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Mátate, Amor: Lawrence y Ramsay exploran el caos que viene con la maternidad

Matate mi amor 2

Lo mejor de Mátate, Amor es como evita las conversaciones profundas sobre la salud mental, abrazando la locura y abordando la devastación desde el lado más oscuro posible

En una granja alejada del mundo, Grace (Jennifer Lawrence) intenta sobrellevar la depresión posparto durante los largos viajes que realiza su esposo (Robert Pattinson) por trabajo. La aventura con un seductor motociclista (LaKeith Stanfield), el traumático duelo de su suegra (Sissy Spacek) o las masturbaciones por aburrimiento son estaciones de un viaje hacia la psicosis, peligroso camino del que Grace no tendrá retorno. 

El rasgo visual más llamativo en Mátate, Amor (Die My Love, 2025) es el contraste entre la fría fotografía de Seamus McGarvey (Atonement) y el calor que acompaña al proceso autodestructivo de la protagonista, una de tantas paradojas fílmicas que Lynne Ramsay (directora) utiliza para adentrarnos al horror de la maternidad.

En una era obsesionada con la armonía entre la forma y el contenido, el cine de Ramsay resulta inevitablemente incómodo para el público mainstream, especialmente porque las hermosas imperfecciones de su estética solo amplifican el caos y desasosiego en esta adaptación de la novela homónima de Ariana Harwicz, escritora argentina descubierta por el productor Martin Scorsese en un club de lectura.

Tras una larga ausencia, la directora sigue explorando el colapso de la psique humana en su forma más cruda, pesada y sin contemplar al espectador. La maternidad no es un tópico nuevo para Ramsay, por lo que es comprensible la decisión de Jennifer Lawrence (también productora) a la hora de seleccionar a la realizadora escocesa.

En realidad, Mátate, Amor (Die My Love, 2025) podría entenderse como una extensión de Tenemos que hablar de Kevin (We need to talk about Kevin, 2011), principalmente por la secuencia donde el personaje de Tilda Swinton lleva a su hijo recién nacido a una obra de construcción para no escuchar el llanto del bebé. Aunque no veía potencial en la novela de Harwicz, Ramsay pone en marcha su lectura más hostil de la depresión postparto, convirtiendo a la trama en otra amarga experiencia que conecta con toda su filmografía. 

A diferencia de la novela, las guionistas dan a la protagonista anónima del libro un nombre y una personalidad menos abstracta, la cual evoca a Gena Rowlands en A Woman Under the Influence (1974), particularmente por la interpretación de Robert Pattinson como el esposo que intenta salvar su matrimonio del naufragio.

'Mátate, Amor' (Lynne Ramsay. 2025)
‘Mátate, Amor’ (Lynne Ramsay. 2025)

Como en el filme de John Cassavetes, dicho trasfondo “romántico” se conforma por malogrados esfuerzos para asimilar el carácter indomable de Grace, causante de un fuego que arderá sin control. La película tiene escenas hermosas que entremezclan los mejores y peores momentos de la vida conyugal, relación agridulce que se convierte en el único vínculo emocional significativo de la protagonista. 

Lo mejor del filme es que no explora ninguna reflexión profunda sobre la salud mental, sino todo lo contrario, abraza la locura y aborda la devastación desde el lado más oscuro posible. Así como el estrés postraumático del personaje de Joaquin Phoenix en You Were Never Really Here (2017) se transforma en violencia irracional, la pausa profesional despierta en Grace algunos impulsos autodestructivos, ya que el personaje intenta compensar la falta de inspiración y el tiempo muerto con dolor, peleas, música y gritos; un estado emocional agonizante que se resume en la línea: “estoy entre querer hacer algo y no hacer nada”.  

Al final, tan indómito es el comportamiento de la protagonista como Ramsay en su visión artística saturada de miseria humana. El aburrimiento abre la puerta a la frustración y la insensibilidad, ocasionando que hasta el sexo pierda su lado lúdico, pues la soledad es la verdadera enfermedad del personaje.

Más allá de la depresión postparto, el conflicto de Grace (Lawrence) es que todo a su alrededor ha dejado de ser trascendente, desencadenando un vacío que intenta llenar con su impulsivo comportamiento o canciones en loop. Como fábula metamoderna, la protagonista sufre la paulatina metamorfosis a un animal salvaje, hambriento y vehemente, porque la monotonía del hogar ha desdibujado toda conexión con su lado humano y racional. 

Mátate, Amor es el tipo de proyecto que nunca recibe luz verde por miedo a desorientar o dejar insatisfecho al espectador, ya que esta adaptación resulta fiel a la prosa visceral de Harwicz en su cruda incorporación de fantasía, recursos poéticos y demás florituras.

Lo que podría ser un drama convencional, Ramsay lo convierte en un híbrido de géneros que tiene como único objetivo alterar al público mediante un caótico ejercicio de surrealismo, el cual se ve reflejado en su violento erotismo, una mancha de leche materna y tinta en el piso, la muerte de un perro o cualquiera de los excesos interpretativos de su reparto. 

Aunque es un “trabajo por encargo”, la película conserva la esencia punk de Ramsay (incluyendo una versión de Love Will Tear Us Apart cantada por la propia cineasta), donde Lawrence y Pattinson son hermosos anzuelos para atraer espectadores a esta hoguera de retorcido pesimismo, ya que para la directora no hay diferencia entre luz y penumbra, pues ambas son igual de agobiantes. No solo se trata del retrato de una mujer al borde del abismo, porque Mátate, Amor es algo tan complejo como el texto literario, una notable traducción a imágenes del fastidio ocasionado por una existencia anodina y el abandono, incluso si el amor sobra a nuestro alrededor.

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