Un dolor real se adentra en nuestra banal relación con el pasado, al cual solo regresamos desde la frivolidad del turista ocasional.
Dos primos emprenden un tour por Polonia para visitar el primer hogar de su abuela. Sin embargo, la abismal diferencia de personalidades causará algunas fricciones entre los personajes, pues David (Jesse Eisenberg) vive alineado a las normas sociales, mientras Benji (Kieran Culkin) es un alma libre, aunque torturada por lo que parece una crónica depresión.
Las feel good movies sobre reencuentros suelen venir acompañadas por mensajes que pretenden impulsar algún tipo de cambio positivo o supuestas lecciones de vida. Superficialmente, ese es el punto de partida para Jesse Eisenberg (director y guionista) en Un dolor real (A Real Pain, 2024), solo que al final descubrimos que no hay tanto optimismo en su historia, porque el viaje le deja a los personajes más pérdidas que enseñanzas.
Similar al estilo de Kelly Reichardt en Old Joy (2006) o First Cow (2019), el director construye una impostada atmósfera anodina que oculta en su ligereza narrativa algún discurso trascendental sobre las aflicciones de nuestros tiempos. Por lo tanto, no sucede “un antes y un después» del viaje a Polonia, pues los viajantes regresan a su cotidianeidad sin mostrar cambios aparentes en sus estilos de vida. No obstante, los espectadores sí podemos atisbar algunas heridas emocionales que David (Eisenberg) y Benji (Culkin) difícilmente podrán sanar.
Eisenberg planeaba adaptar un cuento escrito para Tablet Magazine en 2017, donde se se narra un viaje a Mongolia, pero cambiarlo por una visita guiada a la zona cero del Holocausto le permitió añadir reflexiones personales sobre la empatía y la memoria histórica. Como resultado, el filme se adentra en nuestra banal relación con el pasado, al cual solo regresamos desde la frivolidad del turista ocasional.
La juiciosa e incómoda visión de Benji (Culkin) aporta un filtro antropológico al tour que representa todo lo malo del capitalismo, el cual ha convertido la vida de nuestros ancestros en otro producto comercial, dando única relevancia a aquello que sobrevive físicamente en forma de vestigio o monumento histórico. El largometraje intenta dar valor a la huella inmaterial de quienes yacen bajo nuestros pies, comenzando por la abuela Dory, cuyo fantasma habla mediante la lúcida voz del nieto Benji (Culkin), quien se encuentra profundamente dañado por su partida.
En la expedición primermundista de Un dolor real, el brusco personaje de Kieran Culkin añade una dosis de melancolía que resta placer a los viajes en primera clase o a los insensibles paseos entre tumbas. Mediante el inteligente uso de la ironía y el sarcasmo, Jesse Eisenberg explora la contemporánea sobrevaloración de la felicidad y el bienestar, como formas egoístas y crueles de evadir el dolor ajeno o contrarrestar el trasfondo trágico de los hechos.
La mentalidad burguesa de David (Eisenberg) es un problema que se asoma en cada diálogo, especialmente cuando intenta calificar la vida de Benji (Culkin) como algo fallido. Sin moralejas, el filme cuestiona el supuesto bienestar que proporciona la familia o el éxito laboral, ya que ambos protagonistas parecen estar al borde de una crisis emocional. En consecuencia, el juicio moral de David hacia la errática existencia de Benji resulta patético cuando vemos que la persona en dificultades puede establecer mejores vínculos afectivos que quien lleva una vida “perfecta” en Nueva York.
A grandes rasgos, el director deseaba plasmar su propia “infelicidad” como privilegiado neoyorkino y sobreviviente del Holocausto de tercera generación. Aunque la película replica el típico lamento de cineasta blanco, Un dolor real es inteligente en su planteamiento sobre cómo la gente del primer mundo vive ensimismada en burbujas llenas de prejuicios y sentimentalismo vacío. Los mejores momentos de esta road trip surgen cuando los primos y sus acompañantes se enfrentan a situaciones que rompen con sus preconcepciones del mundo, como ser reprendidos por unos vecinos polacos o descubrir que aún suceden exterminios en otras partes del mundo.
Aunque la película replica el típico lamento de cineasta blanco, Un dolor real es inteligente en su planteamiento sobre cómo la gente del primer mundo vive ensimismada en burbujas llenas de prejuicios y sentimentalismo vacío.
Estéticamente, es llamativo cómo Eisenberg pone a sus actores a interactuar con el espacio, teniendo especial detalle en evocar “el vacío” dejado por el paso del tiempo. Con ecos de Columbus (2017), los personajes deambulan entre los enormes cascarones de una ciudad perdida en el tiempo, con locaciones que también representan visualmente las amarguras de los protagonistas y su malograda hermandad. Igualmente, la fotografía de Michal Dymek (cuyo trabajo también se puede ver en La chica de la aguja) crea la fantasía de espontánea y ligera comedia indie, aunque su composición resulta mucho más armónica y estilizada de lo que exige el género.
No obstante, lo más notable es que todas las ideas del filme permanecen en el aire sin volverse explícitas en el guion, ya que todos los reproches y decepciones se mantienen en el terreno de lo no verbal, como el rechazo a una invitación o silencios incómodos. Un dolor real es una entrañable obra sobre afectos malogrados por diferencias en ideología y estilos de vida, que al final se siente como la bofetada que David a Benji: un irracional y violento arrebato de ternura cinematográfica.
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