la naturaleza se encargará de dar el tiro de gracia a su resiliencia. Creando bellísimas composiciones visuales, Bentley filma un contemplativo duelo entre el individuo y el paisaje, donde la victoria del progreso industrial es al mismo tiempo la sentencia de muerte de los hombres. Si bien no llega al nivel cósmico de El árbol de la vida (The Tree of Life, 2011), Sueños de trenes también entrega un evocador contraste entre el drama humano frente al imponente entorno, ya que los árboles son silenciosos testigos de la insignificante existencia humana. 

Teniendo como referencia el trabajo de Darius Kinsey, la fotografía del emergente Adolpho Veloso aprovecha al máximo el diseño de producción (mezcla de efectos prácticos y CGI) y las locaciones (zonas de tala controlada y regiones siniestradas por incendios forestales) para lograr bucólicos encuadres que sugieren significados metafísicos mediante la simple contemplación del horizonte. 

Más allá de la conexión obvia entre el tren y la vida, el filme constituye una emotiva alegoría sobre la angustia existencial de aceptar que la humanidad es apenas un suspiro en el universo. El director encuentra en los elementos espontáneos de la producción (por ejemplo, las aportaciones de William H. Macy a su personaje) una oportunidad para introducir al espectador en un sueño febril donde la muerte es la única salida. Como en Las vidas de Sing Sing (Sing Sing, 2023), Bentley y Kwedar hacen que lo poético en Sueños de trenes parezca una casualidad que tuvo la suerte de ser filmada, una obra magistral que lamentablemente no llegó a salas de cine.  

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