En medio de la invasión colonialista de Jarhanpur por el ejército de Boravia, Superman (David Corenswet) enfrenta una campaña de desprestigio orquestada por Lex Luthor (Nicholas Hoult), quien planea capturar al kryptoniano bajo el respaldo del gobierno estadounidense. Con el apoyo de la Justice Gang y Lois Lane (Rachel Brosnahan), el superhéroe intentará frenar todos los problemas desencadenados por la envidia de su némesis.
Que Superman (2025) no sea una historia de origen, ni se detenga a explicar cada aspecto del nuevo Universo DC (DCU), es el mayor acierto en la visión creativa de James Gunn, pues permitió que la franquicia partiera de un conflicto específico: la xenofobia. Sin olvidar que se trata de entretenimiento puro, la producción integró a la ficción varias capas de contexto sociopolítico que son necesarias para un personaje de tal envergadura.
Aun cuando el subtexto del filme tiene sus altibajos, especialmente cuando se vuelve demasiado obvio, convertir a los “meta-humanos” en sujetos de interés para el gobierno y grupos conservadores es un interesante punto de inicio que pretende conectar la ficción con la cruda realidad.
En ese sentido, aunque en Superman predomina un estilo arquetípico e infantil, la fantasía es adulta respecto a los códigos heroicos y morales que integran al renovado DCU, el cual incluye una crítica directa a la invasión de Palestina por los colonos israelíes o un villano que llega al extremo de ejecutar inocentes a sangre fría.
Sin embargo, los rasgos edificantes del filme no solo están relacionados con el viaje del héroe, puesto que los guionistas dan una particular relevancia a los ciudadanos que conforman los grupos de resistencia, logrando mayor autenticidad en los mensajes esperanzadores del desenlace.
La suma de todos los personajes conforma una trama coral que no depende por completo del triunfo o la derrota de Superman, quien llega a convertirse en otra pieza de la lucha colectiva contra LuthorCorp y sus aliados. Al final, lo importante no es la presencia física del kryptoniano en la zona cero del conflicto, sino la semilla subversiva que su integridad moral sembró en la sociedad y los meta-humanos de la Justice Gang, escuadrón que recuerda a la entrañable Justice Society (R.I.P.) de Black Adam (2022) y presenta un prometedor vistazo a la futura Liga de la Justicia.

De hecho, momentos como la secuencia al ritmo de Noah And The Whale (brillante el Mr. Terrific de Edi Gathegi) o la inclemencia de Hawkgirl (Isabela Merced) son ejemplos perfectos de lo bien que le sienta “el estilo Gunn” a otros personajes. Sin perder el humor desinhibido que caracteriza su cine, el realizador ex-marvelita nos entrega una versión humana, cálida y frágil del personaje, amenazado por algo más peligroso que la propia kryptonita: la volátil opinión pública, manipulada por un Lex Luthor que simboliza a la actual oligarquía estadounidense.
Mediante explícitos paralelismos con la realidad (el parecido del líder de Boravia con David Ben-Gurión no es casual), la ficción juega en zonas peligrosas de las actuales pugnas ideológicas en Occidente, convirtiéndose en un producto incómodo para quienes solo esperaban otro inofensivo espectáculo de CGI.
La producción se regodea tanto en su progresismo que Superman retorna involuntariamente a su función propagandística del siglo XX, pero ahora con un poderoso mensaje humanitario que solo puede irritar a espectadores tan inmorales como Lex Luthor.
No obstante, aunque la película es sólida en su discurso y valores de producción, Superman es tibia como entretenimiento, debido a que el maximalismo de Gunn se encuentra sofocado por una historia formulaica que depende totalmente del carismático elenco y sus detalles adorables, como las intervenciones de Krypto o las escenas románticas con Lois Lane (Brosnahan).
Argumentalmente, el cineasta pone la vara baja con la intención de construir una curva de emociones que crecerá con el paso de las secuelas. La historia tiene “rupturas en la realidad”, tecnología extravagante, intrusivos gags y otros lugares comunes del cine de superhéroes más decadente, pero el toque pop del director nos aproxima nostálgicamente al Superman (1978) de Richard Donner, donde la colorida fotografía de Henry Braham (Guardians of the Galaxy Vol. 3) hace más evidente el contraste con la densa solemnidad del Kal-El de Zack Snyder.
El Superman de Corenswet aún es un hombre con más defectos que omnipotencia, por lo que debe aprender algunas lecciones sobre los humanos antes de enfrentar amenazas mayores, del mismo modo que Gunn y sus colaboradores seguirán explorando un universo cinematográfico más inestable que el marvelita.
El responsable de una de las mejores películas del género (sí, Guardians of the Galaxy Vol. 3), estrenada durante el periodo más complicado del estudio, nos invita a depositar nuestra confianza en su arriesgada visión creativa, la cual mezcla orgánicamente el banal entretenimiento (si lo tuyo solo es “mirar”) con finas capas de crítica social que aportan al filme una buena dosis de sentido épico que el género había perdido.
¿Ya viste Superman, que te pareció?
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